jueves, 29 de noviembre de 2012

JUEGOS SIN JUGUETES


Observo a mis nietos mientras juegan. Están rodeados por un sin fin de juguetes; cacharros la gran mayoría de plástico que no son otra cosa que trastos, los cuales buena parte de ellos sólo sirvieron para distraer su atención escasamente unos minutos el día de su estreno, para después permanecer arrinconados, olvidados, y  tal vez creo  no vuelvan a tener vida   –sino la tienen por la noche como en el cuento El soldadito de plomo de Hans Cristian Andersen- hasta cuando otro niño irrumpa en la casa como visitante y pretenda despertar a alguno de ellos de su letargo, y es entonces cuando comenzará la disputa por el juguete despreciado.  Cosas de niños.
Yo también fui niño, y como tal también jugaba, aunque en mis tiempos éramos muy pocos los que podíamos acariciar un juguete. Yo nunca lo tuve. Siempre me regalaban un jersey -en nuestro pueblo saquito-, o bien unos guantes de lana o una bufanda –tapabocas- Entonces, los pocos juguetes que existían en el mercado eran de cartón o de madera; también estaban los de metal y de plomo, como los soldaditos antes referidos. El plástico si estaba inventado, aún no había sido introducido en el mercado, aunque algunos productos ya eran fabricados por prexiglás, algo muy innovador por aquellos tiempos y que en nuestro pueblo lo conocimos como persirlás. Los de mi edad recordarán aquellos cinturones transparentes que las personar mayores manoseaban con la misma admiración que un indio un espejo.
Pero entonces, se preguntarán algunos, ¿con qué jugábamos?, y ahí está el quid de la cuestión: jugábamos usando nuestra imaginación. Sí, porque usando nuestra fantasía, una lata de sardinas, –había que saber quién la comía para que nos la reservase- esa lata, arrastrada con una cuerda, era para nosotros un coche o un camión cuando la llenábamos de tierra.
Las charpas de las cajas de cerillas eran un tesoro que coleccionábamos para luego como el mejor trofeo nos las jugábamos a las bolas –canicas- o soltando los cartones desde una pared a una altura convenida, cuando llegaba la charpa al suelo y caía sobre alguna de las que en el mismo reposaban desperdigadas, el que lo lograba se quedaba con todas.
También confeccionábamos juguetes a base de navaja. La materia prima era siempre una tabla o listón que luego con mucha paciencia íbamos dándole forma hasta conseguir aquello que queríamos. Así, a las espadas se les afilaba la punta cuanto más mejor –qué error- y sobre todo se las adornaba con pintura su cruz y empuñadura. Igualmente nuestros revólveres los dibujábamos primero en la madera hasta conseguir lo más parecido a un Colt 45 como los que usaban los protagonistas de las novelas de Marcial Lafuente Estefanía. Para fabricar el arco y las flechas, nos nutríamos de los olivares adonde íbamos a por varetas. Aquellos que lograban tener tres cojinetes o rodamientos eran unos privilegiados ya que con unas tablas podían fabricar un patín. El lugar de entrenamiento y de carreras con los patines siempre era la cuesta del Camino de la Estación.
Las medias de nuestras madres rellenas de papel o borra hechas un ovillo amarradas con cuerdas, eran nuestros balones para jugar al fútbol. Tenían de bueno que estas nunca se pinchaban.  Los trompos los fabricaba al trueque Matías, el carpintero de la Puerta de Martos, pues teníamos que llevar un palo de olivo, que por lo normal solíamos quitar en un descuido a quién estaba metiendo leña desde la calle a su casa. 
Seria interminable reseñar cada uno de nuestros artesanos e improvisados juguetes de aquellos tiempos de mi niñez, pero no cabe duda que nos divertíamos con ellos mucho más que cualquier niño de los de ahora con toda una selva de juguetería en su casa; juguetes muchos de ellos con tecnología tal, que vemos elevarse y volar un helicóptero o un avión en miniatura. Los aviones que nosotros fabricábamos eran de papel y se lograban sostener unos segundos en el aire después de echar nuestro aliento sobre su picacho.   
Habrá quienes piensen que me gustaría ver jugar a mis nietos sin juguetes tal como yo lo hacía en mi infancia. No. Repito: no, pero el ingenio y la fantasía se aguzan desde la más tierna edad con la sencillez y no con la desmesura.
Cuentan que a un niño le regalaron un juguete caro y que de inmediato lo relegó para jugar con la caja del embalaje.
En fin, como alguien dijo: Somos lo que fue nuestra niñez.
A propósito...yo cualquier día tendré que ir a buscarla. Si alguien la ve decirle que espere. Iré antes de que se me haga de noche.

             

martes, 30 de octubre de 2012

MI CALLE

Hoy he querido adentrarme en el desván de mi ordenador para abrir una carpeta que desde hace tiempo no descorría su pestillo, la de la música. No ha chirriado la puerta de la buhardilla, ni he tenido que limpiar con una gamuza el disco de vinilo antes de ponerlo en el picú. Sólo he tenido que poner a funcionar el reproductor de música y al azar ha sonado una canción de mis tiempos que me ha servido para recordar.
Sí, recordar, porque me han dicho que es bueno evocar las emociones placenteras del pasado, ya que estas nos pueden ayudar a levantar nuestro estado de ánimo cuando por circunstancias, con o sin motivo aparente, andamos desalentados. 
La voz de Nino Bravo de la versión que hizo de: Mi calle tiene un oscuro bar  de los Lone Star resuena, y su letra me traslada a otros tiempos, a mi calle, a la calle donde di mis primeros pasos, donde viví hasta que llegado un día mucho antes de hacer la mili me ausenté con la esperanza de que fuese por poco tiempo y aún sigo aquí, en esta mi tierra adoptiva madrileña , y lo que te rondaré morena.
Por aquella calle de mi infancia no transitaban los carros como en la de la canción, ni tenia bar, ni húmedas paredes, ni los chiquillos iban descalzos sin salud, aunque sí con alpargatas rotas, y con la salud que el panaseite amparaba y protegía.
Lo primero que recuerdo de ella era el lodazal que se formaba cuando llovía, agravado por el tránsito continúo de las caballerías. Algunos vecinos por su cuenta solían echar ripios de las obras para solucionar el barrizal. Así yo recuerdo a mi padre esturreando el escombro y luego pisón en mano compactándolo, pero muy a pesar de ello unas de las cosas más necesarias que había que tener en una casa era el rondero o estera para restregarse el barro del calzado antes de entrar en la casa.
Desde donde comienzan mis recuerdos no había en mi calle nada más que unas cuantas casas, el resto eran solares. Algunas edificaciones sólo tenían construido nada más que una parte, la de atrás, lo que se daba en llamar medio cuerpo, pero luego más tarde, a medida que el propietario disponía de dinero obraba el resto hasta llegar con la construcción a la aún imaginaria acera, lo que significaba mermar el territorio para los juegos a los chiquillos como yo.
Calle pobre de luz en aquellas noches invernales. Tan sólo una o dos humildes bombillas se bamboleaban a veces al compás del viento mientras que éste arrastraba el humo de las chimeneas formando una neblina con olor a algún guiso. En los veranos las buenas gentes de mi calle salían a tomar el fresco a la puerta de la casa y allí los vecinos estaban de tertulia hasta bien entrada la noche mientras se refrescaban a golpe de tragos de agua de botijos de barro.
Recuerdo que estando aún las casas sin agua corriente, a últimos de los años cincuenta, el Ayuntamiento comenzó la instalación. Unas de las primeras calles en tener ese privilegio fue el Camino de la Estación. Era tal la necesidad y el deseo de disfrutar de ese servicio que los vecinos de mi calle hicieron las zanjas entre todos ahorrando a las arcas municipales el coste de la mano de obra.
Un año nevó muy copiosamente, tanto que para poder transitar por la calle entre todos los vecinos hicieron una zanja apartando la nieve a un lado y a otro de la improvisada trinchera. ¿Cómo nos divertimos los chiquillos? Lo más triste fue el ver como algunos atrapaban a los gorriones en las “costillas”, ya que como la nieve tardó mucho en derretirse, el sustento de las aves quedó durante algunos días arropado por el manto blanco, y los pobrecillos por su hambre caían en la trampa que les ponían aquellos que posiblemente tuviesen sus estómagos más vacíos que los de los infortunados gorriones. 
La calle Juan Pulgar, fue mi calle, la calle que he guardado siempre en el cofre de mi memoria, donde dejé hueco suficiente para albergar los buenos recuerdos que tengo también de aquellos mis amigos con los que compartí mi infancia. Recuerdo cada uno de nuestros juegos, y aquellos “juguetes” diseñados por nosotros con los que nos divertíamos, pero de todo ello escribiré otro día, porque el retrovisor de mi memoria a veces se empaña como hoy, y más en este tiempo otoñal propicio a la niebla.       
Nací en la calle Oscura, -según la RAE oscuro significa: que carece de luz y claridad-, como la letra de la canción que he mencionado: Vivo en un lugar donde no llega la luz. Con pocos días mis padres me llevaron a la calle que he relatado, mi calle llamada Juan Pulgar, esquina con Camino de la Estación y San Francisco. ¡Que gratos recuerdos guardo de ella!
        

domingo, 16 de septiembre de 2012

PERTINAZ SEQUIA


A Josefina Armenteros Rubio
Septiembre 2012


No quiero ver los olivos sedientos de mi pueblo abrasados por la calma de siestas y soles, de noches tórridas, donde hasta la luna me han dicho pide agua para poder dormirse.

Quiero ver el cielo cubierto de nubes negras, de nubes grises y plomizas, y a vencejos volando muy alto, casi bebiendo en esos nublos.

Quiero que la brisa de las nubes arrastre remolinos de polvo, polvo de los caminos, polvo de los olivares y hasta el polvo de aquellas eras.

Quiero ver cómo el viento de alguna tormenta mueve los cardos secos de los caminos y despierta a los vilanos elevándolos en su viaje sin retorno hasta el cielo infinito. 

Quiero oler a tierra mojada y llenar con su fragancia mis pulmones, y que ese olor reparador, me transporte en el tiempo a otros tiempos vividos en mi pueblo.

Quiero que las grietas del olivar se inunden con el agua caída, y curen y tapen las cicatrices profundas de nuestros campos sedientos.

Quiero que una lluvia mansa, casi adormecida acaricie los tejados de mi pueblo en noches de canales y días de migas.

Quiero ver a gentes corriendo por las calles, y algún paraguas volando, y a ninguna golondrina hasta el mes de marzo.

Quiero desde el Cerro, ver a mi pueblo envuelto entre la bruma y la neblina, y no por el flamear infame de la canícula.

Quiero que los pinceles de la lluvia restauren el color de los olivares, y borren el ocre pálido de muerte que la sequía les pintó.

Quiero que llueva otra vez tras los cristales de aquella escuela de Machado, en tardes pardas y frías.

Quiero que lluevan jornales y agua virgen extra en mi pueblo.

Sí, quiero que llueva dulcemente sobre los campos de mi pueblo, campos de mi niñez, campos con sed de trabajo, con sed de tanto... campos de Torredelcampo.

miércoles, 15 de agosto de 2012

MATALAHÚGA O MATALAHÚVA

    

En mi niñez, después de la feria y de la recolección de los cereales, durante los primeros días del mes agosto, se recolectaba la matalahúga o matalahúva. Se hacia bajo palio para guarecerse del sol –cuatro palos clavados en el terreno sirviendo un faldeo de colgadura-  en la misma tierra donde se cultivaba, de esta manera se procedía a su desgrane golpeando a las panochas ya secas con un corcho, al tiempo que su simiente caía en otro faldeo o paño tendido en el suelo.
         Para mi era lo mejor que mi padre podía sembrar ya que me gustaba todos y cada uno de los trabajos que se realizaban hasta llegar al desgrane ya explicado.
         Se sembraba durante el mes de marzo o primeros de abril. El proceso de su siembra se realizaba inmediatamente después de arar el terreno, ya que su simiente al ser tan diminuta no podía enterrarse muy profunda; es decir, tenia que esparcirse sobre la superficie arada y posteriormente enterrarla mediante el proceso de allanado del terreno que consistía en arrastrar sobre   la tierra recién movida sirviéndose de una caballería, el timón del arado -injero- al que se le colgaba algunas ramas de retamas. Así la tierra quedaba igual que si un albañil la hubiese alisado con la plana.
         Pasado un tiempo, para primeros de mayo, las incipientes plantas ya apuntaban con una o dos hojas pequeñas. Era el momento del pinzado, pues había que ayudar a la siembra a quitarle con los dedos todas las malas hierbas, y para no herir a las aún frágiles y quebradizas plantas, se hacía calzándose unas alpargatas, aquellos que no lo hacían con albarcas. Si el mes de mayo era lluvioso la cosecha estaba casi asegurada, ya que la matalahúga es una planta muy agradecida al agua. Antes de su floración, a últimos de junio, había que haber escardado la plantación con el almocafre al menos dos veces. Ya para esas fechas los apicultores andaban prestos a instalar sus colmenas cerca del campo de matalahúga, porque según contaban, la miel resultante era de una calidad extraordinaria. El grano de anís ya se dejaba ver en el mes de julio y poco después las panochas cuajadas de diminutos frutos llegaban a la sazón. Era cuando se arrancaban las plantas haciéndolas manojos, atados estos con una de sus más largas matas. Los manojos eran puestos al sol formando con ellos redondeles de al menos dos metros de diámetro y más de un metro de altura, a lo que le daba en llamar cabañuelas.  Las panochas besándose con otras panochas se iban amontonando al sol hasta llegado el momento de desgranarla, cribarla, y su posterior envase en sacos, que eran llevados hasta la casa del agricultor. Si durante el periodo de secado hubiese habido una tormenta, el grano adquiría con el agua un color negruzco y perdía por ello precio en el mercado.
         Las casas donde había almacenada matalahúga quedaban aromatizadas con el olor inconfundible de esta simiente. Yo recuerdo este aroma en casa de mis padres que duraba hasta llegado el momento en que su precio fuese razonable para la venta. Era cuando los marchantes se personaban con romanas para su pesado y compra.
         En aquella época si se preguntaba a algún agricultor qué es lo que se elaboraba con la matalahúga, ninguno podía dar una respuesta acertada, tan sólo que al oler igual que el aguardiente, decían pudiera servir para su obtención, y estaban en lo cierto. La Wikipedia lo corrobora y además amplia que se puede utilizar para favorecer la digestión, mejorar el apetito, aliviar los cólicos y también las náuseas entre otras cosas. Yo escuché una vez siendo pequeño que servia también para aliviar las sonoras e inoportunas ventosidades además de los ácidos regüeldos.
         Siendo chiquillo hice un cigarro de matalahúga envuelto con papel de estraza. A las dos o tres caladas la cámara donde estaba el granero empezó a bailar a mi alrededor y me estuve que echar al suelo para poder encontrar las escaleras de bajada. Recuerdo también que mi padre enterraba algunos melones arropados con sus granos, porque pasado un tiempo adquirían un sabor difícil de reseñar.
         Hoy ya no se cultiva matalahúga en nuestro pueblo puesto que todo es olivar. Por eso yo he querido hoy recordar los trabajos de producción, el provecho y la utilidad de una planta que añoro, no solo por su aromático olor, sino que echo de menos también aquéllos blancos mantos que adornaban y salpicaban el paisaje de nuestro pueblo mientras duraba su periodo de floración. Era precioso os lo aseguro.   
             

martes, 3 de julio de 2012

DESDE EL FUTURO

Junio. Año 2040

Del diario de uno de tantos.

         Querido diario:

         Mañana cumpliré cuarenta y cinco años, pero no espero regalo alguno, ni velas, ni tampoco tarta. En nuestra casa, desde hace muchos años nos hemos acostumbrado ya a ello, incluso mi abuelo. Pero el beso y el feliz cumpleaños, esos si los aguardo con ilusión. La primera en felicitarme como siempre será mi mujer. Yo me levanto el primero para preparar el desayuno a mis padres, y también el bocadillo de mi hijo Javier que cursa cuarto de bachiller. Sandra, mi mujer, será la primera en salir a trabajar. Ahora lo lleva haciendo desde hace unos meses en un supermercado como “reponedora”; pronto cumplirá su contrato y después a esperar nuevamente, meses, o años tal vez, otro trabajo temporal como el anterior; es licenciada en económicas y posee dos masters, pero nunca pudo ejercer su carrera por culpa de la crisis de principios de siglo. Después lo haré yo a llevar a mis padres en mi coche hasta su lugar de trabajo. Mi padre tiene setenta y dos años. Es funcionario y trabaja en el Ayuntamiento. Es querido y respetado por todos sus compañeros y eso me llena de orgullo. De camino llevaré a mi madre a su colegio. Es profesora de primaria. Mi madre, de la misma edad que mi padre, anda más torpe, ya que la tengo que ayudar a bajar del coche y asirla del brazo hasta llegar a su aula. Los alumnos la adoran. Se ganó el cariño de todos ya que supo desde siempre saber transmitir la enseñanza y el respeto al profesor. Pero se me parte el alma cuando a su edad tienen ambos que continuar trabajando. Si dejaran de hacerlo, la pensión sólo llegaría a cubrir la cuarta parte de los ingresos por los que hoy se abastece nuestro hogar.
         Yo acabé mi carrera de derecho a los veinticinco años, y tampoco pude ejercer. Desde que me casé vivo con mis padres, y ayudo en todas las tareas domésticas además de aplicar en lo que puedo mis conocimientos de geriatría. Algunas veces hago algunos trabajos esporádicos como el de jardinero cuando me avisan en el barrio, y poco más. En época de recolección de la aceituna también me desplazo muchos años al pueblo de mi abuelo Anselmo, al cual, de regreso a casa tendré que levantarlo, vestirlo y prepararle su desayuno. Tiene noventa y cinco años. Él me anima mucho. Me dice que durante su vida vivió etapas mucho peores, y me recuerda una y otra vez su posguerra de penurias vividas. Yo no pierdo la esperanza y rezo a Dios para que se solucione mi problema y el de muchos como yo, aquellos a los que desde principio de siglo nos bautizaron como “generación perdida”.

El que esto escribe reza también para que lo narrado nunca ocurra.    
                                 

viernes, 1 de junio de 2012

ALGUNOS BANCOS BUENOS

        
       Hace unos días en plena calle me abordó un conocido. Tenía ganas de que alguien le tranquilizara, pues según él, sus ahorros los tenía depositados en Bankia.
         – ¿Como pueden llevarse tantos miles de millones? –Me dijo.
          –No se los han llevado. Todo ha sido como consecuencia de una muy mala gestión. –Le respondí.
         Viendo que no entraba en razones le pregunté:
          – ¿Cuánto valía tu piso hace seis años?
         –Setenta millones. –Fue su alegre respuesta.
         – ¿Y ahora?  –Volví a preguntarle.
         –Menos de cuarenta. –Me respondió esta vez con voz muy apagada.         
         – Entonces... ¿Quién te ha robado la diferencia?
         Me miró, e interpreté que mi pregunta lo había turbado, cuando mi intención no era confundirlo. Sólo se atrevió a decirme:
         –Antes los bancos eran otra cosa.
         Y qué verdad tenía. Aquellos bancos como el primero donde yo empecé a trabajar, sin ordenadores, ni más máquinas que una sumadora de manivela, donde todas y cada una de las operaciones se contabilizaban de forma manual, y que a pesar de la carencia de medios, las ordenanzas contables se llevaban a la práctica conforme a los rígidos postulados existentes en aquella época. Aquellos, es verdad, eran otros bancos. Recuerdo que para buscar una diferencia contable de 10 pesetas, nos teníamos que tirar horas y horas hasta encontrarla.
         Yo, llevo más de una década alejado del mundo financiero y me pregunto si el problema de algunas entidades bancarias, es el mismo problema que tenia el señor que me abordó en la calle. ¿Todo no vendrá, por no haber llevado a la cuenta de Pérdidas y Ganancias la diferencia entre el precio histórico del bien, al del valor actual y razonable del mercado? Me refiero a los activos que figuran como bienes raíces en los balances de muchos bancos. Creo que si, de ahí la difícil coyuntura por la que atraviesan en estos momentos muchas entidades.
         La valoración en los balances de los inmuebles y también de las existencias, siempre ha sido el subterfugio para variar las cuentas de resultados. Esto es una práctica contable por desgracia muy común en muchas empresas.
         El otro problema, más grave aún, es el de los directivos, ésos que a pesar de una pésima gestión, blindados por contratos millonarios que se firman entre ellos, a la hora de marcharse, tienen la poca vergüenza de pasar por caja y llevarse unos cuantos millones como “indemnización”, es decir que encima hay que resarcirles del daño o perjuicio que les ha ocasionado su más que nefasta administración. Algunos se  llevan los millones por decenas. No quisiera estar en el pellejo de aquellos empleados los cuales tenían ganada la confianza de sus clientes, y como consecuencia de estos malos gestores, les hicieron vender productos tóxicos, la mayoría a clientes con un bajo perfil financiero, que no sabían distinguir entre: preferentes, bonos, obligaciones u otros productos de riesgo, sino que se dejaron llevar por la confianza del fiel empleado que desde siempre les atendió.
         Hace unos días, en el periódico gratuito “Qué” mientras iba en el metro me sorprendió este titular: El Banco que nunca niega un crédito. Naturalmente con la que está cayendo no cabe duda que quise desmenuzar con avidez la noticia la cual parte de ella transcribo:
         Nuestro fin es hacernos favores sin ningún coste económico a cambio. Es el lema del Banco del Tiempo, una iniciativa que nació en Japón en los años 80 y que se está extendiendo por España. El primer paso para ser cliente, es decir te tienes que formular la pregunta ¿Qué puedo ofrecer yo a los demás? Después, pasas a un listado de usuarios y se te entrega un talonario. ¿Cómo es su funcionamiento? Tienes una cuenta pero en vez de ser en euros, es de horas. Cuando necesitas algo en un momento concreto, llamas a un voluntario especializado en ésa actividad, Una vez realizada, al beneficiario se le descuentan las horas, y a quién ha ayudado se les suma.
         Alguien puede pensar que le pueden pintar la casa. No, estos servicios son sólo para casos puntuales como los que se hacia antes en los pueblos, la buena idea de ayudar a tus vecinos. El banco es cuestión es un intercambiador de servicios y cuidados, cuya unidad de valor es la hora.
         Para fundar un Banco del Tiempo, sólo se necesita un local, un teléfono y un ordenador. Así de sencillo. En España existen próximos a 300 Bancos del Tiempo.
         La idea es tan bonita que la quiero trasladar a Torredelcampo, mi pueblo. Ahí la dejo. Espero que caiga en tierra fértil, porque no todos los bancos iban a ser malos. Siempre hay,... algunos bancos buenos.

martes, 1 de mayo de 2012

FUNCIONARIOS

           

            Nunca me ha gustado adentrarme por los vericuetos escabrosos de la administración. Tal vez provenga mi animadversión y mi ojeriza, de aquellos recuerdos que aún perduran en mi, del: -venga usted mañana- - a su solicitud le falta un timbre del estado, y otro del colegio de huérfanos- o  -lo siento es por triplicado, era lo acostumbrado  después de esperar largas colas ante cualquier ventanilla.

          El funcionario a tu solicitud te miraba en muchos casos con destemplanza, observándose en él una actitud déspota, queriendo transmitirte que él no estaba allí para en cierto modo aguantar tus demandas ya que tú no le pagabas, sino el que colgaba de un cuadro en su despacho. Pero eso sí, su vestimenta era más de lo correcta que su penuria le permitía, puesto que todos iban con corbatas trajes o americanas que aunque raídas y desgastadas parecían revestir al funcionario de cierta aureola de seguridad y de respeto.

         Hace unos días he tenido que batallar entre algunas de las áreas de un determinando organismo tratando de solucionar cierto asunto personal.   El funcionario que me atendió en su mesa numerada me pareció desde principio muy voluntarioso, además de afectuoso y atento. Vestía americana; su corbata se dejaba ver desde donde terminaba el vértice de su jersey hasta el nudo a lo windsor con el que se la anudaba. Una vez le expuse el motivo de estar allí, muy educado él, me dijo que antes debería ir a otro departamento distanciado a unos veinte kilómetros de donde me encontraba para requerir un servicio previo al que yo solicitaba. Le dije que si estaba seguro de ello. Lo vi dubitativo, hasta el punto que se levantó a preguntar en otras de las mesas. Mientras lo hacía observé como la raya de su pantalón le caía en vertical por ambas piernas, mientras que no paraba de ajustarse la chaqueta durante el tiempo que estuvo hablando con su compañero, por lo que lo catalogué como presumido y coqueto.

         No hubo remedio, por lo que a regañadientes tuve que desplazarme hasta el alejado negociado. Un antiguo compañero de trabajo con el que acostumbro a diario a tomar café se prestó a acompañarme por lo que la hora y media de espera mirando una gigantesca pantalla esperando que tu letra y número apareciera se me hizo menos larga.

         Cuando fui requerido conforme me iba acercando a la mesa asignada, le vi y la verdad que dudé sobre si darme la vuelta. La persona que esperaba que me atendiera me pareció que no podía ser por su aspecto la más apropiada para atender a nadie. El funcionario en cuestión ofrecía un aspecto bastante deplorable para estar en una mesa atendiendo al público. Lucia una barba larga espesa y descuidada que le tapaba la boca, hasta el punto que cuando me invitó a sentarme me pareció que la voz no salía de su garganta, ya que la espesura del pelambre impedía apreciar cuando hablaba. Se recogía el pelo con una larga coleta que le descansaba hasta casi la mitad de su espalda. Vestía una especie de cazadora más parecida a la de un chándal y una camiseta con letras en inglés que de principio sólo pude leer: Save the.

         Escondí mi recelo hasta donde pude, pero estoy seguro que advertiría mi infundada desconfianza. Le expliqué lo que quería. Me miró y por el gesto de sus ojos intuí que detrás de su frondosa barba se escondía una sonrisa. -Amigo, le han mandado mal. –Me dijo -Lo que usted solicita lo hace la administración de forma mecánica finalizado el plazo de... esto está recogido en la circular, número, barra, año, orden, fecha etc... Se sabía hasta quién la firmó. Viendo mi mutismo me preguntó ¿Y dice usted que lo han mandado desde...? ¡Vaya faena! Lo siento... ¡Mire, le aseguro que no trato de confundirle, y es más, espere! Al momento dirigió su mirada al ordenador y sus manos le dieron con rapidez al teclado. A los pocos segundos se levantó y se dirigió a una impresora que tenia a sus espaldas. Ahora pude leer las letras completas de su camiseta: Save the children y ver el resto de su indumentaria que consistía en un pantalón vaquero y unas zapatillas de deporte. El indecoroso funcionario para apagar mis dudas me dio la circular en cuestión cortando con unas tijeras los datos que le pudieran comprometer. Seguidamente en poco más de dos minutos me puso al corriente con toda clase de detalles sobre mi asunto -Vaya tranquilo. Fueron sus últimas palabras mientras se despedía de mí.  

         Después, para reparar que a otros como yo le hiciesen perder el tiempo fui al lugar donde me mandaron y esperé a que el coqueto dandi estuviese libre. Le entregué la circular en cuestión y quedó sorprendido. Me dijo que si podía hacer una fotocopia de ella. -Una no, mil si usted quiere. -Le respondí.  

         Hoy he recibido contestación del organismo solicitante, ajustándose a lo legislado y establecido en la circular por la que me informó el funcionario poco decoroso, y he dado en pensar en la terrible equivocación que cometemos al catalogar a las personas por su aspecto. El hábito no hace al monje, es un dicho popular, pero... ¡Dios, que buen vasallo, si portase buena armadura! Me estoy refiriendo al entendido, al buen profesional y puesto al día. Al ejemplar funcionario de las barbas.