jueves, 26 de mayo de 2011

ADIÓS A LA TRANQUILIDAD DE LOS PUEBLOS

       
           La calma añorada por la gente que vive en la ciudad, es la del sosiego de los que viven en los pueblos. Muchos, en cuanto tienen unos días libres abandonan las urbes para disfrutar de la tranquilidad placentera pueblerina. Los vemos en cuanto hay un puente de cómo se originan los colapsos en las autopistas por el éxodo de las masas buscando todos unos días de reposo y quietud dejando aparcado por un tiempo el ajetreo de la vida en la ciudad ya que en ciudades como esta de Madrid y sus circundantes poblaciones dormitorio en cuanto la gente se levanta comienzan las prisas. A todos parece que les falta tiempo. Desde antes del alba la gente corre porque temen llegar tarde al trabajo. No tienen tiempo para nada, se vive contra reloj para tal vez luego tener que pararse en uno de los muchos atascos en la carretera. Es así la vida en la ciudad.
Observo cuando estoy en nuestro pueblo de cómo Torredelcampo ha llegado a contagiarse. Pongo un ejemplo: Intento cruzar por un paso de peatones y allí estoy quieto esperando a que algunos de los vehículos que desfilan ante mí se percaten de mi presencia. Seguro que me ven y nos ven a los que allí estamos inmóviles aguardando a que algunos de los automovilistas cumpla la norma de seguridad vial, que es la de parar para que pasemos. Y nada, ninguno se detiene; ni te miran, todos parecen estar infectos por el virus de la prisa y circulan tratando de esconder su falta de educación vial haciéndose el “longui” al tiempo que observo en muchos, como sus caras –que la tienen- esbozan una descarada e irónica sonrisa como de triunfo. En muy pocas y contadas ocasiones, alguno me ha cedido el paso, posiblemente fuese muy cumplidor de la legislación vial, o puede que su educación ciudadana hubiera estado a la altura de las leyes de tráfico.
Sí, también en nuestro pueblo la gente tiene prisa y, ¿para qué?  Un día escribí algo acerca de las prisas y el tiempo:

...decimos, tengo que encontrar un poco de tiempo libre, pero en cuanto lo encontramos lo matamos. Preguntamos: ¡Que haces! Y de seguida contestamos: Mira, aquí matando el tiempo. Pero es el tiempo el que de forma inexorable e inapelable nos mata, y nos damos cuenta de ello y reflexionamos, cuando un ser muy querido  cancela la hipoteca de su vida, la cual hubiésemos querido prorrogar por más tiempo buscando y comprando hasta en mercados siderales si pudiéramos ése tiempo aunque fuese a un precio leonino para alargar su existencia, pero te dicen que le ha llegado su hora, se le ha acabado el tiempo.
Tiempo, tiempo, tiempo, pero... ¿Qué es el tiempo?

          Si nadie me lo pregunta lo sé. Si me lo preguntan y quiero explicarlo ya no lo sé.
San Agustín.

         A veces, como ahora, cuando estoy escribiendo renglones como estos, me refugio en los recuerdos de aquél pueblo, de aquél Torredelcampo de mi niñez, donde nadie tenia prisas e imperaba la quietud, la paz, y el sosiego, aunque esto último sé que no estaba afincado en muchos de los estómagos torrecampeños de aquellos tiempos. Era lo peor. 
         Todo ha cambiado. Todo lo cambia el tiempo,...  pero, ¿quién es el que se atreve a detenerlo?

Para terminar hago otra cita de alguien que escribió:

La vida es cuestión de vida; el tiempo es cuestión de tiempo. La vida dura un momento, el tiempo toda la vida.

martes, 10 de mayo de 2011

UN CANTAOR DE MI PUEBLO

     

                                          
                                       Juan Alcántara Capiscol el día de su homenaje. Año 2010 


         Cierro mis ojos e intento acarrear a mi memoria la imagen que tengo de él cantando. Fue un día hace muchos años, en una fresca mañana veraniega en su finca de El Calvario. Allí nos reunimos unos cuantos para dar cuenta de un desayuno poco frugal y poco habitual en mí: huevos fritos, y pimientos verdes; fritos también, estos últimos, dorados y bien retostados por el rico aceite torrecampeño, todo ello además regado con vino del pais originario de la viña que circunda la casilla enclavada en su propiedad.
         De su vino presume y con razón el aficionado viticultor, ya que año tras año se va superando, y doy fe de que así es.
         Nada más llegar, y al poco de saborear el vino, entre trago y trago surgió el cante, y de cómo lo recuerdo, así lo narro:
         El cantaor rompió el silencio que se ha de hacer para escucharle, con un ay bajito. Es el ay que sirve de preparación a los cantaores, para poner con ello a tono las gargantas. A continuación, sentado, con las manos apoyadas en sus piernas, fijó su mirada en un punto del suelo, para de inmediato romper en un quejio que salió de su portentosa garganta; que más que quejio era como un desgarro que le salió del alma. Ése es su cante, el cual se fundió con la letra de una corta soleá, supongo como esta que me viene a la memoria:

                            Aquél que nunca lloró
                            ni en su vida tuvo pena,
                            vive feliz pero ignora
                            si esta vida es mala o buena.

         Aparco por un momento mientras escribo estas escenas, ya que otras interrumpen mi memoria, y recuerdo cuando en las tabernas de nuestro pueblo, era costumbre escuchar a cantaores de flamenco. Así, supongo, que seria en casi toda Andalucía, y no cómo nos lo vende la literatura y el cine, donde en tablaos, señoritos juerguistas y tarambanas, empapados de manzanilla, se dedicaban a manosear a mujeres de dudosa reputación, entre tapas, humo de tabaco y una corte de rastreros y serviles muertos de hambre dispuestos a tocar las palmas y reír las risas del que pagaba el jamón.
         No, los cantaores de nuestro pueblo, eran aficionados espontáneos, que acostumbraban entre vaso y vaso, a ensayar sus gargantas y pulmones, y créanme que los había buenos, y los sigue habiendo. Decían que su mérito era producto del agua de nuestro pueblo. No lo creo, era y es, supongo, la afición por este arte, hoy en decadencia. 
         Vuelvo a los primeros recuerdos.
          El cantaor terminó arropado por los olés prolongados de los allí reunidos, ahogando con ello el último aliento que salió de sus pulmones. Se oyó, supongo además de los olés, algún: ele ahí tus mendas.
         El cantaor al que me refiero es un torrecampeño menudo, de ojos saltarines y prominentes, envueltos ahora por el turbio velo de los años; no parece tener muchos, pero los que tenga los lleva con mucha dignidad, aparentando una madurez aún incipiente, si bien, su mucha juventud acumulada le pasa factura a veces, tal vez por los excesos del trabajo desde su más temprana edad.
         Supongo que con estos cortos detalles, muchos, ya lo habrán identificado. Sin ninguna duda es Juan Alcántara Capiscol, más conocido por: Capiscol, persona con la que me une una gran amistad.
         En mis conversaciones con él me he confesado amante del cante, sin ser yo un gran entendedor, pues sólo conozco unos cuantos palos, pero sé apreciar al que lo hace bien, y Capiscol es de los buenos. Cuando nos vemos siempre le pregunto: -¿Qué tal la flauta? -En clara referencia a saber del estado actual de su garganta.
         Este año debido a la climatología en Semana Santa, no ha podido desgranar desde los balcones esas saetas, que también sabe cantar, las cuales son canto, además de oración, en las procesiones de nuestro pueblo; saetas las cuales a mí me traen recuerdos de mi infancia como estos:


                              En la madrugá  del Viernes Santo.

                            Hay escarcha en los balcones,
                            menos en el que están cantando,
                            una saeta se escapa
                            como potro desbocado,
                            llega hasta el olivar,
                            y hasta el arroyo cercano.

                            Huele a aguardiente y manzanilla
                            además de a incienso y  nardo,
                            huele a pétalos de rosa,
                            y a” verde” recién cortao.
                   
         El año pasado nuestro pueblo le rindió un merecido homenaje a este torrecampeño, cantaor, en pueblo de cantaores.
         Yo le dedico además de estas líneas,  la letra para una copla, para que la ajuste al palo que mejor le vaya, y sirva como mi pequeño homenaje a este buen cantaor, y amigo, al que se le conoce por su segundo apellido: Capiscol.
            

                            Torredelcampo es mi pueblo
                            fama le dio un cantaor
                            Juan se llamaba aquél,
                            y Juan se llama Capiscol.  


Recibe un abrazo, amigo Juan.


jueves, 14 de abril de 2011

AQUELLOS DOS VIEJOS OLMOS



 Algunas de las grisáceas ramas de los olmos del arroyo que suelo visitar, hace semanas que han cambiado de color. Sus yemas abotonadas durante tiempo detonaron pintando parte de su ramaje con pinceladas verdes. Otras, parecen no obedecer al esplendor de la estación primaveral y permanecen desnudas como no queriendo salir del largo letargo invernal. Son estas ramas muertas, sin vida, que se mantienen en sus troncos lo mismo que si hubiesen sido desvastadas por el fuego.
Observo como año tras año los olmos que salpican las márgenes del cauce de este arroyo están muriendo lentamente por la enfermedad llamada grafiosis, sin que nadie haga algo por su defensa.
Sin embargo, existen en el mismo arroyo tres álamos centenarios mezclados con los olmos descritos situados en un lugar donde el agua se remansa. La sombra de estos en el verano son un fresco cobijo que invita al descanso y a la meditación, pero a ellos, por ahora, afortunadamente no parece afectarles la enfermedad de sus otros vecinos sobresaliendo sus vigorosas hojas verdes con su envés blanquecino con las ramas secas y mustias ya descritas de los anteriormente narrados, los que fueron condenados a muerte por la enfermedad.
En nuestro pueblo existían dos olmos centenarios. El diámetro de sus troncos sobrepasaría el metro y medio, y su altura rondarían los treinta o más metros. Yo crecí junto a uno de ellos. Recuerdo su tronco con su áspera y rugosa corteza llena de hendiduras, y también con alguna que otra oquedad donde a veces en esos agujeros solía esconder cualquier cosa para jugar que conservaba como trofeo propio de mi edad. Aquél árbol seguramente fue plantado cuando nuestro pueblo no seria más que un villorrio, o puede que tal vez naciera y creciera sin la intervención de nadie.
Lo sentía aullar los días de invierno mientras sus largas y desnudas ramas agitadas por el fuerte viento se mecían a su capricho. Llegada la primavera, un oloroso rosal de pitiminí que asomaba por una verja de un jardín próximo se dejaba acariciar abrazado a él. En el verano, al anochecer, cientos, miles, de gorriones se refugiaban a pasar la noche originando mientras buscaban acomodo un cansino concierto. En ese tiempo de estío su sombra servia para el descanso de los caminantes venidos de pueblos cercanos que visitaban el nuestro. Allí descansaban mientras se descalzaban las zapatillas y se ajustaban otro calzado más decente para deambular por el pueblo. En el otoño, la estación de la nostalgia, recuerdo cómo el árbol poco a poco iba adquiriendo tonos pajizos y ocres, luego, lentamente iban cayendo sus hojas al suelo dibujando un amplio abanico de colores en la carretera.         
 Lo que me duele recordar de él es de cómo mucha gente en los años de la posguerra en tiempo primaveral, y antes de vestirse el árbol de hojas iban a por ramas cargadas de semillas verdes. Era cuando el hambre apretaba y el “pan-patoos” –así se le llamaba- servia para entretener el infortunio y arrastrar con ello las telarañas de muchos estómagos castigados por la hambruna. ¡Que pena! 
Cuando he visitado otras ciudades he podido contemplar en algunas de ellas viejos árboles símbolos de generaciones pasadas; árboles que si pudiesen hablar dirían que han soportado guerras, sequías, diluvios, y hasta posiblemente más de una plaga, pero a pesar de eso los he visto vigorosos, seguro estoy por el cuidado esmerado que reciben.
Muchos de lo que esto lean se preguntarán donde estaban los árboles a los que me he referido. Lo diré: El que he descrito daba sombra unos metros más abajo de donde estaba antes Correos. Mientras crecí, siempre permaneció haciendo escolta al jardín de La Huerta los Toros donde vivían mis abuelos El otro, estaba metros más abajo, para más señas en la misma puerta del supermercado de Ciriaco.
Si no hubiesen cercenado estos dos olmos, pudiesen ser hoy emblemas torrecampeños, pero...
Allí podían seguir estando, y le podríamos recitar aquello que escribió Machado:          
Al olmo viejo, hendido por el rayo, y en su mitad podrido, con las lluvias de abril y el sol de mayo, algunas hojas verdes le han salido...

 Olmos de Machado.   ¡Que lástima de aquellos dos olmos de mi pueblo!






martes, 5 de abril de 2011

SOÑANDO EN EL CERRO


A mi sobrina Gloria. Una mujer diferente.


Quiero saber que sueñas,
porque sueños has de tener,
sueños siempre de niña
a pesar de ser  mujer.


         Era Viernes Santo cuando Nuestro Padre Jesús asomaba majestuoso por la esquina de la plaza a hombros de apretados y sudorosos costaleros para refugiarse otro año más en la iglesia. Su túnica de terciopelo morado se confundía con el color de los lirios que adornaban su trono, al tiempo  que entre los murmullos silenciosos de tantas almas presentes, resonaban de forma intermitente las trompetas y la música que interrumpían a veces su concierto para dar paso a que se oyeran esas saetas espontáneas que son rezo y oración nacidas desde balcones desde  mucho antes del alba rasgando el relente oloroso producido por el incienso, y otros olores como el de los nardos; saetas, mezcla  de seguiriyas y martinetes brotadas de prodigiosas gargantas torrecampeñas, empapando el ambiente con ese recogimiento  místico y piadoso de la Semana Santa.
Sergio, nuestro protagonista junto con sus amigos había acompañado a la procesión desde su salida del templo, y ahora, después de acabada esta, tenían dispuesto subir al cerro a reservar un sitio en el monte para cuando llegara la romería. Así lo tenían pensado desde hacia mucho tiempo, pues aunque faltaban muchas fechas para el primer domingo de mayo, el año anterior tuvieron problemas ya que se retrasaron y los mejores sitios cuando lo hicieron ya estaban señalizados con cuerdas, tablillas u otras marcas, lo que significaba que aquello era territorio vedado, por lo tanto este año el grupo de amigos formado por  Ángel, Francisco, Sonia y Ruth, lo programaron con tiempo sobrado para ir a buscar un buen lugar en el monte que estuviese bien situado, y sobre todo alejado del paso y trasiego de la gente.
Todos eran estudiantes de COU a excepción de Ruth que era universitaria. Sergio, a pesar de que su estado de ánimo estaba por los suelos rápidamente se contagió con la alegría de sus amigos haciendo planes para cuando llegase la Fiesta Santa Ana.
El coche de Ruth subió la cuesta hasta la ermita entre las risas y bromas de todos. Santa Ana y la Niña en su camerino  gozaban del silencio y de un sinfín de flores frescas puestas a sus pies. Las risas cesaron dentro del recinto para dar paso a las oraciones. Sergio imploró a Santa Ana que le ayudara y estuviese con él a la hora de su temida y por otro lado deseada operación quirúrgica. De reojo miraba a sus amigos y estaba convencido de que ellos también pedían por él. Y es que Sergio estaba en lista de espera para transplantarle un corazón nuevo, ya que sufría insuficiencia cardiaca causada por una arteriopatia coronaria.
 Ya, el exterior de la ermita, otra vez las risas y las bromas. Inmediatamente se trasladaron con el coche hasta La Erilla por donde cerca de allí buscarían un buen lugar dentro del monte.
Los amigos de Sergio se adentraron en el cerro sin percatarse de que éste no podía caminar a su ritmo, ya que por su enfermedad se cansaba hasta el punto que este optó por descansar y tomar fuerzas sentado y apoyado sobre el tronco de un olivo mientras que oía como las voces de sus amigos se perdían por entre la espesura del bosque. Mientras reposaba, vio como la extraña figura de una mujer se le acercaba. Era una mujer de aproximadamente la edad de su abuela, la cual, cuando estuvo a su altura, pudo comprobar que vestía una extraña indumentaria no acorde con la de los tiempos actuales. Aquella mujer se dirigió a él como si le conociera de toda la vida, hablándole en un tono ameno y reposado, pero lo que más sensación le causó fue la paz y el sosiego que emanaba de ella. Le habló de cómo era el monte antes, y cómo lo era ahora; de la diferencia entre las romerías de tiempos pasados y las actuales, y sobre todo le habló de la falta de amor entre las personas, que no se inmutaban ante tantas desigualdades sociales, como también de las calamidades por las que el mundo atravesaba.
En verdad aquella mujer de rostro surcado de arrugas que pareciera una inculta, se expresaba con palabras tan sumamente sabias y agradables, que en ningún momento quiso interrumpirla. Cuando pretendió hacerlo, ella le alertó que sus amigos lo estaban llamando, y sólo le dio tiempo a la extraña señora al despedirse a decirle que muy pronto volverían a verse. Efectivamente la voz de sus amigos ya junto a él, le volvió a la realidad. Se había quedado dormido. Todos rieron al comprobar como Sergio había caído en los brazos de Morfeo, y entre nuevas risas le despertaron del corto letargo observando todos ellos la extraña expresión de sus ojos al despertar, hecho este que aumentó más las carcajadas.
          Ruth le increpó riendo.
          -¡Jo, tío, te habías quedado frito!
 Al punto, caminaron nuevamente despacio para enseñarle a Sergio el sitio que ya antes habían señalado con cuerdas atadas a la vegetación rodeando una pequeña porción de terreno en un falso llano de la ladera del monte; terreno que le serviría como cuartel general, para celebrar la Fiesta Santa Ana. Otros amigos más se unirían con ellos el día de la romería.     
Pasados pocos días el teléfono sonó una madrugada en la casa de Sergio. Le avisaban de que en una hora todo lo más, debía estar en el hospital. Había llegado el día que todos anhelaban y temían.
Después de los primeros momentos de angustia, y de un viaje que le pareció interminable se encontró con todo el equipo médico que ya le esperaba. Y a continuación, el frío quirófano, con aquella potente luz en el techo y todo el personal médico envueltos todos ellos en batas verdes que iban y venían de un lado a otro de la estancia ultimando todo para comenzar la operación de inmediato, mientras que una tenue y relajante música envolvía la sala de operaciones. Uno de los cirujanos con la voz deformada por la mascarilla que le cubría el rostro le preguntó algo acerca de la romería de su pueblo, y mientras le contestaba iba describiendo el paraje de la ermita, y el lugar ya reservado por él y sus amigos en la montaña para celebrar la romería, mientras notaba como sus parpados le iban pesando más y más. Luego...
Luego sin saber cómo, se encontró allí en el cerro, en el mismo lugar donde viera a  aquella enigmática mujer que días atrás le había hablado en sueños, y como la primera vez que la vio se sintió aliviado cuando percibió aquella  paz y tranquilidad que de nuevo le invadió el primer día. No experimentaba ni tenia la sensación de estar durmiendo ahora, y si lo estaba no quería de ningún modo volver a la realidad, ya que era tal el grado de satisfacción y relajamiento que percibía que le parecía estar como flotando, y más cuando otra vez aquella mujer comenzó a hablarle con aquél tono tan dulce y cariñoso.
         Le dijo:
         -Ya te anuncié que volveríamos a vernos, y aquí estoy de nuevo para seguir hablándote del mundo. Te contaba antes de las calamidades que sufre, y de cómo tan sólo por hambre mueren más de cinco millones de niños al año, y más de ochocientos cincuenta millones de seres en el planeta pasan asimismo hambre y necesidades, mientras que la otra parte del mundo, la rica como esta en la que nos encontramos tú y yo, no hace nada o muy poco por remediarlo. Me entristecen muchas cosas como las que te he contado, y sobre todo la indiferencia de la gente.
         Hizo una pausa y luego prosiguió.
         - Dentro de unos días celebrareis la romería, vuestra fiesta, La Fiesta Santa Ana. Me alegra ver a la gente divertirse y pasarlo bien, sobre todo a grupos de amigos como sois los de vuestro grupo, pero me disgusta ver como la alegría mariana, y el fervor religioso quedan relegados en muchos casos para dar paso a todo a un desmesurado de derroche.
         A continuación agregó.
         -Cierra los ojos Sergio. -Éste así lo hizo. -Ahora ábrelos y contempla el paisaje. Así, conforme lo ves ahora, era el monte cuando yo vine a este lugar. Sergio no salía de su asombro, el cerro Miguelico era todo un bosque poblado  tupido de encinas centenarias, y quejigos, mientras que por entre la red espesa de matorrales formada por el tomillo, las zarzamoras, las hiedras y las madreselvas se veían correr animales como: tejones, jabalíes, conejos y otras especies. De igual modo le condujo hasta el arroyo cuyo murmullo de sus aguas limpias y caudalosas chocando contra las peñas ahogaban la bella sinfonía que sin duda producían las aves que aleteaban por sus alrededores.  
Sergio no daba crédito a lo que estaba viendo, y quería seguir en el estado en que se encontraba junto a aquella mujer que como la vez anterior no llegó él a formularle pregunta alguna hasta este momento cuando se atrevió a decirle...
         - Pero... ¿Quién es usted?
         Cuando le contestó esta vez su voz le pareció escucharla con un timbre muy distinto y que el conocía muy bien, mientras que ya no sentía aquella sensación de paz que le embriagaba hasta entonces. Volvió a preguntar.
         - ¿Quién es usted?
         Soy tu madre... ¡Soy tu madre Sergio... Gracias Dios mío!  ¿Es que no me conoces?
         La madre de Sergio estaba con él en la sala de la unidad de vigilancia intensiva del hospital apretando su mano y colmándole de besos, mientras disfrutaba de la sonrisa esta vez muy especial de Sergio que haciendo un esfuerzo dijo:
         -Gracias Madre mía... Gracias mamá.    
  


     

lunes, 21 de marzo de 2011

LOS ENTIERROS Y LOS LUTOS EN MI NIÑEZ

Tener que tocar un tema como este me entristece, ya que hablar de la muerte a cualquiera le sobrecoge y a mi el primero, pero a pesar de ello quiero repasar de cómo eran los entierros y lutos en nuestro pueblo cuando yo era niño.
En los albores de mi infancia recuerdo la cantidad de entierros de niños que había. Era casi a diario, la mayoría lactantes que morían ante el más mínimo problema infeccioso o por cualquier otra enfermedad o epidemia. Me resultaba muy triste ver aquellos diminutos ataúdes blancos con pinceladas de purpurina dorada en sus bordes portados en unas angarillas hasta la puerta de la iglesia y desde allí al cementerio.    
Los entierros se establecían por categorías. Los de una capa eran despedidos desde la puerta de la iglesia sin más dispendios. Los de dos capas, dos curas vestidos con capas pluviales acompañaban al cadáver hasta medio camino del cementerio, y los de tres capas para los más pudientes eran tres los sacerdotes que acompañaban al féretro hasta el camposanto con todos los honores pompa y boato.
Era costumbre que al acompañamiento del cadáver hasta la puerta de la iglesia y después al cementerio sólo asistiesen los hombres. Las mujeres permanecían en casa del difunto rezando hasta que los dolientes regresaban. También durante el velatorio los hombres estaban separados de las mujeres. A estos ya entrada la madrugada se les tenía una atención con ellos ofreciéndoles alguna copa de anís.
El primero en aparecer en el domicilio del difunto era un personaje muy conocido en nuestro pueblo. Me refiero a Juan González, al que de forma cariñosa se le conocía como “Ito”, (de Juanito). Éste a la hora del entierro tampoco faltaba.
Al frente del cortejo fúnebre marchaba siempre el monaguillo vistiendo faldones rojos y roquetes blancos de encaje portando un varal con un cristo dorado adornado con un cilindro de tela negro. El sochantre caminaba al lado del sacerdote llevando el hisopo de metal metido dentro del recipiente del agua bendita. El séquito religioso acompañaba al cadáver desde su casa hasta las escalinatas de la iglesia desde donde se ofrecía unas cortas exequias formando parte de las mismas un responso en latín. Cuando el féretro era rociado con agua bendita la muchedumbre acompañaba al cadáver hasta El Llanete, donde se daba el pésame a los dolientes mientras que los más allegados se dirigían al cementerio a darle sepultura.
Era práctica habitual tal vez por respeto no comer en casa del difunto durante el tiempo que éste permanecía en la casa de cuerpo presente, si acaso una tila, un caldo, o poco más, aunque hubo un tiempo que motivados muchos por el "cumplimenteo", sobre todo cuando había por medio una novia o un novio, se estableció la costumbre que tanto los caldos y cafés en el velatorio y después del entierro la comida los sirviesen personal especializado en las artes gastronómicas, -lo que ahora llamamos catering-.  Un lujo.
Y después el luto. Los lutos se establecían también por categorías. Así pues, dependiendo de la edad del difunto y del grado de parentesco, el luto podía ser riguroso, o medio-luto. En ambos casos para salir a la calle era costumbre en las mujeres cubrirse la cabeza con un pañuelo negro anudado al cuello, y por encima de los hombros arroparse en todos tiempos con una media-manta de lana negra con flecos en los bordes que era sostenida un ala de ella con una mano, y con la otra para taparse la cara de la nariz para abajo, pero en los lutos rigurosos las mujeres aprovechaban para salir a la calle solo a deshoras y en caso de muy extrema necesidad
Así pues, era muy común ver siempre a las mujeres vestidas de negro, mientras que en los hombres se observaba el luto en la chaqueta, la cual ostentaba un galón negro de unos diez centímetros cosido dándole la vuelta a la manga. Otros en cambio llevaban una chalina negra al cuello.
Mientras duraba al menos el medio luto se establecía una especie de cuaresma o penitencia entre los habitantes de la casa hasta tal punto de que las salidas quedaban restringidas a sólo lo imprescindible, como también era norma de obligado cumplimiento el no acudir a las fiestas o lugares públicos de diversión como a bodas, bautizos, o cualquier otro tipo de acontecimientos. Asimismo el blanqueo de la casa o de la fachada quedaban pospuestos hasta la fecha en que se pasaba al medio luto que era pasados al menos dos o tres años. En las casas donde había radio se quitaba de la vista de las posibles visitas llevándola a la cámara donde estaba el granero o cubriéndola con un paño negro. Al paso de las procesiones o festejos la casa se cerraba incluidas todas las puertas ventanas y balcones, dando señal de que los deudos del difunto no estaban para celebraciones.
Lutos aquellos, de ropas teñidas de negro, de aquella España de medio-luto, de luto negro, que algunos la verían en technicolor pero yo por desgracia la viví siempre en blanco y negro.


viernes, 4 de marzo de 2011

LOS CORRENDEROS

         
        
En aquél tiempo de mi juventud, cuando la recolección de la aceituna tocaba a su fin, las calles a primeras horas de la noche, se alegraban con los cantos de mujeres jóvenes jugando al correndero. Era el anuncio que la primavera estaba a un paso; presagio de ello cuando el estado anímico del mocerío se disparaba en un derroche de felicidad difícil de ocultar. A pesar de que la fiesta del carnaval estaba prohibida, por ese tiempo previo a la cuaresma, los correnderos  era la manera de celebrar esta fiesta a nuestro modo,  y era también el lugar para ver a la moza mientras se rondaba. Así se aprovechaba para contemplar a la que uno le tenia echado el ojo y comprobar si alguno de aquellos cantos carnavaleros que desgranaban las jóvenes, escondían de forma irónica despecho hacía el que rondaba, o por el contrario algún halago.
Cantaban cogidas de la mano y girando en corro. Recuerdo que en ocasiones paraban, daban unas palmadas y continuaban con la danza en círculo.
Algunas de las letras eran picantonas e irónicas, aunque también las había hirientes que mandaban consignas al pretendiente para que de alguna forma entendiera que no tenia nada que hacer, o por el contrario animarle si era corto, es decir tímido, para así allanarle el camino. Dicho en la jerga de aquél tiempo, para que se lanzara. Al terminar de cada canto, los que rondábamos solíamos corresponder con voces socarronas que dirigíamos al compañero del grupo a quién entendíamos por alusiones iba dedicada la copla de pique.
Recuerdo el griterío que formaban aquellos corros de mujeres pasándose de unas a otras un botijo al grito unánime de ¡Ay, ay, ay... y...!. Así, el botijo o  cántaro mochado era lanzado una y otra vez al aire hasta que moría estrellado en el suelo cuando la que tenía que recibirlo se le escapa de las manos. Entonces estallaba al unísono un grito mezcla de sorpresa y de desconcierto de las muchachas coreado por los que contemplábamos el espectáculo.
A veces, en el centro del correndero  era muy común ver encendido  una fogata “chico”, que servía para de alguna forma iluminar la calle.
Noches de ronda, de cánticos carnavaleros picantes y atrevidos, mezclados con el humo y los aromas que salían por las chimeneas creando una neblina que se expandía por las calles dibujando todo ello un ambiente difícil de describir. 
Los correnderos eran nuestro punto de encuentro. Nuestro botellón, pero sin botella que empezaba apenas el sol se escondía y duraba tan solo hasta la hora de la cena o hasta cuando sonaba el “Parte o Diario hablado de Radio Nacional”.    
Después, las calles permanecían en silencio quedando como testigos los cascotes del porrón o cántaro ejecutado y los rescoldos de la hoguera que al día siguiente barrerían las mujeres al limpiar la puerta de su casa. Era lo único que denotaba que allí había habido gente divirtiéndose. Nada de envases de plásticos, ni bolsas, ni vidrios, ni brik, ni latas, ni látex, ni nada, porque no teníamos nada...pero sin tener nada éramos felices. Muy felices, si señor. 
Sé que habrá alguien de mi edad o tal vez más mayores que recuerden algunas letras que se cantaban en los correnderos , con los tonos y soniquetes tan alegres y tan característicos. Animo a que lo transmitan a otros para goce y disfrute de futuras generaciones.   

miércoles, 9 de febrero de 2011

LA CASILLA DE MANUEL



Añadir título

Este relato es para leer la noche de Todos los Santos, ahora también llamada Halowey, y después, si alguien lo prefiere, irse a dormir a la casilla de Manuel. 

         Hace más de sesenta años en Torredelcampo...

Las campanas tocaban a muerto en el silencio de la noche, dang... un toque grave reposado y lento, para proseguir con otros dos toques un poco más rápidos: ding, dang, terminando con otro golpe del badajo contra el metal lo mismo que el primero... dang. Así toda la Noche de Difuntos.  El aire arrastraba este sonido por el pueblo y las sonoras y lentas campanadas eran mecidas y zarandeadas por fuertes ráfagas de aire, por lo que algunas veces sus acordes se oían más tenues cuando el viento a su capricho llevaba el sonido en otras direcciones. 

En casa de Manuel hacía rato que su madre había quitado la mesa después de la cena  la noche de Todos Los Santos, y ahora, toda la familia estaba sentada alrededor de la lumbre. El abuelo de Manuel extendía sus manos abiertas en dirección al fuego tratando de calentarse. Todavía no era invierno, pero las temperaturas habían bajado mucho en los últimos días, de modo que el calor que producía la lumbre era muy placentero. En la estancia se había hecho un silencio que solo era roto por el ruido que producían las campanas y el del aire al chocar en la chimenea originando por ello un silbido ronco que resbalaba  junto con algunas volutas de humo conducto abajo hasta llegar a la sala.

         Manuel rompió el prolongado silencio cuando preguntó a su abuelo. 

         – ¡Abuelo! Cuéntame lo que te pasó aquella vez en la viña. 

        – ¡No! Contestó rápido la madre de Manuel, para a continuación agregar: – que luego dices que el miedo no te deja dormir. Además ya te lo ha contado más de una vez, y más de dos.

         El padre de Manuel no dijo nada, y eso significaba que el abuelo podía contarlo.

         – ¡Anda abuelo, cuéntamelo otra vez!

         El abuelo miró a su nuera y a su hijo y no encontrando reparos a juzgar por la expresión de sus caras empezó a hablar dirigiendo sus palabras a todos, pero en especial al zagal. Éste se removió en la silla buscando acomodación mientras su mirada la fijó en un punto de las brasas del fuego y así estuvo durante todo el tiempo que su abuelo relataba lo que le acaeció.

         –Verás. Mi padre me decía que nunca me quedase a dormir en la viña. Yo también se lo tengo dicho al tuyo. Tu padre, al fin y al cabo me ha hecho caso, pero yo una vez, sólo una vez, me quedé a dormir en la casilla, -la casilla era una especie de cobertizo donde se albergaban los aperos de labranza y servía de refugio cuando llovía-fue un día hace muchos años, cuando cogimos las nueces. Estábamos yo y tu padre que está aquí con nosotros y lo puede atestiguar. Después de derribarlas del árbol y de quitarle las cáscaras, ya al atardecer, le dije a tu padre que se marchara con la burra al pueblo a llevar aquellas que ya estaban oreadas, y que al amanecer regresara para llevarnos el resto. Yo me quedaría guardando las demás para que nadie se las llevase, y eso que tenía siempre presente la advertencia de mi padre: <<No te quedes nunca a dormir en la viña, que en la viña por la noche nadie quita nada, pues ninguno se atreve a ir por miedo a algo que dicen que muchos han visto y que todos callan>>

         – ¿Pero qué es? Le preguntaba yo a mi padre, pero nunca soltaba prenda, hasta que en cierta ocasión y después de muchas súplicas, me dijo que en una casería hoy desaparecida cercana a la viña, se contaba que en épocas muy remotas solían traer a los reos desde la capital, sirviendo la casería como calabozo y mazmorra. También decían que a más de un preso le habían aplicado la pena máxima. Contaban, que los dueños de la citada casería aparecieron muertos una noche en circunstancias tan extrañas que nunca pudo averiguarse el origen de su muerte. Desde entonces, existe una leyenda en la que señalan que las almas de todos ellos andan vagando por esos parajes reclamando justicia. Todos estos comentarios se decían en el pueblo en voz baja, siendo las mujeres las que menos reparos tenían al hablar de ello. Las mujeres comentaban, que uno de los que murieron en la casería fue una niña. Yo no creía nunca en esas cosas hasta la noche que me quedé a dormir en la viña.

         El abuelo de Manuel seguía su relato mientras las campanas continuaban con su fúnebre y cansino sonido tocando a muerto.

         Hizo una pequeña pausa y prosiguió.

         –El caso es que llegada la noche me acosté empleando como cama una saca llena de paja que tenía en la casilla. Quise dormir dentro, pues aunque era todavía verano, ya se notaba el relente por las noches. Era una noche oscura, sin luna.  Una vez acostado pensé que aquél ruido que llegué a percibir seria el crujir de las ramas de las nogueras al mecerse por el viento, o tal vez el de las carrascas que había en las lindes, pero no,  aquellos susurros cada vez más audibles parecían como lamentos. Eran como gritos de alguien llorando. No le hice caso e intenté dormirme. Pero aquello que parecieran gemidos eran cada vez más perceptibles. Me incorporé. No podían ser las ramas de la noguera ni tampoco las de las carrascas, ya que no hacia viento que las pudieran mover. 

         El abuelo hacía pequeñas pausas como esta vez, para mirar a los reunidos comprobando su grado de interés en su relato. Todos estaban absortos, en especial su nieto. Viendo el grado de atención prestada prosiguió: 

         – ¿Qué podía ser aquello? Me preguntaba.  De pronto, por el camino de la linde vi una luz muy pobre y bamboleante, y unas sombras que iban avanzando, pues aunque no habían entrado por la vereda dentro de la viña, iban a pasar por el camino principal a pocos metros de donde me encontraba. Se iban acercando. Eran cuatro o cinco bultos. Los vi desde el agujero de la ventanilla de la cabaña. La puerta ya la había cerrado yo metiendo un palo dentro del orificio de la pared haciendo retranca.  El primero de ellos llevaba un farol en la mano, y le daba la mano a una niña de unos siete años. Todos iban con ropas que pertenecían a otra época, casi como las que visten los frailes franciscanos. La niña lloraba y entre sus sollozos pude entender algo así como: ¿Dónde está mi mamá? Yo tenía un nudo en la garganta y me quedé helado. Quería moverme pero no podía. Había algo dentro de mí que me atenazaba, que no era otra cosa que el miedo. Quería hablar pero era imposible. Ya los tenía muy cerca pero los de la extraña procesión no repararon en la cabaña, de modo que esto tranquilizó algo mi estado de ánimo demasiado sobresaltado. Entonces tragué saliva y di una voz. No sé lo que pude balbucir. Creo que dije: ¡Quien anda ahí! Pero ninguno de aquella extraña hilera de personas o lo que fuese se dio por enterado siguiendo  su camino. Ya no pude dormir en todo el resto de la noche, y allí estuve en la cabaña hasta que llegó tu padre por la mañana temprano, y menos mal que llegó. 

         El abuelo de Manuel terminó el relato y miró a los reunidos esperando una sonrisa de alguno pero no fue así, ya que al parecer estaban muy enfrascados en su leyenda. 

  –Eso fue todo lo que me pasó. Hizo una pausa y a continuación agregó dirigiéndose a su nieto: – Para que te sirva de lección, tú, cuando veas que los rayos del sol le dicen adiós a las ramas más altas de las nogueras, no te quedes en la viña y regresa al pueblo rápido.

 Dijo esto último en clara advertencia al zagal.

         Se hizo otro silencio. El padre de Manuel intervino.

         –Padre, siempre te he dicho que aquello no lo viviste, sino que lo soñaste. A veces sueña uno cosas que se confunden con la realidad.

         – ¿Sueño? Siempre me dices lo mismo. Aquello no fue un sueño, ni estaba bebido esa noche. A mí, en los años que tengo nadie me ha visto borracho.

         – ¡Vamos Manuel, a la cama, que ya es hora de acostar! – Interpeló la madre a Manuel.

         –Si, pero cuando se suba el abuelo a su habitación.

         – ¡Ves como no es bueno que el abuelo te cuente esas cosas! –Replicó la madre. 

         Nada más echarse en la cama Manuel adoptó una posición casi fetal como buscando protección dado el miedo que tenía, y trataba de dormirse así acurrucado y casi con el embozo cubriéndole la totalidad de la cabeza pensando en la historia que le había contado su abuelo, mientras que las campanas de la iglesia seguían tocando a muerto como era costumbre en Torredelcampo la noche de Todos los Santos: dang... ding dang... dang. 

         Pasaron muchos años y ahora Manuel, aquél chaval, era el dueño de la viña. A pesar del tiempo aún permanecían erguidas y vigorosas las nogueras. La cabaña de aperos se conservaba todavía en pié, aunque algunos años le ponía algunas tejas nuevas y pintaba de cal la pared de la entrada y la de un lateral. El resto era terrizo cavado en un desnivel de un terraplén en una linde. Todo lo conservaba igual que cuando vivían sus padres y su abuelo, ya desaparecidos. Lo único que había cambiado era el paisaje del entorno, proliferando cerca de la viña algunas edificaciones de recreo de gentes del pueblo y otras venidas de la capital. 

         Manuel iba a la viña muy asiduamente y venía observando últimamente como un nuevo vecino lindero había construido una vivienda a unos cientos de metros de su propiedad. Sólo había hablado con él una vez, y atribuyó por su acento que no era de la comarca. La casa la había levantado en poco tiempo pero no por eso habían reparado en gastos a juzgar por lo sólida de su construcción, además de lo grande y majestuosa, resaltando sobre todas las demás, teniendo incluso piscina y no pequeña según se observaba desde lejos. Él veía a esta familia trabajar en la casa hasta que la dejaron es de suponer completamente a su gusto, e interpretó  que pernoctaban por las noches ya que cuando él se iba al ponerse el sol, ellos quedaban allí, y cuando volvía al día siguiente el coche de los vecinos seguía estacionado en el mismo sitio. 

         Pasado un tiempo llegó un día que dejó de verlos ni tampoco el coche, y pensó que tal vez estuvieran fuera de vacaciones o por alguna otra razón, pero su zozobra fue en aumento a medida que transcurría el tiempo y no veía señal de vida de sus nuevos vecinos. Fue entonces cuando después de varios meses decidió preguntar a otro vecino que asimismo tenía un chalet cercano. Era éste un hombre culto. Según los comentarios había sido en su vida laboral profesor en una universidad, y al quedarse viudo compró una parcela y construyó una vivienda donde pasaba solo largas temporadas en aquella su pequeña finca cercana a la sierra.

         Manuel se aproximó hasta la casa donde el citado profesor hacia vida de ermitaño. Lo encontró leyendo un libro a la sombra de una parra muy tupida que había en la puerta. Manuel no había hablado nunca con él, sólo lo saludaba muchos días desde el coche por gestos levantando la mano a modo de saludo cuando se cruzaban ambos por el camino principal.

         – ¡Buenos días!

         – ¡Hola buenos días! –contestó el profesor.

         Un perro grande que estaba adormilado salió corriendo al encuentro de Manuel ladrando.

         – ¡Quieto! –Le recriminó su dueño para agregar: –Acérquese, no hace nada. Es un perro noble y bueno.

         –Mire, verá, prosiguió Manuel cuando el perro se hubo alejado. El caso es que venía a preguntar sobre si usted sabría algo de nuestros vecinos de al lado, ya que no los veo desde hace tiempo, y observo el estado lamentable de abandono de su finca.

         El profesor miró a Manuel al mismo tiempo que su rostro cambió de tener casi dibujada una sonrisa, a esbozar en su semblante un rictus de preocupación.

         – ¿Tiene usted mucha prisa? –le preguntó al mismo tiempo que señalaba una silla invitándole a sentarse.

         Manuel se sentó en la silla que le indicaba la cual estaba al otro extremo de la mesa-velador que utilizaba el profesor.

         –Bien. En primer lugar somos vecinos y no sabemos nuestros nombres. Yo me llamo Jorge ¿Y usted?

          El profesor hizo esta pregunta al mismo tiempo que extendió su mano hacia la de Manuel.

         –Yo Manuel–dijo este.

         –Bueno amigo mío. -Habló el profesor. -He de confesarle una cosa en referencia a nuestros vecinos objeto de su visita. Soy una persona que hasta hace muy poco era muy escéptico a los temas ocultos, pero después de lo que yo he visto y observado le puedo asegurar que he cambiado de opinión. No sé qué será, ni por qué se producen los extraños fenómenos que le indicaré, pero la realidad es que en este paraje pasa algo muy raro.

El profesor hizo una pausa, miró a Manuel y continuó.

–Me ha preguntado usted por los nuevos vecinos ¿verdad? Bueno pues se han ido, y me temo que ya no volverán, al menos para vivir en su nueva casa. ¿Qué por qué? Yo no tengo miedo, pero ellos sí, y por eso se han marchado. Se han marchado porque muchas noches los perros ladran a algo que ellos ven y que los seres humanos no percibimos, para después salir despavoridos buscando protección corriendo y aullando de forma lastimera. Yo he visto extrañas procesiones de sombras y luces tintineantes entre la bruma por las noches, muy parecido a lo que los gallegos llaman la Santa Compaña.  Por todo esto que yo he visto y ellos también, conseguí a través de mis contactos en Madrid para que vinieran estudiosos sobre la parapsicología, a indagar sobre estos hechos después de que los dueños me pidieran consejo. Al poco estuvieron aquí un grupo de personas experimentadas en estos temas y pasaron una noche en su casa. Recogieron spicofonias, e hicieron otros experimentos con una serie de artilugios que trajeron. El resultado fue positivo ya que las spicofonias fueron muy audibles pues en las mismas se escucharon voces y gritos aterradores. También filmaron extrañas sombras donde aparentemente no había nada, y observaron en el transcurso de la noche como las puertas se cerraban de golpe y otros objetos se ponían en movimiento desoyendo los parámetros más elementales de la física.

Los mismos investigadores posteriormente, hicieron un estudio de este paraje y determinaron que está situado en las lindes de un triángulo esotérico maldito formado por varios pueblos limítrofes al que nos encontramos, y que la casa que habían construido nuestros vecinos la habían edificado próxima a lo que fueron las ruinas de un antiguo caserío donde murieron en extrañas circunstancias toda una familia hace mucho tiempo. 

         Manuel no podía salir de su asombro. A continuación le explicó al profesor aquella historia que ya le contaba su abuelo y que coincidía en parte con los hechos narrados por el profesor. Éste quedó asimismo asombrado. Después se despidió, no sin antes demostrar su admiración hacia él, por pernoctar sobre todo por las noches, en tan lóbrego y tenebroso lugar. 

         De camino a casa, Manuel pensó en las viviendas dispersadas por todo el paraje. Posiblemente no hubiesen reparado aún en estos extraños fenómenos, y si así fuera lo mejor era callar. Callar por muchas razones ¿Cuántos habrán visto algo y callan?  Pensó. Sí, lo mejor era callar ya que estas cosas... Pero él tenía que contárselo al menos a su hija que estaba empeñada en construir una vivienda de recreo en la viña. Difícil situación. Muy difícil. 

         Pero la hija de Manuel no se amedrentó, y construyó pasado el tiempo una vivienda en la viña.

          Años más tarde...

         Una Noche de Difuntos, la hija de Manuel dormía en la vivienda que años atrás construyó en la viña. Unos golpes en la puerta la despertaron. No quiso molestar a su marido que dormía plácidamente. Miró por la ventana y se inquietó al reconocer a pesar de la negrura de la noche a su padre. ¿Qué querría dadas las horas que eran? Bajó las escaleras mientras su perro en el exterior ladraba de forma quejumbrosa. Nunca lo había oído aullar de la manera que lo hacía tan triste y lastimera.  Abrió la puerta pero no había nadie. Salió al exterior y comenzó a llamar a su padre a voces. Miró una y otra vez en todas direcciones sin resultado positivo. Sólo pudo distinguir algo alejada, una sombra entre la bruma de la noche que se unía a otras sombras, las cuales caminaban en hilera y en total silencio por el sendero del camino, ayudadas al parecer por una tintineante luz. Era sábado, e interpretó que presumiblemente fuesen algunos jóvenes de las edificaciones cercanas que regresaban disfrutando del fin de semana.  Llovía, pero a pesar de ello quiso dar la vuelta al edificio para cerciorarse sobre donde podía haberse metido su padre, pero sólo consiguió empaparse, sobre todo el pelo y la bata con la que se cubrió al tiempo de salir.

         Volvió de nueva a la cama. Su marido seguía durmiendo apaciblemente e intuyó que no había percibido nada que le hubiese hecho despertar. Al día siguiente trataría de aclarar lo sucedido, pensó. Después quedó nuevamente dormida.

          Su esposo la sacó del letargo, mientras el teléfono móvil no paraba de sonar. Con el teléfono en su mano no pudo por menos que exclamar un grito al recibir la noticia.

         Su marido angustiado le preguntó:

         – ¿Qué pasa?

         – Es... es... mi madre... dice... que mi padre ha muerto.

         La hija de Manuel  bajó de la cama rápidamente. Cogió la bata para abrigarse y comprobó que estaba mojada. Quedó perpleja unos instantes y recordó la pesadilla vivida por ella esa noche. Aquello que según recordaba le pareció un sueño, ahora dudaba que lo fuese ya que la bata que sostenía entre sus manos estaba humedecida. Pero..., no podía ser...  No podía haber sido real. Se preguntaba con la bata entre las manos.   

         Su esposo le ayudó a sacarla de dudas. Fue hacía ella para abrazarla, para a continuación exclamar:

         -¡Dios mío! ¡Pero si tienes el pelo chorreando!  

         Cuando salieron al exterior el perro estaba guarecido en su caseta emitiendo aullidos tristes y afligidos. El viento les pareció que mecía murmullos de personas no muy distantes, aunque puede que tal vez fuese el ruido que producían las grises y plateadas ramas de las nogueras al ser acunadas por el aire.    

                                     ********

 

¿Qué no saben ustedes donde está la viña de Manuel? Verán, está subiendo por el camino que va para... ¡Ése mismo que usted está pensando!   

Habrá quienes crean que esta historia es real,  en cambio otros pensarán que es producto de la imaginación de este que escribe, pero para sacarte de dudas te daré un consejo, y es que no te acerques por esos parajes después de ponerse el sol la Noche de Difuntos.