sábado, 9 de julio de 2011

AQUELLA FERIA Y SUS FERIANTES

         La feria cuando yo era un chiquillo empezaba con la llegada del primer feriante. Normalmente en la primera avanzadilla solo llegaban algún que otro turronero y poco más, luego, faltando pocos días para el inicio de las fiestas iban apareciendo los de los cachivaches. El primer sitio que recuerdo donde se instalaba el ferial en mis tiempos era en la calle Pintor Manuel Moral -mucho antes de construirse las Casas Nuevas- donde todo era descampado. Este terreno servia también de campo de fútbol donde yo veía jugar desde la tapia de la Huerta Los Toros a los equipos locales: El Rayo Azul y El Calavera. La primera vez que pusieron la feria en el lugar referido fue después de caerse el muro a consecuencia de un terremoto en mayo de 1951. La tapia mencionada se extendía desde la  calle referida hasta donde empezaba el molino de aceite de don Damián en la calle Cuesta Negra.
Años mas tarde el ferial lo instalaron en la calle Ancha después de derribar la pared que unía la casa donde estaba el antiguo sindicato en el Camino de la Estación con la de la familia Moral. Existía un terraplén  que corrigieron a base de azadón. Recuerdo la reata de borricos que participaron en el desmonte y hasta el color de la tierra blanca que transportaban.
Volviendo a nuestra feria, los chiquillos siempre estábamos merodeando por entre el sinfín de cacharros que los feriantes dispersaban en el suelo hasta su instalación sin hacer caso de las voces discordantes de ellos, de aquellos rudos nómadas que nos reprendían, de rostros y torsos achicharrados, quemados por soles en siestas de pueblos de olivos y rastrojos como el nuestro que se preparaban para unos días de diversión.
Recuerdo las “voladoras” manuales, aquellas que eran empujadas desde el suelo por descamisados feriantes mientras que a los pies de estos mientras empujaban reposaban pequeños sacos de arena que servían para equilibrar la carga. A la hora de parar la noria se subían colgados de una de las barcas para detener con su peso el giro del aparato. Ver aquello era todo un espectáculo. Normalmente en esta atracción solían subirse mujeres las cuales gritaban al compás del dulce cosquilleo que les producía la rápida bajada.
Los coches eléctricos –coches locos- como nosotros lo conocemos era una atracción muy esperada como también el carrusel. En mi pubertad llegó por primera vez el látigo.
Los columpios, donde tenías que mover después de los primeros empujones realizados por el empleado aquella enorme barca con las quillas revestidas de pedazos de goma de ruedas de coches que servían para amortiguar la frenada cuando el feriante a tenor de la demanda consideraba que ya estaba el tiempo de los dos reales agotados, o tal vez habías alcanzado con los vaivenes una considerable altura. Entonces utilizaba el freno que no era otro más que un tablero con la huella impresa del caucho por las frenadas acumuladas.   
Recuerdo los caballicos que funcionaban por el empuje que unos chiquillos ejercían, teniendo estos el privilegio de subirse en la plataforma en los intervalos cuando el tiovivo giraba a la velocidad adecuada.  El ruedo dibujaba en el suelo una corona de polvo originado por las infinitas pisadas de los chiquillos que empujaban gratis al primitivo tiovivo.
Había feriantes que volvían año tras año como aves migratorias. Uno de aquellos asiduos a nuestra feria era el del Chupetón de la Tonta. Era toxiriano de cara arrugada, que lucía un gran y espeso bigote que le servia para seguramente infundir respeto a la chiquillería dentro de su minúscula caseta de tiro. Dado el reducido perímetro de la susodicha caseta tenia un arte para moverse entre los disparos de aquellos que creíamos íbamos a derribar el palillo que sostenía un cigarro o una bola de caramelo. Era difícil acertar con aquellas escopetas amañadas y casi siempre obedientes a su amo.
La primera tómbola que llegó a nuestro pueblo que yo recuerde fue aquella que supuso un hito en cuanto a tómbolas se refiere en Torredelcampo.  Me refiero a la conocida cómo la Tómbola del Cubo. Esta fue la que cambió en todas las casas los cubos de metal por los cubos de plástico. Está en mi memoria aquél feriante que no daba abasto acompañado por su mujer y otros tantos operarios a tanto gentío que se agolpaba ante su caseta comprando papeletas. La de dinero que ganó en aquellos años.  Otro de los que no faltaba ninguna feria era el retratista con el caballito de cartón.
Quién acudía año tras año era la Orquesta Sahara. Un lujo escuchar aquél quinteto de músicos jaeneros en la plaza después de haber cenado y tomado un ponche fresquito de “malacatón”. Formaba parte de este grupo musical entre otros, -creo recordar- un señor mayor con gafas de muchas dioptrías que tocaba el contrabajo y un trompetista joven, los cuales eran unos portentos. Habrá quienes de mi edad recuerden también a los que vendían agua en la plaza en botijos de barro al grito de ¡A gorda la “barrigá”! Yo prefería siempre un helado del Chache. Bueno, yo, y cualquiera. ¡Que buenos los hacia!.
La feria era esperada por todos, hasta por aquél puñado de avispados torrecampeños especialistas en timbas de envite acostumbrados al tapete verde, al humo de los cigarros puros, y a prolongar las madrugadas con los días y las noches con tal de desplumar a cuantos pardillos se jugaban en el tapete hasta su alma. Me contaron que algunos de los feriantes que hacían su agosto en nuestra feria aficionados al naipe, salían del pueblo sólo con lo puesto.
Adiós a aquella feria donde nuestro pueblo rebosaba de emigrantes torrecampeños que volvían para disfrutar de las fiestas junto con la familia. Aquella feria se acabó, ahora, apenas se oye el primer cohete hileras de autocares todos con rumbo a la playa dejan al pueblo casi despoblado. Lástima de nuestra feria, de aquella feria.
 En fin, sé que la palabra recuerdo es muy repetitiva en mi, pero qué le voy hacer si aún recuerdo mis recuerdos, y cómo no, recuerdo los buenos recuerdos de aquella feria.
        

viernes, 17 de junio de 2011

NO TODO SERÁ UTOPIA

  
                                         Laguna a los pies de Cuesta Negra en una vieja cantera.

        Aquél antepasado suyo debía de haber amado mucho a su pueblo. Esa fue la conclusión que sacó Juan Quintana Alcántara una vez leídos los contenidos de aquellos dos disquetes de ordenador de más de tres siglos de existencia. Le costó incorporarlos a la nuevas tecnologías de la informática existente, pero al final toda su información la tenia ahora a su alcance y se deleitaba leyendo una y otra vez de cómo aquél hombre describía a la tierra que le vio nacer y crecer, pero a pesar de su acentuado arraigo tuvo que emigrar siendo joven hacia otras latitudes; no obstante aunque vivió el resto de su vida fuera de su pueblo, él, no había perdido nunca su contacto, es más, había ido inculcando según se desprendía de sus escritos el amor por su tierra a sus descendientes.  
         Relataba sus costumbres, su manera de hablar tan característica, sus olivares, sus fiestas, sus calles, sus personajes, pero sobre todo describía de manera muy especial a la naturaleza que rodeaba el pueblo. Daba vida en sus relatos a los montes que lo circundaban, a sus arroyos, a sus plantas autóctonas, llamándolos a todos por su nombre, pero lamentablemente las palabras polución, deterioro, degradación, y contaminación también aparecían en reiteradas ocasiones.
         Repasando la historia de este ascendiente, resultaba ser que le había tocado vivir en una época muy difícil. Nació en la posguerra, de la última guerra habida en España, pues afortunadamente a pesar de varios siglos transcurridos, la paz reinaba no solo en nuestro país sino en todo el planeta Tierra; el hambre, la miseria, las dictaduras y las grandes diferencias de clases habían dejado de existir. Todo ello sucedió como consecuencia de lo que se llamó la Gran Catástrofe, cuando la madre Naturaleza hastiada de los continuos abusos hechos por el hombre pasó factura. Pueblos enteros, ciudades, islas, y atolones desaparecieron bajo las aguas. Lluvias torrenciales, y graves sequías azotaron durante al menos dos décadas a la Tierra. El planeta sufrió un recalentamiento motivado por los abusos al ecosistema por los llamados países desarrollados, y por este motivo todas las naciones y pueblos se unieron y pararon el desarrollo incontrolado por un desarrollo sostenible. Los ejércitos enterraron sus armas y estos sólo servían para preservar el medio ambiente. Los carburantes habían sido sustituidos por energías alternativas no contaminantes, asimismo todos los agentes químicos y sus derivados fueron prohibidos. El agua como fuente de vida era el tesoro más apreciado y respetado.
         Durante un cierto tiempo la idea de visitar el pueblo de su antepasado invadía a Juan. Lo que al principio le parecía una curiosidad, se fue transformando en un compromiso, por lo que llegó a creer que estaba en deuda con aquél hombre, y ese sentimiento  punzante hizo que su interés se convirtiera en realidad.
         Así que aquél día tenia la oportunidad que llevaba buscando. Hoy por fin podría comprobar que lo reflejado en los escritos de su antepasado sobre aquella tierra eran ciertos. Visitaría muchos de los lugares que el describía: sus calles, la plaza del pueblo, la iglesia, la ermita y sobre todo sus montañas, las cuales ya escribía sobre su deterioro.
         Aquél día, Juan, se dirigió con su vehículo de energía solar hacia la autopista inteligente del Sur. Antes de entrar en la misma utilizó una de las máquinas de rutas. Programó el punto de destino como Torredelcampo, y como velocidad una intermedia; asimismo eligió a mitad del camino salir a un área de descanso. Casi todas las redes viarias estaban dotadas de este sistema por lo que los accidentes de circulación habían casi desaparecido. Cuando ocurría alguno, este era informado por los medios de comunicación como una noticia relevante.
         Al entrar en la autopista programada el vehículo dejó de tener autonomía propia, por lo que mientras se deslizaba por la carretera inteligente, Juan se dispuso a leer la prensa a través del ordenador personal que llevaba a bordo. Ese día todos los diarios recordaban lo que hacia cien años fue una noticia trascendental para la humanidad, pues se cumplía un siglo del descubrimiento de la vacuna contra el cáncer, ya una enfermedad totalmente erradicada.
         Transcurridas dos horas aproximadamente, el automóvil dejó como estaba previsto la autopista para adentrarse por la entrada oeste de Torredelcampo. Nada más incorporarse, desde lo alto de una colina señalizada con el nombre de El Caballico se detuvo a contemplar el pueblo de su antepasado que desde allí aparecía recostado, como dormido sobre los montes que lo rodeaban. No era muy grande en si. Desde allí se apreciaban los edificios del casco antiguo con viviendas de tres y cuatro alturas que se diferenciaban de lo edificado con arreglo a las normativas medio ambientales vigentes.
         A la entrada del pueblo pudo observar una vieja y antigua estación de tren que habían conservado, seria la misma que ya describiera su antepasado. Enfiló una avenida que se abría a las espaldas de la citada estación, y se dirigió al centro del pueblo. Dejó su vehículo en el aparcamiento del hotel donde se instaló, y al poco abandonó el mismo. El primer contacto había sido con el empleado de recepción y ya notó en su manera de hablar un cierto acento y seseo que su antepasado ya manifestaba como forma de hablar en el pueblo y que a pesar del tiempo transcurrido aún persistía.
         La plaza cercana al hotel donde se hospedaba seguía siendo rectangular. Bajo la misma se ubicaba un auditorio con un cartel con el nombre de La Floresta. Ese día representaban La Malquerida por actores de un grupo de teatro local. También hacia las veces de cine y sala de conferencias. La puerta principal estaba situada delante de un jardín salpicado de árboles centenarios.
         Juan, disponía solo de dos días, por lo que tenía que darse prisa. Lo primero que hizo es dirigirse al Centro Cultural donde recogió información sobre los lugares a visitar, luego, pasó por el Registro Civil donde buceó por sus archivos repasando el árbol genealógico de su familia. Esto le llevó casi toda la tarde pero valió la pena ya que ahora disponía de datos sobre sus antepasados desde últimos del siglo XVIII. Después pasó por la iglesia. El retablo aún conservaba unas pinturas de un célebre pintor torrecampeño.
          Atardecía. La tarde era espléndida e invitaba al paseo.  Repasó el folleto que recogió en el Centro Cultural y se decidió a conocer la Senda del Olivar, y el castillo del Berrueco.  Llanuras y colinas de olivos envolvían todo el paisaje. A esas horas sus ramas más altas pintadas por un sol de cobre daban su último adiós al atardecer. El castillo estaba bien conservado. Fue restaurado a principios del siglo XXI, así lo decía una placa en unos de sus muros, recordando también a la alcaldesa que ordenó tal menester. De camino al pueblo también visitó una torre vigía. Antes de cenar paseó por calles que aún conservaban muchas el nombre descrito por su antepasado.
         Al día siguiente, nada más amanecer quiso visitar la ermita y algunos de sus montes circundantes. Lo hizo siguiendo uno de los paseos que jalonaban a un lado y a otro todo el curso del arroyo Santa Ana hasta llegar a Cuesta Negra.  El arroyo discurría por una gran vertiente. De forma escalonada habían construido presas, de modo que pequeños pantanos retenían no solo el agua que manaba del arroyo sino también las de las lluvias. Cañaverales, aneas, carrizos y otras plantas acuáticas por entre las cuales se escondían patos y otras aves daban vida al arroyo. El agua retenida auto-abastecía más que suficiente a la población. El arbolado a todo lo largo del camino era muy tupido y frondoso. Llegado a Cuesta Negra se encaminó con dirección a la ermita.          
         Encinas y pinares poblaban los montes tamizados por tomillo, retamas, y espliego. El visitante solo podía hacerlo a través de veredas ya diseñadas. El grado de conservación era extraordinario y muy digno de mención. Más adelante comprobó como siglos atrás, la herida sufrida el monte por una cantera de áridos había sido taponada y repoblada. El pequeño bosque de La Bañizuela con sus quejigos y encinas se diferenciaba por su espesura del resto. Una alfombra de hiedra, esparragueras y madreselvas daban frescura y preservaban al bosquecillo de la erosión.
         La ermita al pie del cerro Miguelico pintada de blanco y que describiera repetidamente su antepasado aparecía tal y como la relataba. Santa Ana en su camerino seguía siendo el centro de la atención fervorosa y mariana del pueblo.
         Cuando salió de la ermita no pudo por menos que permanecer un buen rato contemplando desde allí el paisaje. El pueblo blanco a sus pies. Al fondo un gran valle todo pintado por el verde oscuro del olivar.                   
         Al despedirse de Torredelcampo percibió un sentimiento de tristeza y recordó el grado de sufrimiento que hubo de vivir aquél hombre que un día tuvo que abandonar y vivir ya el resto de su vida lejos de esta su querida tierra.  

jueves, 26 de mayo de 2011

ADIÓS A LA TRANQUILIDAD DE LOS PUEBLOS

       
           La calma añorada por la gente que vive en la ciudad, es la del sosiego de los que viven en los pueblos. Muchos, en cuanto tienen unos días libres abandonan las urbes para disfrutar de la tranquilidad placentera pueblerina. Los vemos en cuanto hay un puente de cómo se originan los colapsos en las autopistas por el éxodo de las masas buscando todos unos días de reposo y quietud dejando aparcado por un tiempo el ajetreo de la vida en la ciudad ya que en ciudades como esta de Madrid y sus circundantes poblaciones dormitorio en cuanto la gente se levanta comienzan las prisas. A todos parece que les falta tiempo. Desde antes del alba la gente corre porque temen llegar tarde al trabajo. No tienen tiempo para nada, se vive contra reloj para tal vez luego tener que pararse en uno de los muchos atascos en la carretera. Es así la vida en la ciudad.
Observo cuando estoy en nuestro pueblo de cómo Torredelcampo ha llegado a contagiarse. Pongo un ejemplo: Intento cruzar por un paso de peatones y allí estoy quieto esperando a que algunos de los vehículos que desfilan ante mí se percaten de mi presencia. Seguro que me ven y nos ven a los que allí estamos inmóviles aguardando a que algunos de los automovilistas cumpla la norma de seguridad vial, que es la de parar para que pasemos. Y nada, ninguno se detiene; ni te miran, todos parecen estar infectos por el virus de la prisa y circulan tratando de esconder su falta de educación vial haciéndose el “longui” al tiempo que observo en muchos, como sus caras –que la tienen- esbozan una descarada e irónica sonrisa como de triunfo. En muy pocas y contadas ocasiones, alguno me ha cedido el paso, posiblemente fuese muy cumplidor de la legislación vial, o puede que su educación ciudadana hubiera estado a la altura de las leyes de tráfico.
Sí, también en nuestro pueblo la gente tiene prisa y, ¿para qué?  Un día escribí algo acerca de las prisas y el tiempo:

...decimos, tengo que encontrar un poco de tiempo libre, pero en cuanto lo encontramos lo matamos. Preguntamos: ¡Que haces! Y de seguida contestamos: Mira, aquí matando el tiempo. Pero es el tiempo el que de forma inexorable e inapelable nos mata, y nos damos cuenta de ello y reflexionamos, cuando un ser muy querido  cancela la hipoteca de su vida, la cual hubiésemos querido prorrogar por más tiempo buscando y comprando hasta en mercados siderales si pudiéramos ése tiempo aunque fuese a un precio leonino para alargar su existencia, pero te dicen que le ha llegado su hora, se le ha acabado el tiempo.
Tiempo, tiempo, tiempo, pero... ¿Qué es el tiempo?

          Si nadie me lo pregunta lo sé. Si me lo preguntan y quiero explicarlo ya no lo sé.
San Agustín.

         A veces, como ahora, cuando estoy escribiendo renglones como estos, me refugio en los recuerdos de aquél pueblo, de aquél Torredelcampo de mi niñez, donde nadie tenia prisas e imperaba la quietud, la paz, y el sosiego, aunque esto último sé que no estaba afincado en muchos de los estómagos torrecampeños de aquellos tiempos. Era lo peor. 
         Todo ha cambiado. Todo lo cambia el tiempo,...  pero, ¿quién es el que se atreve a detenerlo?

Para terminar hago otra cita de alguien que escribió:

La vida es cuestión de vida; el tiempo es cuestión de tiempo. La vida dura un momento, el tiempo toda la vida.

martes, 10 de mayo de 2011

UN CANTAOR DE MI PUEBLO

     

                                          
                                       Juan Alcántara Capiscol el día de su homenaje. Año 2010 


         Cierro mis ojos e intento acarrear a mi memoria la imagen que tengo de él cantando. Fue un día hace muchos años, en una fresca mañana veraniega en su finca de El Calvario. Allí nos reunimos unos cuantos para dar cuenta de un desayuno poco frugal y poco habitual en mí: huevos fritos, y pimientos verdes; fritos también, estos últimos, dorados y bien retostados por el rico aceite torrecampeño, todo ello además regado con vino del pais originario de la viña que circunda la casilla enclavada en su propiedad.
         De su vino presume y con razón el aficionado viticultor, ya que año tras año se va superando, y doy fe de que así es.
         Nada más llegar, y al poco de saborear el vino, entre trago y trago surgió el cante, y de cómo lo recuerdo, así lo narro:
         El cantaor rompió el silencio que se ha de hacer para escucharle, con un ay bajito. Es el ay que sirve de preparación a los cantaores, para poner con ello a tono las gargantas. A continuación, sentado, con las manos apoyadas en sus piernas, fijó su mirada en un punto del suelo, para de inmediato romper en un quejio que salió de su portentosa garganta; que más que quejio era como un desgarro que le salió del alma. Ése es su cante, el cual se fundió con la letra de una corta soleá, supongo como esta que me viene a la memoria:

                            Aquél que nunca lloró
                            ni en su vida tuvo pena,
                            vive feliz pero ignora
                            si esta vida es mala o buena.

         Aparco por un momento mientras escribo estas escenas, ya que otras interrumpen mi memoria, y recuerdo cuando en las tabernas de nuestro pueblo, era costumbre escuchar a cantaores de flamenco. Así, supongo, que seria en casi toda Andalucía, y no cómo nos lo vende la literatura y el cine, donde en tablaos, señoritos juerguistas y tarambanas, empapados de manzanilla, se dedicaban a manosear a mujeres de dudosa reputación, entre tapas, humo de tabaco y una corte de rastreros y serviles muertos de hambre dispuestos a tocar las palmas y reír las risas del que pagaba el jamón.
         No, los cantaores de nuestro pueblo, eran aficionados espontáneos, que acostumbraban entre vaso y vaso, a ensayar sus gargantas y pulmones, y créanme que los había buenos, y los sigue habiendo. Decían que su mérito era producto del agua de nuestro pueblo. No lo creo, era y es, supongo, la afición por este arte, hoy en decadencia. 
         Vuelvo a los primeros recuerdos.
          El cantaor terminó arropado por los olés prolongados de los allí reunidos, ahogando con ello el último aliento que salió de sus pulmones. Se oyó, supongo además de los olés, algún: ele ahí tus mendas.
         El cantaor al que me refiero es un torrecampeño menudo, de ojos saltarines y prominentes, envueltos ahora por el turbio velo de los años; no parece tener muchos, pero los que tenga los lleva con mucha dignidad, aparentando una madurez aún incipiente, si bien, su mucha juventud acumulada le pasa factura a veces, tal vez por los excesos del trabajo desde su más temprana edad.
         Supongo que con estos cortos detalles, muchos, ya lo habrán identificado. Sin ninguna duda es Juan Alcántara Capiscol, más conocido por: Capiscol, persona con la que me une una gran amistad.
         En mis conversaciones con él me he confesado amante del cante, sin ser yo un gran entendedor, pues sólo conozco unos cuantos palos, pero sé apreciar al que lo hace bien, y Capiscol es de los buenos. Cuando nos vemos siempre le pregunto: -¿Qué tal la flauta? -En clara referencia a saber del estado actual de su garganta.
         Este año debido a la climatología en Semana Santa, no ha podido desgranar desde los balcones esas saetas, que también sabe cantar, las cuales son canto, además de oración, en las procesiones de nuestro pueblo; saetas las cuales a mí me traen recuerdos de mi infancia como estos:


                              En la madrugá  del Viernes Santo.

                            Hay escarcha en los balcones,
                            menos en el que están cantando,
                            una saeta se escapa
                            como potro desbocado,
                            llega hasta el olivar,
                            y hasta el arroyo cercano.

                            Huele a aguardiente y manzanilla
                            además de a incienso y  nardo,
                            huele a pétalos de rosa,
                            y a” verde” recién cortao.
                   
         El año pasado nuestro pueblo le rindió un merecido homenaje a este torrecampeño, cantaor, en pueblo de cantaores.
         Yo le dedico además de estas líneas,  la letra para una copla, para que la ajuste al palo que mejor le vaya, y sirva como mi pequeño homenaje a este buen cantaor, y amigo, al que se le conoce por su segundo apellido: Capiscol.
            

                            Torredelcampo es mi pueblo
                            fama le dio un cantaor
                            Juan se llamaba aquél,
                            y Juan se llama Capiscol.  


Recibe un abrazo, amigo Juan.


jueves, 14 de abril de 2011

AQUELLOS DOS VIEJOS OLMOS



 Algunas de las grisáceas ramas de los olmos del arroyo que suelo visitar, hace semanas que han cambiado de color. Sus yemas abotonadas durante tiempo detonaron pintando parte de su ramaje con pinceladas verdes. Otras, parecen no obedecer al esplendor de la estación primaveral y permanecen desnudas como no queriendo salir del largo letargo invernal. Son estas ramas muertas, sin vida, que se mantienen en sus troncos lo mismo que si hubiesen sido desvastadas por el fuego.
Observo como año tras año los olmos que salpican las márgenes del cauce de este arroyo están muriendo lentamente por la enfermedad llamada grafiosis, sin que nadie haga algo por su defensa.
Sin embargo, existen en el mismo arroyo tres álamos centenarios mezclados con los olmos descritos situados en un lugar donde el agua se remansa. La sombra de estos en el verano son un fresco cobijo que invita al descanso y a la meditación, pero a ellos, por ahora, afortunadamente no parece afectarles la enfermedad de sus otros vecinos sobresaliendo sus vigorosas hojas verdes con su envés blanquecino con las ramas secas y mustias ya descritas de los anteriormente narrados, los que fueron condenados a muerte por la enfermedad.
En nuestro pueblo existían dos olmos centenarios. El diámetro de sus troncos sobrepasaría el metro y medio, y su altura rondarían los treinta o más metros. Yo crecí junto a uno de ellos. Recuerdo su tronco con su áspera y rugosa corteza llena de hendiduras, y también con alguna que otra oquedad donde a veces en esos agujeros solía esconder cualquier cosa para jugar que conservaba como trofeo propio de mi edad. Aquél árbol seguramente fue plantado cuando nuestro pueblo no seria más que un villorrio, o puede que tal vez naciera y creciera sin la intervención de nadie.
Lo sentía aullar los días de invierno mientras sus largas y desnudas ramas agitadas por el fuerte viento se mecían a su capricho. Llegada la primavera, un oloroso rosal de pitiminí que asomaba por una verja de un jardín próximo se dejaba acariciar abrazado a él. En el verano, al anochecer, cientos, miles, de gorriones se refugiaban a pasar la noche originando mientras buscaban acomodo un cansino concierto. En ese tiempo de estío su sombra servia para el descanso de los caminantes venidos de pueblos cercanos que visitaban el nuestro. Allí descansaban mientras se descalzaban las zapatillas y se ajustaban otro calzado más decente para deambular por el pueblo. En el otoño, la estación de la nostalgia, recuerdo cómo el árbol poco a poco iba adquiriendo tonos pajizos y ocres, luego, lentamente iban cayendo sus hojas al suelo dibujando un amplio abanico de colores en la carretera.         
 Lo que me duele recordar de él es de cómo mucha gente en los años de la posguerra en tiempo primaveral, y antes de vestirse el árbol de hojas iban a por ramas cargadas de semillas verdes. Era cuando el hambre apretaba y el “pan-patoos” –así se le llamaba- servia para entretener el infortunio y arrastrar con ello las telarañas de muchos estómagos castigados por la hambruna. ¡Que pena! 
Cuando he visitado otras ciudades he podido contemplar en algunas de ellas viejos árboles símbolos de generaciones pasadas; árboles que si pudiesen hablar dirían que han soportado guerras, sequías, diluvios, y hasta posiblemente más de una plaga, pero a pesar de eso los he visto vigorosos, seguro estoy por el cuidado esmerado que reciben.
Muchos de lo que esto lean se preguntarán donde estaban los árboles a los que me he referido. Lo diré: El que he descrito daba sombra unos metros más abajo de donde estaba antes Correos. Mientras crecí, siempre permaneció haciendo escolta al jardín de La Huerta los Toros donde vivían mis abuelos El otro, estaba metros más abajo, para más señas en la misma puerta del supermercado de Ciriaco.
Si no hubiesen cercenado estos dos olmos, pudiesen ser hoy emblemas torrecampeños, pero...
Allí podían seguir estando, y le podríamos recitar aquello que escribió Machado:          
Al olmo viejo, hendido por el rayo, y en su mitad podrido, con las lluvias de abril y el sol de mayo, algunas hojas verdes le han salido...

 Olmos de Machado.   ¡Que lástima de aquellos dos olmos de mi pueblo!






martes, 5 de abril de 2011

SOÑANDO EN EL CERRO


A mi sobrina Gloria. Una mujer diferente.


Quiero saber que sueñas,
porque sueños has de tener,
sueños siempre de niña
a pesar de ser  mujer.


         Era Viernes Santo cuando Nuestro Padre Jesús asomaba majestuoso por la esquina de la plaza a hombros de apretados y sudorosos costaleros para refugiarse otro año más en la iglesia. Su túnica de terciopelo morado se confundía con el color de los lirios que adornaban su trono, al tiempo  que entre los murmullos silenciosos de tantas almas presentes, resonaban de forma intermitente las trompetas y la música que interrumpían a veces su concierto para dar paso a que se oyeran esas saetas espontáneas que son rezo y oración nacidas desde balcones desde  mucho antes del alba rasgando el relente oloroso producido por el incienso, y otros olores como el de los nardos; saetas, mezcla  de seguiriyas y martinetes brotadas de prodigiosas gargantas torrecampeñas, empapando el ambiente con ese recogimiento  místico y piadoso de la Semana Santa.
Sergio, nuestro protagonista junto con sus amigos había acompañado a la procesión desde su salida del templo, y ahora, después de acabada esta, tenían dispuesto subir al cerro a reservar un sitio en el monte para cuando llegara la romería. Así lo tenían pensado desde hacia mucho tiempo, pues aunque faltaban muchas fechas para el primer domingo de mayo, el año anterior tuvieron problemas ya que se retrasaron y los mejores sitios cuando lo hicieron ya estaban señalizados con cuerdas, tablillas u otras marcas, lo que significaba que aquello era territorio vedado, por lo tanto este año el grupo de amigos formado por  Ángel, Francisco, Sonia y Ruth, lo programaron con tiempo sobrado para ir a buscar un buen lugar en el monte que estuviese bien situado, y sobre todo alejado del paso y trasiego de la gente.
Todos eran estudiantes de COU a excepción de Ruth que era universitaria. Sergio, a pesar de que su estado de ánimo estaba por los suelos rápidamente se contagió con la alegría de sus amigos haciendo planes para cuando llegase la Fiesta Santa Ana.
El coche de Ruth subió la cuesta hasta la ermita entre las risas y bromas de todos. Santa Ana y la Niña en su camerino  gozaban del silencio y de un sinfín de flores frescas puestas a sus pies. Las risas cesaron dentro del recinto para dar paso a las oraciones. Sergio imploró a Santa Ana que le ayudara y estuviese con él a la hora de su temida y por otro lado deseada operación quirúrgica. De reojo miraba a sus amigos y estaba convencido de que ellos también pedían por él. Y es que Sergio estaba en lista de espera para transplantarle un corazón nuevo, ya que sufría insuficiencia cardiaca causada por una arteriopatia coronaria.
 Ya, el exterior de la ermita, otra vez las risas y las bromas. Inmediatamente se trasladaron con el coche hasta La Erilla por donde cerca de allí buscarían un buen lugar dentro del monte.
Los amigos de Sergio se adentraron en el cerro sin percatarse de que éste no podía caminar a su ritmo, ya que por su enfermedad se cansaba hasta el punto que este optó por descansar y tomar fuerzas sentado y apoyado sobre el tronco de un olivo mientras que oía como las voces de sus amigos se perdían por entre la espesura del bosque. Mientras reposaba, vio como la extraña figura de una mujer se le acercaba. Era una mujer de aproximadamente la edad de su abuela, la cual, cuando estuvo a su altura, pudo comprobar que vestía una extraña indumentaria no acorde con la de los tiempos actuales. Aquella mujer se dirigió a él como si le conociera de toda la vida, hablándole en un tono ameno y reposado, pero lo que más sensación le causó fue la paz y el sosiego que emanaba de ella. Le habló de cómo era el monte antes, y cómo lo era ahora; de la diferencia entre las romerías de tiempos pasados y las actuales, y sobre todo le habló de la falta de amor entre las personas, que no se inmutaban ante tantas desigualdades sociales, como también de las calamidades por las que el mundo atravesaba.
En verdad aquella mujer de rostro surcado de arrugas que pareciera una inculta, se expresaba con palabras tan sumamente sabias y agradables, que en ningún momento quiso interrumpirla. Cuando pretendió hacerlo, ella le alertó que sus amigos lo estaban llamando, y sólo le dio tiempo a la extraña señora al despedirse a decirle que muy pronto volverían a verse. Efectivamente la voz de sus amigos ya junto a él, le volvió a la realidad. Se había quedado dormido. Todos rieron al comprobar como Sergio había caído en los brazos de Morfeo, y entre nuevas risas le despertaron del corto letargo observando todos ellos la extraña expresión de sus ojos al despertar, hecho este que aumentó más las carcajadas.
          Ruth le increpó riendo.
          -¡Jo, tío, te habías quedado frito!
 Al punto, caminaron nuevamente despacio para enseñarle a Sergio el sitio que ya antes habían señalado con cuerdas atadas a la vegetación rodeando una pequeña porción de terreno en un falso llano de la ladera del monte; terreno que le serviría como cuartel general, para celebrar la Fiesta Santa Ana. Otros amigos más se unirían con ellos el día de la romería.     
Pasados pocos días el teléfono sonó una madrugada en la casa de Sergio. Le avisaban de que en una hora todo lo más, debía estar en el hospital. Había llegado el día que todos anhelaban y temían.
Después de los primeros momentos de angustia, y de un viaje que le pareció interminable se encontró con todo el equipo médico que ya le esperaba. Y a continuación, el frío quirófano, con aquella potente luz en el techo y todo el personal médico envueltos todos ellos en batas verdes que iban y venían de un lado a otro de la estancia ultimando todo para comenzar la operación de inmediato, mientras que una tenue y relajante música envolvía la sala de operaciones. Uno de los cirujanos con la voz deformada por la mascarilla que le cubría el rostro le preguntó algo acerca de la romería de su pueblo, y mientras le contestaba iba describiendo el paraje de la ermita, y el lugar ya reservado por él y sus amigos en la montaña para celebrar la romería, mientras notaba como sus parpados le iban pesando más y más. Luego...
Luego sin saber cómo, se encontró allí en el cerro, en el mismo lugar donde viera a  aquella enigmática mujer que días atrás le había hablado en sueños, y como la primera vez que la vio se sintió aliviado cuando percibió aquella  paz y tranquilidad que de nuevo le invadió el primer día. No experimentaba ni tenia la sensación de estar durmiendo ahora, y si lo estaba no quería de ningún modo volver a la realidad, ya que era tal el grado de satisfacción y relajamiento que percibía que le parecía estar como flotando, y más cuando otra vez aquella mujer comenzó a hablarle con aquél tono tan dulce y cariñoso.
         Le dijo:
         -Ya te anuncié que volveríamos a vernos, y aquí estoy de nuevo para seguir hablándote del mundo. Te contaba antes de las calamidades que sufre, y de cómo tan sólo por hambre mueren más de cinco millones de niños al año, y más de ochocientos cincuenta millones de seres en el planeta pasan asimismo hambre y necesidades, mientras que la otra parte del mundo, la rica como esta en la que nos encontramos tú y yo, no hace nada o muy poco por remediarlo. Me entristecen muchas cosas como las que te he contado, y sobre todo la indiferencia de la gente.
         Hizo una pausa y luego prosiguió.
         - Dentro de unos días celebrareis la romería, vuestra fiesta, La Fiesta Santa Ana. Me alegra ver a la gente divertirse y pasarlo bien, sobre todo a grupos de amigos como sois los de vuestro grupo, pero me disgusta ver como la alegría mariana, y el fervor religioso quedan relegados en muchos casos para dar paso a todo a un desmesurado de derroche.
         A continuación agregó.
         -Cierra los ojos Sergio. -Éste así lo hizo. -Ahora ábrelos y contempla el paisaje. Así, conforme lo ves ahora, era el monte cuando yo vine a este lugar. Sergio no salía de su asombro, el cerro Miguelico era todo un bosque poblado  tupido de encinas centenarias, y quejigos, mientras que por entre la red espesa de matorrales formada por el tomillo, las zarzamoras, las hiedras y las madreselvas se veían correr animales como: tejones, jabalíes, conejos y otras especies. De igual modo le condujo hasta el arroyo cuyo murmullo de sus aguas limpias y caudalosas chocando contra las peñas ahogaban la bella sinfonía que sin duda producían las aves que aleteaban por sus alrededores.  
Sergio no daba crédito a lo que estaba viendo, y quería seguir en el estado en que se encontraba junto a aquella mujer que como la vez anterior no llegó él a formularle pregunta alguna hasta este momento cuando se atrevió a decirle...
         - Pero... ¿Quién es usted?
         Cuando le contestó esta vez su voz le pareció escucharla con un timbre muy distinto y que el conocía muy bien, mientras que ya no sentía aquella sensación de paz que le embriagaba hasta entonces. Volvió a preguntar.
         - ¿Quién es usted?
         Soy tu madre... ¡Soy tu madre Sergio... Gracias Dios mío!  ¿Es que no me conoces?
         La madre de Sergio estaba con él en la sala de la unidad de vigilancia intensiva del hospital apretando su mano y colmándole de besos, mientras disfrutaba de la sonrisa esta vez muy especial de Sergio que haciendo un esfuerzo dijo:
         -Gracias Madre mía... Gracias mamá.    
  


     

lunes, 21 de marzo de 2011

LOS ENTIERROS Y LOS LUTOS EN MI NIÑEZ

Tener que tocar un tema como este me entristece, ya que hablar de la muerte a cualquiera le sobrecoge y a mi el primero, pero a pesar de ello quiero repasar de cómo eran los entierros y lutos en nuestro pueblo cuando yo era niño.
En los albores de mi infancia recuerdo la cantidad de entierros de niños que había. Era casi a diario, la mayoría lactantes que morían ante el más mínimo problema infeccioso o por cualquier otra enfermedad o epidemia. Me resultaba muy triste ver aquellos diminutos ataúdes blancos con pinceladas de purpurina dorada en sus bordes portados en unas angarillas hasta la puerta de la iglesia y desde allí al cementerio.    
Los entierros se establecían por categorías. Los de una capa eran despedidos desde la puerta de la iglesia sin más dispendios. Los de dos capas, dos curas vestidos con capas pluviales acompañaban al cadáver hasta medio camino del cementerio, y los de tres capas para los más pudientes eran tres los sacerdotes que acompañaban al féretro hasta el camposanto con todos los honores pompa y boato.
Era costumbre que al acompañamiento del cadáver hasta la puerta de la iglesia y después al cementerio sólo asistiesen los hombres. Las mujeres permanecían en casa del difunto rezando hasta que los dolientes regresaban. También durante el velatorio los hombres estaban separados de las mujeres. A estos ya entrada la madrugada se les tenía una atención con ellos ofreciéndoles alguna copa de anís.
El primero en aparecer en el domicilio del difunto era un personaje muy conocido en nuestro pueblo. Me refiero a Juan González, al que de forma cariñosa se le conocía como “Ito”, (de Juanito). Éste a la hora del entierro tampoco faltaba.
Al frente del cortejo fúnebre marchaba siempre el monaguillo vistiendo faldones rojos y roquetes blancos de encaje portando un varal con un cristo dorado adornado con un cilindro de tela negro. El sochantre caminaba al lado del sacerdote llevando el hisopo de metal metido dentro del recipiente del agua bendita. El séquito religioso acompañaba al cadáver desde su casa hasta las escalinatas de la iglesia desde donde se ofrecía unas cortas exequias formando parte de las mismas un responso en latín. Cuando el féretro era rociado con agua bendita la muchedumbre acompañaba al cadáver hasta El Llanete, donde se daba el pésame a los dolientes mientras que los más allegados se dirigían al cementerio a darle sepultura.
Era práctica habitual tal vez por respeto no comer en casa del difunto durante el tiempo que éste permanecía en la casa de cuerpo presente, si acaso una tila, un caldo, o poco más, aunque hubo un tiempo que motivados muchos por el "cumplimenteo", sobre todo cuando había por medio una novia o un novio, se estableció la costumbre que tanto los caldos y cafés en el velatorio y después del entierro la comida los sirviesen personal especializado en las artes gastronómicas, -lo que ahora llamamos catering-.  Un lujo.
Y después el luto. Los lutos se establecían también por categorías. Así pues, dependiendo de la edad del difunto y del grado de parentesco, el luto podía ser riguroso, o medio-luto. En ambos casos para salir a la calle era costumbre en las mujeres cubrirse la cabeza con un pañuelo negro anudado al cuello, y por encima de los hombros arroparse en todos tiempos con una media-manta de lana negra con flecos en los bordes que era sostenida un ala de ella con una mano, y con la otra para taparse la cara de la nariz para abajo, pero en los lutos rigurosos las mujeres aprovechaban para salir a la calle solo a deshoras y en caso de muy extrema necesidad
Así pues, era muy común ver siempre a las mujeres vestidas de negro, mientras que en los hombres se observaba el luto en la chaqueta, la cual ostentaba un galón negro de unos diez centímetros cosido dándole la vuelta a la manga. Otros en cambio llevaban una chalina negra al cuello.
Mientras duraba al menos el medio luto se establecía una especie de cuaresma o penitencia entre los habitantes de la casa hasta tal punto de que las salidas quedaban restringidas a sólo lo imprescindible, como también era norma de obligado cumplimiento el no acudir a las fiestas o lugares públicos de diversión como a bodas, bautizos, o cualquier otro tipo de acontecimientos. Asimismo el blanqueo de la casa o de la fachada quedaban pospuestos hasta la fecha en que se pasaba al medio luto que era pasados al menos dos o tres años. En las casas donde había radio se quitaba de la vista de las posibles visitas llevándola a la cámara donde estaba el granero o cubriéndola con un paño negro. Al paso de las procesiones o festejos la casa se cerraba incluidas todas las puertas ventanas y balcones, dando señal de que los deudos del difunto no estaban para celebraciones.
Lutos aquellos, de ropas teñidas de negro, de aquella España de medio-luto, de luto negro, que algunos la verían en technicolor pero yo por desgracia la viví siempre en blanco y negro.