miércoles, 17 de julio de 2013

¿LLEGÓ A LLAMARSE NUESTRO PUEBLO: OSARIA?


             Hace muchísimo tiempo, alguien que no llego a recordar, me dijo, que en el llano de Santa Ana, a los pies del cerro Miguelico, estuvo refugiada antes de morir decapitada, Santa Flora de Córdoba. Hoy, he querido bucear dentro del laberinto de Internet, y repasando la historia de esta mártir he encontrado algo sorprendente para mi. En una de las páginas que hacen referencia a esta santa, dice entre otras cosas. Reproduzco parte de ello:

 Santa Flora mártir y virgen. Nació en Sevilla, en una familia de madre cristiana y padre musulmán. Su hermano la delata y es torturada; en Osaría, Jaén se recupera de las heridas; al regresar a Córdoba es nuevamente capturada y llevada ante el juez musulmán junto a Santa Maria de Córdoba. El juez Cadi ordena que sean decapitadas y arrojados sus cuerpos al río Guadalquivir.

         Naturalmente, he querido saber donde se encontraba en Jaén, Osaria, y mi sorpresa ha sido mayúscula cuando el Gooble me ha llevado hasta la Web Oficial de Turismo de Andalucía que dice de Torredelcampo: 

  Historia

        WEB OFICIAL DE TURISMO DE ANDALUCIA

Los primeros pobladores de la zona se remontan a la época del Calcolí­tico, aunque el origen del actual municipio está relacionado con el Cerro Miguelico.
Cuando los cartagineses llegaron a la Pení­nsula se conocí­a con el nombre de Osaria Bitosiria.
Durante el periodo de al-Andalus, los pobladores de esta villa se vieron obligados a trasladarse hacia Martos que como las demás aldeas de la campiña se ven obligadas a reforzarse debido a la proximidad de la frontera con los cristianos.
La conquista cristiana fue llevada a cabo en el año 1243 por el rey Fernando III, que estableció su residencia en los alrededores de la Villa antes de la conquista de Jaén. Tras la conquista quedó adscrita a la ciudad de Jaén.
En el 1804, Carlos IV le concede el tí­tulo de Villa a cambio de 7.500 maravedí­es por cada vecino.

         Otra página más también nos dice:
           
           
De Porcuna a Jaén. Ruta de los Nazaries en Bicicleta.

...norte y rodear la sierra de Jamilena, entre olivos, para llegar a la Villa cuyo origen se remonta al Calcolítico, según los restos encontrados  en el cercano cerro de Miguelico. Torredelcampo, o la ibero-romana Osaria Bitosiria, nos saluda en una encrucijada de caminos muy importante para la comunicación del la Cora de Yayyan con el Califato Cordobés.

         Que Torredelcampo fuese conocido como Osaria en tiempos tan remotos, francamente me ha sorprendido ya que no lo había oído nunca en los años que tengo. Por eso quisiera que los doctos en historia de nuestro pueblo, -por cierto, sé que los hay muy buenos- me corroborasen o desmintiesen que nuestro pueblo en sus primeros orígenes se llamase Osaria.
         A mis más antiguos ancestros sí recuerdo oírles decir La Floresta, en clara alusión a la fortaleza que hubo en la plaza, y de la que en mi niñez recuerdo muy remotamente uno de sus muros que aún seguía en pie, ¿pero Osaria? (... )
De antemano pido perdón por mi desconocimiento como muy profano en esta materia.
¿Seré por ello un osado de Osaria?
        

martes, 2 de julio de 2013

TORREDELCAMPO, PUEBLO DE TOSTAOS.

        

          A Torredelcampo, siempre se le ha conocido como: el pueblo de los garbanzos tostaos. Esto a nadie debe de sorprender, pero me pregunto, si aún mantiene esta fama después de que no ha habido desde hace muchos años, -al menos yo no tengo referencias- quien se dedique al arte de elaborar este producto torrecampeño, tan característico de una época ya pasada y que en otros lugares lo conocen como torraos.
Ya escribí en una de mis entradas en este blog, de que algunos niños de mi edad, en mis tiempos, pregonaban su desgracia por las calles de nuestro pueblo vendiendo garbanzos tostaos con un esportilla en el brazo, y tal vez por esa leyenda negra de aquellas gentes que por imperiosa necesidad en la España gris de la posguerra se dedicaban a preparar y vender los garbanzos tostaos con el fin de subsistir, sospecho que nadie se dedique ahora este menester, puede que por no revivir escenas de un tiempo ya pasado de penurias y sufrimientos.
Es posible también que la figura del garbancero desapareciera porque la materia prima, es decir el garbanzo que se cultivaba en nuestro pueblo dejó de sembrarse cuando la campiña murió devorada hace muchos años por el olivar. Yo estoy seguro de que muchos jóvenes torrecampeños no habrán visto nunca una mata de garbanzos, pero serán pocos los de mi edad que no hayan participado alguna vez en el cultivo o en la recolección de esta leguminosa.
Se sembraba por el mes de marzo y se cosechaba a últimos de julio o primeros de agosto. El trabajo más duro era el arrancar las matas cuando el garbanzo estaba granado. Las manos tiernas, sensibles, y sin callosidades de aquellos que sin tener edad como yo sí teníamos como postulado ayudar a la familia, sufríamos las consecuencias cuando las ampollas aparecían en nuestras delicadas manos; el dolor de estas heridas se acentuaba aún más con el escozor cuando se impregnaban con las vellosidades pegajosas de la planta, a lo que  llamábamos salitre.
El garbanzo siempre ha tenido mala fama por ser alimento de los pobres. Yo no estoy de acuerdo en esto último pues el cocido sigue estando en todas las mesas, y aquí en Madrid es uno de los platos típicos más solicitados. También fue uno de los alimentos por excelencia en los cortijos pues el potaje de garbanzos por las noches llenaba y calentaba el estómago de los jornaleros. A propósito... ¡Pero qué ricos estaban aquellos potajes cocidos en la lumbre en pucheros de barro!
Pero aunque el garbanzo no se cultive ahora en nuestro pueblo y si bien la materia prima la tuviéramos que comprar en las zonas donde ahora se producen, los tostaos deberían de ser como fue por aquél entonces el producto más característico torrecampeño, elaborados como lo hacían aquellos que se dedicaban en nuestro pueblo a esta labor.
 No quiero pasar por alto la figura de los garbanceros, aquellos que con los garbanzos a veces aún calientes iban con la esportilla al brazo pregonando los tostaos por las calles, al canto de: lo cambio y lo vendo.
La tendencia muy acentuada en nuestro pueblo hacia el rechazo de que todo lo viejo es malo nos ha llevado a olvidar y a no conservar cosas del pasado, y un pueblo sin pasado es un pueblo sin historia.
Ojala que los tostaos y el garbancero reaparezcan algún día en nuestro pueblo como algo que  nos sirvió para ser las señas de identidad de Torredelcampo. Aquí en Madrid, veo a los barquilleros que simbolizan al Madrid más castizo. Estos no faltan en las verbenas y en los sitios madrileños más concurridos.
En el Diario Jaén siendo yo niño, apareció un día una viñeta con los americanos en la Luna y un torrecampeño en el horizonte gritando: ¡Tostaos!
Ya estábamos allí, cuando ellos llegaron. Así pues, ¿éramos o no conocidos los torrecampeños por los garbanzos tostaos?
Espero, y deseo ver al garbancero por nuestras calles algún día pregonando no su infortunio como antaño, sino, por aquello por lo que los torrecampeños fuimos conocidos en una época ya pasada: por los garbanzos tostaos.   


sábado, 8 de junio de 2013

LA PLAZA, MERCADO DE JORNALEROS.

          
         

En una de mis entradas en este blog, escribí sobre la plaza de nuestro pueblo. Lo hice para recordar como era nuestra plaza en mi infancia y en mi juventud. Ya dije aquí en otro de mis escritos que en mis tiempos era el punto de reunión de todos los jóvenes los domingos y festivos. Aquello era una manifestación que aunque sin pancartas ni nada que revindicar nos permitían hacer sin tener que pedir autorización para ello a pesar de que en aquél tiempo estaba prohibido el derecho de reunión y de asociación.   
No puedo imaginarme el grado de sorpresa que se llevaría aquél posible visitante a nuestro pueblo fiel doctrinario y ortodoxo a las leyes establecidas en aquella época, hasta saber que el motivo de la concentración no era político.      
Pero sin adentrarme por veredas por las que no me gusta transitar porque siempre tropiezo ya que a mi me gusta andar por el surco entre las lindes, he de agregar que esta era la cara más alegre de nuestra plaza en aquellos tiempos porque existió otra, la que entre dos luces, al alba, servia para vender y comprar mano de obra.
El jornalero sin jornal se levantaba antes de amanecer mientras que la mujer permanecía en ascuas por si había suerte y encontraba el marido trabajo para de inmediato preparar el pan, el aceite, y poco más; tal vez, una alcachofa y una naranja y echarlas como sustento en la talega o en la mochila de trapo, aquella de dos aberturas que llevaban al hombro colgando entre pecho y espalda muchos de los que trabajaban en el campo en mis tiempos.
Aquellos hombres iban a la plaza a buscar un jornal y digo aquellos que eran muchos para diferenciarlos de los otros que siendo muy pocos, eran los que ofrecían el trabajo. Eran estos últimos los más poderosos, los dueños de las tierras, los que sus mujeres no esperaban ansiosas en la casa el regreso del marido que había ido a buscar trabajo a la plaza. Ellas no tenían que preparar talega ni vianda alguna, ni tampoco el ver a su marido regresar triste y abatido cuando a veces pasaban los días y las semanas sin que nadie le contratara. Me imagino a ese jornalero abatido, al desalentado porque no tenía la suerte de dar un jornal, y en cambio el vecino y el amigo sí. Qué de interrogantes se haría a la hora de mirar a su mujer y a sus hijos.
Los que encontrando trabajo se iban de vará eran unos afortunados ya que tenían el jornal asegurado por unos días, pero en cambio debían de pernoctar en un cortijo teniendo como colchón una saca de paja en el suelo.
La plaza bullía al alba de jornaleros que deseosos buscaban con la mirada a los manijeros para hacerse ver, eso estaba mejor que mendigarles un jornal, pues el torrecampeño ha sido siempre muy orgulloso y antes de la humillación con dolor de su corazón prefería optar por buscar otros horizontes, otra tierra, y abandonar la suya, la que le vio nacer, tierra que sólo les sirvió a muchos nada más que para venir al mundo porque registrado a su nombre no aparecía inscrita propiedad alguna, tan sólo hacían como muy suyo la labrada parcela de su  estirpe, además de la del amor a su pueblo.
La plaza era la oficina de empleo donde se acordaba de palabra el salario y aproximadamente los días a trabajar que por lo general eran los que durara la faena agrícola. No había contratos, ni papeles, ni altas en la seguridad social, ni paro obrero, ni tampoco “Per”. No había nada porque no tenían nada, tan solo en caso de accidente laboral algunos patronos disponían de un seguro de accidente de nefasta fama que era mejor no utilizar y optar por arreglar los papeles de la beneficencia siendo esta siempre la solución más acertada.
Yo siendo niño un día fui uno de aquellos que visitó al alba la plaza buscando un jornal acompañado de otro niño amigo mío, y no me avergüenza confesarlo, al contrario me llena de orgullo haber nacido siendo uno de aquellos y no de los otros. Estos últimos eran como dije antes los adinerados, los que si el trabajo hubiese sido bueno también se lo hubieran quedado para ellos, pero no saben lo que se perdieron pues como alguien dijo: Encuentra la felicidad en tu trabajo o nunca serás feliz. Yo acerté, ya que siempre lo fui.   
Por último, al margen de todo lo anterior, he de subrayar aquello que ya he repetido en alguna ocasión de que algunos con más mérito que yo podrán contar cosas como estas de nuestro pueblo, pero estoy seguro que para ello hurgarán en la memoria de otros. Haciendo una analogía con mi extinta profesión he de decir que la memoria es como una cartilla de ahorros donde vas guardando recuerdos y más recuerdos. Yo quise ahorrarlos, almacenarlos y atesorarlos para ahora reintegrarlos uno a uno a mi pueblo como viene siendo habitual a través de este blog, relatando evocaciones como la que hoy me ha tocado narrar.  


martes, 14 de mayo de 2013

CORTIJOS

         


Cortijada El Castill


Estado ruinoso del interior de un cortijo

                                                           La caseria  El Miedo


                                            El cortijo La Ventana
                                         

Los cortijos andaluces que el cine y la literatura nos retratan aparecen como viviendas ubicadas dentro de los confines de las extensas fincas de los terratenientes empleadas para explotaciones agrícolas o ganaderas, siendo estas últimas las dedicadas al toro de lidia. Nos los muestran siempre pintados de blanco, de ese blanco inmaculado que provoca la cal que resalta sobre los ocres de las molduras y cornisas de las sus amplias edificaciones, donde no puede faltar en ninguno de estos cortijos el patio empedrado adornado con plantas como jazmines o limoneros que parecen beber y alimentarse de la brisa del chorro de algún cantarín surtidor que sirve para refrescar el ambiente en verano. Yo he pisado cortijos como los que describo, pero no todos los cortijos en Andalucía son así.

La palabra cortijo para cualquiera, andaluz o no, estoy seguro sirve para dibujar en su mente algo parecido a los que acabo de describir, pero nadie de nuestro pueblo puede retratar imágenes así en toda nuestra extensa demarcación, dado que el cortijo no ha sido nunca en Torredelcampo la fortaleza donde se refugiaba el amo de las tierras rodeado de siervos, sino que su uso era el de dar cobijo a las gentes que la trabajaban y el de preservar las cosechas.

El término de nuestro pueblo está salpicado de cortijos. Hoy, todos, salvo alguna honrosa excepción están derruidos, y los muros de ellos que aún se sostienen entre las vigas y el escombro, se asemejan a los edificios que vemos heridos por las explosiones en cualquiera de las guerras que nos brindan día a día los telediarios. 
  
Recuerdo en otras épocas cuando los cortijos torrecampeños tenían vida, el ver en ellos a los “caseros de puertas abiertas”, frase esta que definía que el cortijo estaba habitado, siendo lo más habitual por un matrimonio que disfrutaba de alojamiento gratis además de beneficiarse del sustento que les proporcionaban los animales como, gallinas, conejos, y cerdos entre otros, y también el de tener el cabeza de familia el jornal casi a diario asegurado trabajando en las tierras del dueño de la hacienda.  

Las cortijadas eran núcleos de cortijos en las que en algunas de estas agrupaciones, en mi época disponían de escuela y hasta de una pequeña iglesia donde los domingos se oficiaba misa. Está en mis recuerdos, El Berrueco, donde el castillo medieval en ruinas se erige aún como lo que fue, en vigía y en atalaya, presumiendo que el paso de los siglos haya afectado más a los cortijos agonizantes que lo circundan. Mientras estos se desploman, en su derrumbe van devolviéndole al castillo las piedras que les fueron arrancadas para su construcción.

No quiero olvidarme de los cortijillos que eran pequeños habitáculos de planta baja de reducidas dimensiones cuya edificación consistía en cocina, pajar, y cuadra. Estos cortijillos servían para que el agricultor minifundista pernoctara mientras desarrollaba las labores agrícolas. La campiña llegó a estar pintorreada de estos cortijillos, la mayoría de ellos hoy desaparecidos que hubieron de construirse un día dado lo dilatado de nuestro término comarcal, factor este que agravaba el largo desplazamiento cuando el medio de ir al tajo era andando o al paso de una caballería. 

En algunos pueblos de nuestra provincia están rehabilitando muchos cortijos para uso y disfrute de las gentes que buscan paz y sosiego y gustan además de estar en contacto con la naturaleza.
Ojalá que en nuestro pueblo alguien se atreva a restaurar alguno para dedicarlo a este fin, pues a pesar de la que está cayendo yo le auguro un futuro prometedor.
     

domingo, 28 de abril de 2013

AQUELLAS OTRAS ROMERIAS

        

        

                    Con un grupo de amigos en la Fiesta Santa Ana. El "cocinero" el señor de más edad no es el que refiero en mi escrito.
           En vísperas de nuestra romería, cuando el ambiente romero supongo debe de impregnar el pueblo, yo me imagino desde la distancia a la gente haciendo planes, preparando cada grupo de amigos, cada familia, y por lo general cada torrecampeño, la caseta, las bebidas y todos los ingredientes propios para celebrar nuestra romería, nuestra Fiesta Santa Ana
             Es curioso esta buena costumbre que tenemos los torrecampeños cuando nos referimos al acontecimiento que celebramos cada primer domingo de mayo, utilizar para ello la expresión de: Fiesta Santa Ana. Tal vez sea porque decir sólo romería, sería una desconsideración y un menosprecio hacia nuestra Patrona, hecho este que debemos de agradecer a nuestros antepasados que nos transmitieron esta forma tan cariñosa de denominar a nuestra fiesta más importante.
         Pronto se oirá la flauta y el tamboril por nuestras calles, preámbulo este de que la romería está ahí detrás de la esquina, y es que los que hacen el camino en su paseo matinal por el pueblo además de invitar a la gente a que se unan a ellos, alertan a los más desganados para que preparen ya sus planes romeros.
         A propósito de planes, muchos no sabrán que hubo un tiempo que ir a comer al cerro se le llamaba: ir de plan; los más veteranos, nuestros padres y abuelos en cambio utilizaban para ello el término: ir de comitrona. En mis tiempos sobre todo en mi niñez eran muy pocos los que íbamos de plan, pero no por eso se dejaba de subir a la ermita, y deambular por el monte, al que recuerdo verlo entonces salpicado de fardeos en forma de palio donde la gente se resguardaba del sol, mientras que las caballerías campeaban a sus anchas mordisqueando la hierba, y atusando las orejas cuando algún borrico entero de los que pacían, lanzaba sus desafíos amorosos a alguna de su prole en forma de rebuznos desaforados.
         Yo siendo chiquillo subía al cerro la Fiesta Santa Ana con mis amigos y aparte de comprarnos un estadal, un pito de aquellos de barro, o un trozo de cañaduz, era visita obligada llegar hasta la cueva y luego ir a beber agua a la fuente de la Bañizuela y estando allí, adentrarnos entre la frondosidad espesa de su bosquecillo.
         Años más tarde en mi pubertad, ya pude ir de plan con mis amigos. Recuerdo que lo primero que debíamos buscar era un “cocinero” Entrecomillo lo de cocinero porque en realidad servia cualquier persona que además de disponer de una caballería para llevar la leña y el resto de las provisiones, supiera guisar la carne en la sartén a nuestro modo y manera –que por cierto la hacemos muy rica-, que se ocupase de comprar el borrego y de sacrificarlo, y con su servicio totalmente desinteresado tenia asegurado y compensado el participar libremente en el festín.
         Un año, recuerdo que nuestra junta de amigos llevamos a un “cocinero” que una vez que sacrificó el borrego y echarse al bolsillo las cuatro pesetas que nos dio el hombre al que vendimos la zalea, nos dijo que nos fuésemos a dar una vuelta por el cerro, cosa que hicimos todos cantando y bebiendo de una bota de vino que íbamos pasando de mano en mano. Cuando volvimos ya estaba condimentando la carne en la sartén. A la hora de comer, en el amplio recipiente de metal nadaban sólo cuatro zancajos de la falda y el pescuezo del cordero, y él nos animaba a comer diciendo que mojásemos en la salsa que era lo mejor. Ninguno de nosotros por prudencia dijimos nada pero estaba claro que por entre los descosidos de la montura de su mula albergaban escondidas las piernas, las paletillas y todo lo mejor del cordero.
         ¡Ay aquellos tiempos! Tiempos en los que la palabra hambre estaba proscrita y que algunos tenían que cambiarla a la hora de escribirla por la de apetito, o por ganas de comer como Ibáñez el creador del personaje Carpanta en los tebeos, y que siempre que he leído alguno después de aquella romería me he acordado no sé por qué del “cocinero” en cuestión.
         Pero continuando con la Fiesta Santa Ana de mis tiempos, al atardecer, se acompañaba a Nuestra Patrona hasta el pueblo en procesión. Delante iban todas las caballerías adornadas la mayoría de ellas de ramas escamujadas del bosque de la Bañizuela, como también los sombreros de muchos romeros. ¡Que tremendo error el de tronchar las plantas, hoy ya afortunadamente corregido!  Me gustaba contemplar a los que regresaban bebidos. Ellos se reían de la gente y nosotros de ellos, y es que el borracho de vino por lo general era alegre y pacífico, nada comparado con el beodo de los tiempos actuales, que se vuelve violento por el revuelto de bebidas que incendian sus neuronas.  
         Cuando el sol, con un beso de púrpura acariciaba los trigales del camino llegándose a confundir con el color de las clavellinas que salpicaban las tierras sembradas de vezas, nuestra Patrona entraba en Torredelcampo en procesión. En una procesión alegre, de vivas y cánticos romeros pero imperando en todo su recorrido el comedimiento y el respeto, hoy valores estos los cuales lamentablemente cotizan a la baja en la sociedad actual.
         Y atrás quedaba el monte entre las sombras, y mientras se encendían los grillos con sus cantos y el campo se llenaba de oscuridad y de silencios, por la Puerta Martos la gente se agolpaba para ver a su Patrona que a partir de ese momento descansaría en la Iglesia por unos días para que los torrecampeños pudiesen visitarla y honrarla.
         Al día siguiente lunes, por aquél entonces no se celebraba como ahora viene siendo costumbre el arremate, porque en aquellas romerías nunca nos sobraba nada, pues era muy poco lo que llevábamos. Aunque, pensándolo bien, quien lo celebraría aquél año y a puerta cerrada en su casa, sería aquél “cocinero”, que se llevó en el cerón lo mejor del borrego, de aquella comitrona de mis tiempos.  
¡Qué época Dios! ¡Qué recuerdos tan gratos!

miércoles, 3 de abril de 2013

LA LLEGADA DEL TELEVISOR A NUESTRO PUEBLO

   
No sé exactamente la fecha que la televisión llegó a nuestro pueblo pero puede que fuese a principios de los años sesenta. José Eliche –el de la tienda de radios-, fue uno de los primeros en traer un televisor a la venta en Torredelcampo. Lo recuerdo perfectamente cuando su comercio se convirtió en un continuo peregrinar de los que íbamos a ver a aquél aparato que tenía expuesto en alto para que desde la calle se viera.
Y así fue como uno de los grandes ingenios del siglo pasado se introdujo en nuestro pueblo. Los mayores detractores a este invento fueron las personas mayores, ya que cuando aquella principiante y recién germinada televisión que emitía unas horas al día en blanco y negro con un chisporreteo de nieve incesante que hacía que las imágenes no se vieran con nitidez, la mayoría de los ancianos le auguraron una corta vida al aparato en el que las personas se veían en tamaño reducido; “Son muñecos chiquitillos y borrosos. Onde se ponga el sine”, era esta una frase repetida por los más mayores de aquellos tiempos.
Pero aún para reforzar más la tesis de sus malos augurios estaba el precio del aparato. ¿Quién podría pagar aquél dineral? Sólo lo podían comprar los económicamente muy fuertes, de ahí que al principio de los sesenta, según cuentan, el números de televisores en España eran de unos cincuenta mil. Pero poco a poco los precios fueron bajando, sobre todo cuando el estado suprimió el impuesto de lujo y el televisor ya por importes más asequibles fue introduciéndose poco a poco en muchos hogares.
Quiénes compraban por aquél entonces un televisor demostraban con ello dar a entender que poseían dinero, y este signo externo de riqueza se transformaba además en ejemplo de modernidad y también el de ser personas que estaban a la moda con las nuevas tecnologías. Y así, pronto, en cada una de nuestras calles o barrios al menos hubo un televisor, y la casa del amigo se convirtió en una especie de teleclub donde íbamos a ver los partidos de fútbol sentados en el suelo ya que la sala se llenaba de gente mientras que sus padres aguantaban estoicamente el griterío sin protestar compensados con su solapada y más que evidente vanidad, la cual afloraba en sus rostros sin disimulo alguno.
Poco a poco el televisor se iba metiendo en las casas pues la gente lo adquirían atraídos con programas culturales como Cesta y Puntos, -este era un concurso que a mi me tenia enganchado-. De aventuras para recordar: Bonanza, El Santo, El Fugitivo, musicales como: Escala Hi-Fi, y aquella Galas del Sábado, donde pasaron grupos de la talla de: Los Brincos, Los Mustang, Los Bravos con su Black is Black, Los Pequeniques, Los Salvajes, Pop Tops, Los Sirex, El Duo Dinámico y cantantes como Adamo y Raphael, entre otros muchos. Aquél otro programa infantil de Locomotoro, con el Capitán Tan, Valentina y el Tio Aquiles, distraían a la chiquillería de mis tiempos de adolescente. Las Noticias, donde la guerra del Vietnam durante los años que duró el conflicto siempre ocupó un amplio espacio en cada uno de los telediarios y llegaron a mezclarse con aquella otra guerra llamada de los Seis Días. De corresponsales en el extranjero, quién no recuerda en los telediarios a Jesús Hermida en Nueva York y a José Antonio Plaza en Londres.
La televisión nos cambió a todos y pongo a prueba la memoria de los de mi edad y aún más veteranos que recordarán que cuando toreaba El Cordobés la gente del campo daba de mano antes para llegar a la hora que la televisión retransmitía la corrida. ¿Quién de mis tiempos no se acuerda también el ver en la tele aquella boda tan sonada de Balduino y Fabiola?
Poco antes del Mayo Francés dejé de ver la televisión en los bares y en otros sitios donde siempre me consideraba un intruso a pesar de la amabilidad con la que era recibido, y cambié aquellos televisores por otro compartido en el comedor de la pensión donde me alojaba cuando abandoné el pueblo.
Estando disfrutando de unos días de permiso recuerdo ver la llegada del hombre a la luna en el televisor de mis padres los cuales fueron muy remisos hasta comprarlo en el establecimiento antes mencionado. Desde que se vendió el primer televisor en nuestro pueblo lo mismo que en otros municipios sirvió no sólo para distraernos sino para romper la comunicación entre los vecinos y hasta si me apuran la convivencia familiar.
Hoy, más de cincuenta años después, la tele en los hogares se ha convertido en un miembro más de la familia. Cada uno dispone de un aparato en su cuarto, habitación, comedor o cocina para así ver por separado su programa favorito y su cadena elegida en las que en algunas desgraciadamente en horas en que los niños no se han comido aún la merienda sueltan entre otras perlas quién es aquella que tiene un romance con la otra, y quién es el otro que no se ha enterado que su mujer es una de las dos referidas utilizando para ello una jerga verdulera y obscena de gestos y palabras.  Un verdadero asco. Esta es parte de la televisión actual, la que por cierto es la que más reclama el público logrando por ello los mayores índices de audiencia, hoy llamado: share.  Ante programas así, prefiero que vuelvan a reponer “Crónicas de un pueblo” ¿Os acordáis? Era aquella del maestro, el cura, el cartero, el alcalde y también entre otros personajes aquél niño llamado Juanito. Esta serie retrató a la sociedad de los pueblos de aquella época en los que por cierto se vivía aún de una forma muy sosegada y que sin querer herir la susceptibilidad de nadie, pienso que en esa serie nos veíamos reflejados todos. 
Antes de terminar debo de confesar y me avergüenzo por ello, de no saber quién fue el inventor de la televisión. Algún día haciendo zapping espero oírselo decir a alguno de las pandillas de ciertas cadenas mientras se despellejan entre ellos. Panda de...c. 
          
         

jueves, 28 de marzo de 2013

EL CIELO SIGUE LLORANDO

       
          El cielo sigue y sigue llorando. Las lágrimas del invierno gélido y lluvioso que murió hace pocos días, antes de despedirse, se mezclaron con las de esta inaugural primavera en un lloroso abrazo de tanatorio. Veo caer la lluvia a través del balcón desde donde escribo; lluvia a veces cernida por el fino tamiz de  lentas  nubes grises compasivas; otras en cambio  vestidas de luto riguroso viajan más rápidas y se convierten en  plañideras descargando a su paso agua sobre el agua, en largos y cansinos aguaceros en esta húmeda y lluviosa Semana Santa.
         Todo el mundo sigue mirando al cielo esperando que escampe. La gente del campo de nuestro pueblo supongo que estarán más que hartos de tantos días lluvia, de tantos días de migas, de lumbres y de braseros, aunque esto de las migas y de las lumbres era más dado en mis tiempos, donde al calor de la chimenea se mataba el tiempo haciendo pleita, y se contaban mil historias. Los más viejos relataban que en otras épocas más remotas, cuando persistían largos temporales como los de ahora, se solía utilizar la cuadra para achicar aguas, y deponer allí mismo lo más sólido con el fin de no mojarse en el corral, siempre claro está en casos de emergencia y ante cualquier presuroso apretón.   Eran otros tiempos.
         Ahora en Semana Santa se mira al cielo más que nunca para que en cada una de las procesiones si la climatología lo permite los fieles puedan invocar sus plegarias, que aunque en silencio serán además de rezos quejios y lamentos, pidiendo que lleguen a solucionarse todos los problemas en que la sociedad actual está inmersa, siendo el más acuciante el paro, y mirarán a Dios en la Cruz, y le dirán entre otras cosas que si antes cuando a Él le condenaron hubo un Barrabás, un salteador, un ladrón, al que indultaron, ahora hay numerosos barrabás a los que las chusmas, la misma chusma que hace dos mil años condenaron a Jesús, les condenarían nuevamente, para salvar cada uno a su barrabás, mientras que el pueblo llano es por ahora el condenado y rehén, y este grita y grita con muchos !ay! por tanto sufrimiento, padecimiento y  dolor.      
         El campo también como todo en esta época de crisis es un puro !ay!   ¡Ay que no escampa! Y mientras, sigue y persiste el temporal, y las malas hierbas crecen y crecen como los barrabás a los que antes he referido. Me imagino desde la lejanía ver a los olivares de nuestro pueblo salpicados por manchas amarillas de floridos jamargos algunos de los cuales estoy seguro llegarán a acariciar las ramas de muchos olivos, y es que lo malo predomina, aunque con toda seguridad estas hierbas tienen sus días contados, pues no tardarán en caer todas abatidas, y se doblarán como bisagras al paso de cada uno de los tractores que pronto dejarán la tierra mullida y esponjosa.
         Pero por ahora el cielo sigue y sigue llorando. Ojalá que escampe y pronto veamos que las nubes negras digan el último adiós, como las de la canción de Amaral, Quedan días de verano. Ahora quedan muchos días de primavera, y al parecer será lluviosa. Ya lo he visto por Internet, que pronostica que seguirán los vientos con aire y las lluvias con agua. El cielo seguirá por tanto llorando, y nosotros también.