viernes, 2 de septiembre de 2011

MI BLOG EN LA PRENSA

   

                                               
         Cuando me inicié en esta aventura bloguera, lo hice con un solo propósito: que mis evocaciones quedasen en la red de redes para que los torrecampeños de hoy y los que nos sucedan, pudieran a través de mis recuerdos, saber la manera de vivir en nuestro pueblo, en el periodo que duró mi niñez y mi adolescencia.
         Sólo, a muy contadas personas de mi círculo que conocen mi afición por la escritura, entre ellos a un experto mecánico de las palabras, fueron a quienes les confesé esta aventura por mí emprendida al poco de iniciarme en ella. Como protagonista, quería permanecer fuera de todo protagonismo silenciando hasta donde pudiese esta mi ocurrencia inter-nauta. Una de mis hijas me reprochó mi mutismo cuando por casualidad un día descubrió mi blog. Pero debo de reconocer mi ignorancia, pues por el hecho de ser un aficionado en esto de Internet, creía que estos recuerdos colgados por mí, iban a acomodarse en uno de los rincones de la red, relegados y casi perdidos entre la maraña ingente de información puesta a disposición de  los cientos de millones de navegadores en esta llamada por algunos: autopista de la información. Pero no ha sido así, ya que desde entonces son varias las miles de visitas que he recibido en este mi blog, algunas desde muy diversos y lejanos países y continentes.
         Hace unos días por iniciativa de José Bueno en el Diario Jaén, periódico muy entrañable para mí, y de muy buenos recuerdos, mi nombre ha ocupado parte de una de sus páginas. Digo lo de entrañable porque en este periódico, mi abuelo suscrito a él, me ponía los deberes aritméticos en algunas de sus hojas aprovechando los espacios en blanco huérfanos de palabras. Recuerdo siendo muy pequeño, que lo primero que yo hacia era buscar la página de sucesos que era lo que más me atraía, tal vez por el morbo, para de inmediato de forma silábica leer la noticia, y cómo no,  buscaba también la viñeta de Vica con el personaje de Manué. Creo que a partir de entonces mi impronta afición por la lectura se estableció en mí.
         Es curioso y sorprendente, hace unos días recibí un correo de un entrañable amigo de la infancia, de los que se fueron y no regresaron, y me decía entre otras cosas que recordaba a mi abuelo y su periódico. La verdad que me llenó de alegría después de tantos años sin vernos y ahora él, también me ha sabido encontrar por este medio, por eso aprovecho para invitar a cuantos quieran a enviarme cualquier sugerencia o cualquier recuerdo por mí hasta ahora olvidado, pues eso me estimula para seguir escribiendo.
         Doy las gracias por las palabras de ánimo que recibo de muchos torrecampeños, que se fueron y no volvieron, y también de los que no lo hicieron, pero mi mérito si es que lo tiene, modestia a parte, lo quiero compartir con todas las buenas gentes de mi pueblo, en él nací y allí nacieron también todas las evocaciones que escribo, por lo tanto no las hago mías sino, de Torredelcampo, mi pueblo.     

                                     anterovillar@gmail.com

miércoles, 17 de agosto de 2011

PERSONAS MAYORES

       No llegué a conocer a aquél hombre. Sólo lo vi desde lejos cuando atendía a mi hija en la puerta de su casa, y a la que con un gesto después de los saludos le ofreció la entrada de aquella sólida casa de muros de piedra berroqueña.
Era un día de principios de verano hace ya un puñado de años. Mi hija Ana estaba terminando su carrera y tuvo que hacer un estudio de una determinada comarca de Guadalajara, de modo que la acompañé llevándola en mi coche.
El pueblo era muy pequeño. Estaba recostado en una colina rodeado de pinos y esparteras. La carretera de entrada era su principal y única avenida. En el centro de la mencionada arteria estaba la iglesia rodeada de un conjunto de casas diseminadas a su alrededor además de algunos bares y algún que otro comercio. El edificio del ayuntamiento se destacaba entre las ridículas edificaciones. No había más.
Antes de llegar pude contemplar algunos olivos, “pinganos” que diríamos nosotros, cuya variedad tenia que haberlo preguntado, pero seguramente era cornicabra a juzgar por el examen que hice más tarde a uno de ellos.
Mi hija había quedado citada con un señor jubilado, labriego él durante su etapa laboral y conocedor del entorno. La encargada de medioambiente del ayuntamiento la acompañó hasta la casa de aquél hombre al que me pesa no haber conocido ya que yo no llegué nada más que hasta las inmediaciones de aquella su casona de piedra donde él vivía que se destacaba entre todas las demás. Yo mientras tanto me dediqué a pasear y a curiosear por la aldea pues siempre se aprende algo.
La gente del pueblo era amabilísima ya que sin conocerme me saludaban con unos buenos días muy chorreados como si me conocieran de toda la vida. Después de deambular compré la prensa y me senté en uno de los dos únicos bares para tomar un café que luego amplié con otro, puesto que mi hija tardaba.
La entrevista duró más de la cuenta para mí, sin embargo a mi hija se le hizo bastante corta dado que el hombre en cuestión era una enciclopedia. Le contó historias curiosas del pueblo: sus costumbres, sus tradiciones, los productos que cosechaban, la manera de recolectar, enseñándole todas las herramientas que empleaban antiguamente, hoy en desuso y que guardaba en una cámara como tal vez en su niñez guardara con mucho cuidado y esmero sus trastos para jugar. Entre aquella colección de útiles y herramientas me dijo mi hija que observó el cuerno de un astado y al preguntarle sobre su uso o significado le respondió que servía para coger aceituna, pues antiguamente  la recolectaban a mano –a ordeño-  con el cuerno colgado al cuello echándola allí hasta que se llenaba. Era una manera de proteger al olivo ya que el clima no ayudaba a su frondosidad y de esta manera no tronchaban ningún tallo, distinto si lo hubiesen hecho por el método tradicional del vareo. Todo esto me lo contó y muchas más cosas durante el camino de regreso. También me dijo que unas de sus aficiones del señor en cuestión eran la lectura y la escritura.
         -Mira papá, me ha dado este escrito para ti. –Me dijo mi hija durante el viaje de regreso.  

         El escrito es este que transcribo:

                               
LOS  DESEOS  DE  UN  ANCIANO

Deseo que me hagas sentir que soy amado, que soy útil todavía, que no me crea  que estoy solo.

Deseo permanecer en mi casa o en la tuya.

Deseo que cuando comamos en la misma mesa, me des conversación a pesar de que yo apenas hable.

Deseo que me visites en la residencia, en caso de que te  veas obligado a internarme en ella.

Deseo que me ames por lo que soy y no por lo que tengo.

Deseo que me llenes de cariño y comprensión en esta última etapa de mi vida.

Deseo que no bromees de mi paso vacilante o de mi mano temblorosa.

Deseo que comprendas mi incapacidad de oír como antes, y que por lo tanto me hables despacio y claro, pero sin gritar, si no es necesario.

Deseo que tengas en cuenta que mis ojos se están nublando, y que no me eches en cara ni te rías de mí, cuando tropiezo o derramo la taza de café sobre la mesa.

Deseo que me ofrezcas asiento en el autobús y la preferencia en la acera, así como que respetes mi paso lento al cruzar la calle.

Deseo que tengas tiempo suficiente para escucharme sin prisas, aunque lo que yo te diga te importe poco o nada.

Deseo que no me digas “ya me has contado tres veces lo mismo” y me escuches, como si fuese la primera vez que te lo cuento.

Deseo que me recuerdes por los aciertos y éxitos de mi vida pasada, y que no me hables de mis errores y fracasos.

Deseo poder sentir la caricia de tu mano sobre la mía, y escuchar sin agobiarme palabras suaves de ánimo, cuando esté al final de mis días. Háblame entonces de la misericordia de Dios.  
                     
Gracias, mil gracias por atender mis deseos. Un día otros los harán posible para ti.      

No puedo precisar si él fue el autor de estos deseos, hecho este irrelevante dado que lo que quería aquél hombre era transmitir tan bellos mensajes y que cayeran en tierra fértil. Puede estar tranquilo que lo consiguió. Vuelvo a reiterar que lamento no haber podido hablar con él pero con lo que me contó mi hija demostró ser un hombre cuajado de sabiduría y sentimientos.    
Yo estoy convencido de que en nuestro pueblo existirán muchos como aquél agricultor de la Alcarria. Sé que los hay, mujeres y hombres  torrecampeños ya mayores, que poseyendo un amplio legajo en su memoria de costumbres tradiciones y cosas curiosas acaecidas en sus tiempos en nuestro pueblo  no se atreven por cortedad o retraimiento a transmitirlos como aquél hombre lo hizo a mi hija y se los llevarán consigo el día que nos abandonen. Les animo a que lo hagan. Vaya mi agradecimiento por delante.

sábado, 6 de agosto de 2011

SENTARSE A LA PUERTA


         Durante los días que últimamente he estado en nuestro pueblo he observado en algunas calles incluida la mía donde tengo asentada mi residencia cuando estoy en Torredelcampo, una costumbre ya venida a menos, pero que a pesar de los años aún se mantiene en muchas de las calles de nuestro pueblo: el de sentarse a la puerta a tomar el fresco
Sí señor, era esa una buena costumbre la de sentarse a la puerta en las noches de verano y me alegro que aún perdure en algunas calles.  La mala, y en esto doy la razón a cualquiera, es la de la crítica. Que a tu paso por donde está la gente sentada se haga silencio para luego de inmediato cuando ya has pasado aunque no lo oigas pero lo barruntas, ellos/as continuarán la cháchara con el casi seguro siguiente diálogo: ¡Mira Maria! ¿Ése quién es?  ¡No me digas que no lo conoces! Ése, es hijo de este...que le dicen... (apodo)  ¡Ah si, ahora caigo! ¡Ése que tú dices...  ¿No se casó con la hija de...?(vuelve el apodo)  ¡El mismo!  Anda, mira, pues, bla, bla, bla,...Vamos que hasta presumen saber el saldo de tu hipoteca, y si has tenido algunas cuotas impagadas.   
En mi niñez recuerdo aquellas calles de nuestro pueblo en las noches calurosas durante la época del verano. Los vecinos salían a la puerta y conversaban sentados en corrillos hasta después de la medianoche mientras se refrescaban a golpes de agua en aquellos botijos de barro blanco que chorreaban por todos sus poros presumiendo cada cual que el suyo hacía el agua más fresca. Algunos, después de la tertulia se quedaban a dormir hasta bien entrada la madrugada recostados en una de aquellas mecedoras de lona con dibujos de rayas verticales multicolores.
Por eso añoro todas esas costumbres que servían de punto de reunión y sobre todo de diálogo. Aunque noto de cómo se ha empobrecido la comunicación entre los individuos, pero no sólo en nuestro pueblo sino en todas partes, todo, a consecuencia de la expansión de las tecnologías puestas a nuestro alcance: el móvil, Internet, la televisión, todas estas técnicas han contribuido al alejamiento y al distanciamiento entre las personas.   Pero volviendo al tema que nos ocupa siempre será mejor pasar por una calle con gentes sentadas a las puertas, -habrá a quienes les moleste por verse abocado a dar las buenas noches-, -pues lo siento por ellos-, que entrar en el metro por poner un ejemplo, y que dentro de él observes con la indiferencia que se mira la gente. Todos con caras de lunes después de un puente. Nadie conversa con nadie, ni tan siquiera para pedir permiso si estás sin querer taponando la fila de la izquierda de la escalera mecánica que algunos suben de dos en dos. Es así la vida aquí en este Madrid donde todo el mundo lleva prisa y nadie se saluda pues nadie conoce a nadie.
         En fin que aunque os critiquen al pasar, -tampoco hay que generalizar-, continuad vosotros afortunados viviendo en nuestro pueblo y saludando a las gentes que toman el fresco a la puerta de su casa.  Merece la pena, de verdad.

sábado, 9 de julio de 2011

AQUELLA FERIA Y SUS FERIANTES

         La feria cuando yo era un chiquillo empezaba con la llegada del primer feriante. Normalmente en la primera avanzadilla solo llegaban algún que otro turronero y poco más, luego, faltando pocos días para el inicio de las fiestas iban apareciendo los de los cachivaches. El primer sitio que recuerdo donde se instalaba el ferial en mis tiempos era en la calle Pintor Manuel Moral -mucho antes de construirse las Casas Nuevas- donde todo era descampado. Este terreno servia también de campo de fútbol donde yo veía jugar desde la tapia de la Huerta Los Toros a los equipos locales: El Rayo Azul y El Calavera. La primera vez que pusieron la feria en el lugar referido fue después de caerse el muro a consecuencia de un terremoto en mayo de 1951. La tapia mencionada se extendía desde la  calle referida hasta donde empezaba el molino de aceite de don Damián en la calle Cuesta Negra.
Años mas tarde el ferial lo instalaron en la calle Ancha después de derribar la pared que unía la casa donde estaba el antiguo sindicato en el Camino de la Estación con la de la familia Moral. Existía un terraplén  que corrigieron a base de azadón. Recuerdo la reata de borricos que participaron en el desmonte y hasta el color de la tierra blanca que transportaban.
Volviendo a nuestra feria, los chiquillos siempre estábamos merodeando por entre el sinfín de cacharros que los feriantes dispersaban en el suelo hasta su instalación sin hacer caso de las voces discordantes de ellos, de aquellos rudos nómadas que nos reprendían, de rostros y torsos achicharrados, quemados por soles en siestas de pueblos de olivos y rastrojos como el nuestro que se preparaban para unos días de diversión.
Recuerdo las “voladoras” manuales, aquellas que eran empujadas desde el suelo por descamisados feriantes mientras que a los pies de estos mientras empujaban reposaban pequeños sacos de arena que servían para equilibrar la carga. A la hora de parar la noria se subían colgados de una de las barcas para detener con su peso el giro del aparato. Ver aquello era todo un espectáculo. Normalmente en esta atracción solían subirse mujeres las cuales gritaban al compás del dulce cosquilleo que les producía la rápida bajada.
Los coches eléctricos –coches locos- como nosotros lo conocemos era una atracción muy esperada como también el carrusel. En mi pubertad llegó por primera vez el látigo.
Los columpios, donde tenías que mover después de los primeros empujones realizados por el empleado aquella enorme barca con las quillas revestidas de pedazos de goma de ruedas de coches que servían para amortiguar la frenada cuando el feriante a tenor de la demanda consideraba que ya estaba el tiempo de los dos reales agotados, o tal vez habías alcanzado con los vaivenes una considerable altura. Entonces utilizaba el freno que no era otro más que un tablero con la huella impresa del caucho por las frenadas acumuladas.   
Recuerdo los caballicos que funcionaban por el empuje que unos chiquillos ejercían, teniendo estos el privilegio de subirse en la plataforma en los intervalos cuando el tiovivo giraba a la velocidad adecuada.  El ruedo dibujaba en el suelo una corona de polvo originado por las infinitas pisadas de los chiquillos que empujaban gratis al primitivo tiovivo.
Había feriantes que volvían año tras año como aves migratorias. Uno de aquellos asiduos a nuestra feria era el del Chupetón de la Tonta. Era toxiriano de cara arrugada, que lucía un gran y espeso bigote que le servia para seguramente infundir respeto a la chiquillería dentro de su minúscula caseta de tiro. Dado el reducido perímetro de la susodicha caseta tenia un arte para moverse entre los disparos de aquellos que creíamos íbamos a derribar el palillo que sostenía un cigarro o una bola de caramelo. Era difícil acertar con aquellas escopetas amañadas y casi siempre obedientes a su amo.
La primera tómbola que llegó a nuestro pueblo que yo recuerde fue aquella que supuso un hito en cuanto a tómbolas se refiere en Torredelcampo.  Me refiero a la conocida cómo la Tómbola del Cubo. Esta fue la que cambió en todas las casas los cubos de metal por los cubos de plástico. Está en mi memoria aquél feriante que no daba abasto acompañado por su mujer y otros tantos operarios a tanto gentío que se agolpaba ante su caseta comprando papeletas. La de dinero que ganó en aquellos años.  Otro de los que no faltaba ninguna feria era el retratista con el caballito de cartón.
Quién acudía año tras año era la Orquesta Sahara. Un lujo escuchar aquél quinteto de músicos jaeneros en la plaza después de haber cenado y tomado un ponche fresquito de “malacatón”. Formaba parte de este grupo musical entre otros, -creo recordar- un señor mayor con gafas de muchas dioptrías que tocaba el contrabajo y un trompetista joven, los cuales eran unos portentos. Habrá quienes de mi edad recuerden también a los que vendían agua en la plaza en botijos de barro al grito de ¡A gorda la “barrigá”! Yo prefería siempre un helado del Chache. Bueno, yo, y cualquiera. ¡Que buenos los hacia!.
La feria era esperada por todos, hasta por aquél puñado de avispados torrecampeños especialistas en timbas de envite acostumbrados al tapete verde, al humo de los cigarros puros, y a prolongar las madrugadas con los días y las noches con tal de desplumar a cuantos pardillos se jugaban en el tapete hasta su alma. Me contaron que algunos de los feriantes que hacían su agosto en nuestra feria aficionados al naipe, salían del pueblo sólo con lo puesto.
Adiós a aquella feria donde nuestro pueblo rebosaba de emigrantes torrecampeños que volvían para disfrutar de las fiestas junto con la familia. Aquella feria se acabó, ahora, apenas se oye el primer cohete hileras de autocares todos con rumbo a la playa dejan al pueblo casi despoblado. Lástima de nuestra feria, de aquella feria.
 En fin, sé que la palabra recuerdo es muy repetitiva en mi, pero qué le voy hacer si aún recuerdo mis recuerdos, y cómo no, recuerdo los buenos recuerdos de aquella feria.
        

viernes, 17 de junio de 2011

NO TODO SERÁ UTOPIA

  
                                         Laguna a los pies de Cuesta Negra en una vieja cantera.

        Aquél antepasado suyo debía de haber amado mucho a su pueblo. Esa fue la conclusión que sacó Juan Quintana Alcántara una vez leídos los contenidos de aquellos dos disquetes de ordenador de más de tres siglos de existencia. Le costó incorporarlos a la nuevas tecnologías de la informática existente, pero al final toda su información la tenia ahora a su alcance y se deleitaba leyendo una y otra vez de cómo aquél hombre describía a la tierra que le vio nacer y crecer, pero a pesar de su acentuado arraigo tuvo que emigrar siendo joven hacia otras latitudes; no obstante aunque vivió el resto de su vida fuera de su pueblo, él, no había perdido nunca su contacto, es más, había ido inculcando según se desprendía de sus escritos el amor por su tierra a sus descendientes.  
         Relataba sus costumbres, su manera de hablar tan característica, sus olivares, sus fiestas, sus calles, sus personajes, pero sobre todo describía de manera muy especial a la naturaleza que rodeaba el pueblo. Daba vida en sus relatos a los montes que lo circundaban, a sus arroyos, a sus plantas autóctonas, llamándolos a todos por su nombre, pero lamentablemente las palabras polución, deterioro, degradación, y contaminación también aparecían en reiteradas ocasiones.
         Repasando la historia de este ascendiente, resultaba ser que le había tocado vivir en una época muy difícil. Nació en la posguerra, de la última guerra habida en España, pues afortunadamente a pesar de varios siglos transcurridos, la paz reinaba no solo en nuestro país sino en todo el planeta Tierra; el hambre, la miseria, las dictaduras y las grandes diferencias de clases habían dejado de existir. Todo ello sucedió como consecuencia de lo que se llamó la Gran Catástrofe, cuando la madre Naturaleza hastiada de los continuos abusos hechos por el hombre pasó factura. Pueblos enteros, ciudades, islas, y atolones desaparecieron bajo las aguas. Lluvias torrenciales, y graves sequías azotaron durante al menos dos décadas a la Tierra. El planeta sufrió un recalentamiento motivado por los abusos al ecosistema por los llamados países desarrollados, y por este motivo todas las naciones y pueblos se unieron y pararon el desarrollo incontrolado por un desarrollo sostenible. Los ejércitos enterraron sus armas y estos sólo servían para preservar el medio ambiente. Los carburantes habían sido sustituidos por energías alternativas no contaminantes, asimismo todos los agentes químicos y sus derivados fueron prohibidos. El agua como fuente de vida era el tesoro más apreciado y respetado.
         Durante un cierto tiempo la idea de visitar el pueblo de su antepasado invadía a Juan. Lo que al principio le parecía una curiosidad, se fue transformando en un compromiso, por lo que llegó a creer que estaba en deuda con aquél hombre, y ese sentimiento  punzante hizo que su interés se convirtiera en realidad.
         Así que aquél día tenia la oportunidad que llevaba buscando. Hoy por fin podría comprobar que lo reflejado en los escritos de su antepasado sobre aquella tierra eran ciertos. Visitaría muchos de los lugares que el describía: sus calles, la plaza del pueblo, la iglesia, la ermita y sobre todo sus montañas, las cuales ya escribía sobre su deterioro.
         Aquél día, Juan, se dirigió con su vehículo de energía solar hacia la autopista inteligente del Sur. Antes de entrar en la misma utilizó una de las máquinas de rutas. Programó el punto de destino como Torredelcampo, y como velocidad una intermedia; asimismo eligió a mitad del camino salir a un área de descanso. Casi todas las redes viarias estaban dotadas de este sistema por lo que los accidentes de circulación habían casi desaparecido. Cuando ocurría alguno, este era informado por los medios de comunicación como una noticia relevante.
         Al entrar en la autopista programada el vehículo dejó de tener autonomía propia, por lo que mientras se deslizaba por la carretera inteligente, Juan se dispuso a leer la prensa a través del ordenador personal que llevaba a bordo. Ese día todos los diarios recordaban lo que hacia cien años fue una noticia trascendental para la humanidad, pues se cumplía un siglo del descubrimiento de la vacuna contra el cáncer, ya una enfermedad totalmente erradicada.
         Transcurridas dos horas aproximadamente, el automóvil dejó como estaba previsto la autopista para adentrarse por la entrada oeste de Torredelcampo. Nada más incorporarse, desde lo alto de una colina señalizada con el nombre de El Caballico se detuvo a contemplar el pueblo de su antepasado que desde allí aparecía recostado, como dormido sobre los montes que lo rodeaban. No era muy grande en si. Desde allí se apreciaban los edificios del casco antiguo con viviendas de tres y cuatro alturas que se diferenciaban de lo edificado con arreglo a las normativas medio ambientales vigentes.
         A la entrada del pueblo pudo observar una vieja y antigua estación de tren que habían conservado, seria la misma que ya describiera su antepasado. Enfiló una avenida que se abría a las espaldas de la citada estación, y se dirigió al centro del pueblo. Dejó su vehículo en el aparcamiento del hotel donde se instaló, y al poco abandonó el mismo. El primer contacto había sido con el empleado de recepción y ya notó en su manera de hablar un cierto acento y seseo que su antepasado ya manifestaba como forma de hablar en el pueblo y que a pesar del tiempo transcurrido aún persistía.
         La plaza cercana al hotel donde se hospedaba seguía siendo rectangular. Bajo la misma se ubicaba un auditorio con un cartel con el nombre de La Floresta. Ese día representaban La Malquerida por actores de un grupo de teatro local. También hacia las veces de cine y sala de conferencias. La puerta principal estaba situada delante de un jardín salpicado de árboles centenarios.
         Juan, disponía solo de dos días, por lo que tenía que darse prisa. Lo primero que hizo es dirigirse al Centro Cultural donde recogió información sobre los lugares a visitar, luego, pasó por el Registro Civil donde buceó por sus archivos repasando el árbol genealógico de su familia. Esto le llevó casi toda la tarde pero valió la pena ya que ahora disponía de datos sobre sus antepasados desde últimos del siglo XVIII. Después pasó por la iglesia. El retablo aún conservaba unas pinturas de un célebre pintor torrecampeño.
          Atardecía. La tarde era espléndida e invitaba al paseo.  Repasó el folleto que recogió en el Centro Cultural y se decidió a conocer la Senda del Olivar, y el castillo del Berrueco.  Llanuras y colinas de olivos envolvían todo el paisaje. A esas horas sus ramas más altas pintadas por un sol de cobre daban su último adiós al atardecer. El castillo estaba bien conservado. Fue restaurado a principios del siglo XXI, así lo decía una placa en unos de sus muros, recordando también a la alcaldesa que ordenó tal menester. De camino al pueblo también visitó una torre vigía. Antes de cenar paseó por calles que aún conservaban muchas el nombre descrito por su antepasado.
         Al día siguiente, nada más amanecer quiso visitar la ermita y algunos de sus montes circundantes. Lo hizo siguiendo uno de los paseos que jalonaban a un lado y a otro todo el curso del arroyo Santa Ana hasta llegar a Cuesta Negra.  El arroyo discurría por una gran vertiente. De forma escalonada habían construido presas, de modo que pequeños pantanos retenían no solo el agua que manaba del arroyo sino también las de las lluvias. Cañaverales, aneas, carrizos y otras plantas acuáticas por entre las cuales se escondían patos y otras aves daban vida al arroyo. El agua retenida auto-abastecía más que suficiente a la población. El arbolado a todo lo largo del camino era muy tupido y frondoso. Llegado a Cuesta Negra se encaminó con dirección a la ermita.          
         Encinas y pinares poblaban los montes tamizados por tomillo, retamas, y espliego. El visitante solo podía hacerlo a través de veredas ya diseñadas. El grado de conservación era extraordinario y muy digno de mención. Más adelante comprobó como siglos atrás, la herida sufrida el monte por una cantera de áridos había sido taponada y repoblada. El pequeño bosque de La Bañizuela con sus quejigos y encinas se diferenciaba por su espesura del resto. Una alfombra de hiedra, esparragueras y madreselvas daban frescura y preservaban al bosquecillo de la erosión.
         La ermita al pie del cerro Miguelico pintada de blanco y que describiera repetidamente su antepasado aparecía tal y como la relataba. Santa Ana en su camerino seguía siendo el centro de la atención fervorosa y mariana del pueblo.
         Cuando salió de la ermita no pudo por menos que permanecer un buen rato contemplando desde allí el paisaje. El pueblo blanco a sus pies. Al fondo un gran valle todo pintado por el verde oscuro del olivar.                   
         Al despedirse de Torredelcampo percibió un sentimiento de tristeza y recordó el grado de sufrimiento que hubo de vivir aquél hombre que un día tuvo que abandonar y vivir ya el resto de su vida lejos de esta su querida tierra.  

jueves, 26 de mayo de 2011

ADIÓS A LA TRANQUILIDAD DE LOS PUEBLOS

       
           La calma añorada por la gente que vive en la ciudad, es la del sosiego de los que viven en los pueblos. Muchos, en cuanto tienen unos días libres abandonan las urbes para disfrutar de la tranquilidad placentera pueblerina. Los vemos en cuanto hay un puente de cómo se originan los colapsos en las autopistas por el éxodo de las masas buscando todos unos días de reposo y quietud dejando aparcado por un tiempo el ajetreo de la vida en la ciudad ya que en ciudades como esta de Madrid y sus circundantes poblaciones dormitorio en cuanto la gente se levanta comienzan las prisas. A todos parece que les falta tiempo. Desde antes del alba la gente corre porque temen llegar tarde al trabajo. No tienen tiempo para nada, se vive contra reloj para tal vez luego tener que pararse en uno de los muchos atascos en la carretera. Es así la vida en la ciudad.
Observo cuando estoy en nuestro pueblo de cómo Torredelcampo ha llegado a contagiarse. Pongo un ejemplo: Intento cruzar por un paso de peatones y allí estoy quieto esperando a que algunos de los vehículos que desfilan ante mí se percaten de mi presencia. Seguro que me ven y nos ven a los que allí estamos inmóviles aguardando a que algunos de los automovilistas cumpla la norma de seguridad vial, que es la de parar para que pasemos. Y nada, ninguno se detiene; ni te miran, todos parecen estar infectos por el virus de la prisa y circulan tratando de esconder su falta de educación vial haciéndose el “longui” al tiempo que observo en muchos, como sus caras –que la tienen- esbozan una descarada e irónica sonrisa como de triunfo. En muy pocas y contadas ocasiones, alguno me ha cedido el paso, posiblemente fuese muy cumplidor de la legislación vial, o puede que su educación ciudadana hubiera estado a la altura de las leyes de tráfico.
Sí, también en nuestro pueblo la gente tiene prisa y, ¿para qué?  Un día escribí algo acerca de las prisas y el tiempo:

...decimos, tengo que encontrar un poco de tiempo libre, pero en cuanto lo encontramos lo matamos. Preguntamos: ¡Que haces! Y de seguida contestamos: Mira, aquí matando el tiempo. Pero es el tiempo el que de forma inexorable e inapelable nos mata, y nos damos cuenta de ello y reflexionamos, cuando un ser muy querido  cancela la hipoteca de su vida, la cual hubiésemos querido prorrogar por más tiempo buscando y comprando hasta en mercados siderales si pudiéramos ése tiempo aunque fuese a un precio leonino para alargar su existencia, pero te dicen que le ha llegado su hora, se le ha acabado el tiempo.
Tiempo, tiempo, tiempo, pero... ¿Qué es el tiempo?

          Si nadie me lo pregunta lo sé. Si me lo preguntan y quiero explicarlo ya no lo sé.
San Agustín.

         A veces, como ahora, cuando estoy escribiendo renglones como estos, me refugio en los recuerdos de aquél pueblo, de aquél Torredelcampo de mi niñez, donde nadie tenia prisas e imperaba la quietud, la paz, y el sosiego, aunque esto último sé que no estaba afincado en muchos de los estómagos torrecampeños de aquellos tiempos. Era lo peor. 
         Todo ha cambiado. Todo lo cambia el tiempo,...  pero, ¿quién es el que se atreve a detenerlo?

Para terminar hago otra cita de alguien que escribió:

La vida es cuestión de vida; el tiempo es cuestión de tiempo. La vida dura un momento, el tiempo toda la vida.

martes, 10 de mayo de 2011

UN CANTAOR DE MI PUEBLO

     

                                          
                                       Juan Alcántara Capiscol el día de su homenaje. Año 2010 


         Cierro mis ojos e intento acarrear a mi memoria la imagen que tengo de él cantando. Fue un día hace muchos años, en una fresca mañana veraniega en su finca de El Calvario. Allí nos reunimos unos cuantos para dar cuenta de un desayuno poco frugal y poco habitual en mí: huevos fritos, y pimientos verdes; fritos también, estos últimos, dorados y bien retostados por el rico aceite torrecampeño, todo ello además regado con vino del pais originario de la viña que circunda la casilla enclavada en su propiedad.
         De su vino presume y con razón el aficionado viticultor, ya que año tras año se va superando, y doy fe de que así es.
         Nada más llegar, y al poco de saborear el vino, entre trago y trago surgió el cante, y de cómo lo recuerdo, así lo narro:
         El cantaor rompió el silencio que se ha de hacer para escucharle, con un ay bajito. Es el ay que sirve de preparación a los cantaores, para poner con ello a tono las gargantas. A continuación, sentado, con las manos apoyadas en sus piernas, fijó su mirada en un punto del suelo, para de inmediato romper en un quejio que salió de su portentosa garganta; que más que quejio era como un desgarro que le salió del alma. Ése es su cante, el cual se fundió con la letra de una corta soleá, supongo como esta que me viene a la memoria:

                            Aquél que nunca lloró
                            ni en su vida tuvo pena,
                            vive feliz pero ignora
                            si esta vida es mala o buena.

         Aparco por un momento mientras escribo estas escenas, ya que otras interrumpen mi memoria, y recuerdo cuando en las tabernas de nuestro pueblo, era costumbre escuchar a cantaores de flamenco. Así, supongo, que seria en casi toda Andalucía, y no cómo nos lo vende la literatura y el cine, donde en tablaos, señoritos juerguistas y tarambanas, empapados de manzanilla, se dedicaban a manosear a mujeres de dudosa reputación, entre tapas, humo de tabaco y una corte de rastreros y serviles muertos de hambre dispuestos a tocar las palmas y reír las risas del que pagaba el jamón.
         No, los cantaores de nuestro pueblo, eran aficionados espontáneos, que acostumbraban entre vaso y vaso, a ensayar sus gargantas y pulmones, y créanme que los había buenos, y los sigue habiendo. Decían que su mérito era producto del agua de nuestro pueblo. No lo creo, era y es, supongo, la afición por este arte, hoy en decadencia. 
         Vuelvo a los primeros recuerdos.
          El cantaor terminó arropado por los olés prolongados de los allí reunidos, ahogando con ello el último aliento que salió de sus pulmones. Se oyó, supongo además de los olés, algún: ele ahí tus mendas.
         El cantaor al que me refiero es un torrecampeño menudo, de ojos saltarines y prominentes, envueltos ahora por el turbio velo de los años; no parece tener muchos, pero los que tenga los lleva con mucha dignidad, aparentando una madurez aún incipiente, si bien, su mucha juventud acumulada le pasa factura a veces, tal vez por los excesos del trabajo desde su más temprana edad.
         Supongo que con estos cortos detalles, muchos, ya lo habrán identificado. Sin ninguna duda es Juan Alcántara Capiscol, más conocido por: Capiscol, persona con la que me une una gran amistad.
         En mis conversaciones con él me he confesado amante del cante, sin ser yo un gran entendedor, pues sólo conozco unos cuantos palos, pero sé apreciar al que lo hace bien, y Capiscol es de los buenos. Cuando nos vemos siempre le pregunto: -¿Qué tal la flauta? -En clara referencia a saber del estado actual de su garganta.
         Este año debido a la climatología en Semana Santa, no ha podido desgranar desde los balcones esas saetas, que también sabe cantar, las cuales son canto, además de oración, en las procesiones de nuestro pueblo; saetas las cuales a mí me traen recuerdos de mi infancia como estos:


                              En la madrugá  del Viernes Santo.

                            Hay escarcha en los balcones,
                            menos en el que están cantando,
                            una saeta se escapa
                            como potro desbocado,
                            llega hasta el olivar,
                            y hasta el arroyo cercano.

                            Huele a aguardiente y manzanilla
                            además de a incienso y  nardo,
                            huele a pétalos de rosa,
                            y a” verde” recién cortao.
                   
         El año pasado nuestro pueblo le rindió un merecido homenaje a este torrecampeño, cantaor, en pueblo de cantaores.
         Yo le dedico además de estas líneas,  la letra para una copla, para que la ajuste al palo que mejor le vaya, y sirva como mi pequeño homenaje a este buen cantaor, y amigo, al que se le conoce por su segundo apellido: Capiscol.
            

                            Torredelcampo es mi pueblo
                            fama le dio un cantaor
                            Juan se llamaba aquél,
                            y Juan se llama Capiscol.  


Recibe un abrazo, amigo Juan.