miércoles, 15 de agosto de 2012

MATALAHÚGA O MATALAHÚVA

    

En mi niñez, después de la feria y de la recolección de los cereales, durante los primeros días del mes agosto, se recolectaba la matalahúga o matalahúva. Se hacia bajo palio para guarecerse del sol –cuatro palos clavados en el terreno sirviendo un faldeo de colgadura-  en la misma tierra donde se cultivaba, de esta manera se procedía a su desgrane golpeando a las panochas ya secas con un corcho, al tiempo que su simiente caía en otro faldeo o paño tendido en el suelo.
         Para mi era lo mejor que mi padre podía sembrar ya que me gustaba todos y cada uno de los trabajos que se realizaban hasta llegar al desgrane ya explicado.
         Se sembraba durante el mes de marzo o primeros de abril. El proceso de su siembra se realizaba inmediatamente después de arar el terreno, ya que su simiente al ser tan diminuta no podía enterrarse muy profunda; es decir, tenia que esparcirse sobre la superficie arada y posteriormente enterrarla mediante el proceso de allanado del terreno que consistía en arrastrar sobre   la tierra recién movida sirviéndose de una caballería, el timón del arado -injero- al que se le colgaba algunas ramas de retamas. Así la tierra quedaba igual que si un albañil la hubiese alisado con la plana.
         Pasado un tiempo, para primeros de mayo, las incipientes plantas ya apuntaban con una o dos hojas pequeñas. Era el momento del pinzado, pues había que ayudar a la siembra a quitarle con los dedos todas las malas hierbas, y para no herir a las aún frágiles y quebradizas plantas, se hacía calzándose unas alpargatas, aquellos que no lo hacían con albarcas. Si el mes de mayo era lluvioso la cosecha estaba casi asegurada, ya que la matalahúga es una planta muy agradecida al agua. Antes de su floración, a últimos de junio, había que haber escardado la plantación con el almocafre al menos dos veces. Ya para esas fechas los apicultores andaban prestos a instalar sus colmenas cerca del campo de matalahúga, porque según contaban, la miel resultante era de una calidad extraordinaria. El grano de anís ya se dejaba ver en el mes de julio y poco después las panochas cuajadas de diminutos frutos llegaban a la sazón. Era cuando se arrancaban las plantas haciéndolas manojos, atados estos con una de sus más largas matas. Los manojos eran puestos al sol formando con ellos redondeles de al menos dos metros de diámetro y más de un metro de altura, a lo que le daba en llamar cabañuelas.  Las panochas besándose con otras panochas se iban amontonando al sol hasta llegado el momento de desgranarla, cribarla, y su posterior envase en sacos, que eran llevados hasta la casa del agricultor. Si durante el periodo de secado hubiese habido una tormenta, el grano adquiría con el agua un color negruzco y perdía por ello precio en el mercado.
         Las casas donde había almacenada matalahúga quedaban aromatizadas con el olor inconfundible de esta simiente. Yo recuerdo este aroma en casa de mis padres que duraba hasta llegado el momento en que su precio fuese razonable para la venta. Era cuando los marchantes se personaban con romanas para su pesado y compra.
         En aquella época si se preguntaba a algún agricultor qué es lo que se elaboraba con la matalahúga, ninguno podía dar una respuesta acertada, tan sólo que al oler igual que el aguardiente, decían pudiera servir para su obtención, y estaban en lo cierto. La Wikipedia lo corrobora y además amplia que se puede utilizar para favorecer la digestión, mejorar el apetito, aliviar los cólicos y también las náuseas entre otras cosas. Yo escuché una vez siendo pequeño que servia también para aliviar las sonoras e inoportunas ventosidades además de los ácidos regüeldos.
         Siendo chiquillo hice un cigarro de matalahúga envuelto con papel de estraza. A las dos o tres caladas la cámara donde estaba el granero empezó a bailar a mi alrededor y me estuve que echar al suelo para poder encontrar las escaleras de bajada. Recuerdo también que mi padre enterraba algunos melones arropados con sus granos, porque pasado un tiempo adquirían un sabor difícil de reseñar.
         Hoy ya no se cultiva matalahúga en nuestro pueblo puesto que todo es olivar. Por eso yo he querido hoy recordar los trabajos de producción, el provecho y la utilidad de una planta que añoro, no solo por su aromático olor, sino que echo de menos también aquéllos blancos mantos que adornaban y salpicaban el paisaje de nuestro pueblo mientras duraba su periodo de floración. Era precioso os lo aseguro.   
             

martes, 3 de julio de 2012

DESDE EL FUTURO

Junio. Año 2040

Del diario de uno de tantos.

         Querido diario:

         Mañana cumpliré cuarenta y cinco años, pero no espero regalo alguno, ni velas, ni tampoco tarta. En nuestra casa, desde hace muchos años nos hemos acostumbrado ya a ello, incluso mi abuelo. Pero el beso y el feliz cumpleaños, esos si los aguardo con ilusión. La primera en felicitarme como siempre será mi mujer. Yo me levanto el primero para preparar el desayuno a mis padres, y también el bocadillo de mi hijo Javier que cursa cuarto de bachiller. Sandra, mi mujer, será la primera en salir a trabajar. Ahora lo lleva haciendo desde hace unos meses en un supermercado como “reponedora”; pronto cumplirá su contrato y después a esperar nuevamente, meses, o años tal vez, otro trabajo temporal como el anterior; es licenciada en económicas y posee dos masters, pero nunca pudo ejercer su carrera por culpa de la crisis de principios de siglo. Después lo haré yo a llevar a mis padres en mi coche hasta su lugar de trabajo. Mi padre tiene setenta y dos años. Es funcionario y trabaja en el Ayuntamiento. Es querido y respetado por todos sus compañeros y eso me llena de orgullo. De camino llevaré a mi madre a su colegio. Es profesora de primaria. Mi madre, de la misma edad que mi padre, anda más torpe, ya que la tengo que ayudar a bajar del coche y asirla del brazo hasta llegar a su aula. Los alumnos la adoran. Se ganó el cariño de todos ya que supo desde siempre saber transmitir la enseñanza y el respeto al profesor. Pero se me parte el alma cuando a su edad tienen ambos que continuar trabajando. Si dejaran de hacerlo, la pensión sólo llegaría a cubrir la cuarta parte de los ingresos por los que hoy se abastece nuestro hogar.
         Yo acabé mi carrera de derecho a los veinticinco años, y tampoco pude ejercer. Desde que me casé vivo con mis padres, y ayudo en todas las tareas domésticas además de aplicar en lo que puedo mis conocimientos de geriatría. Algunas veces hago algunos trabajos esporádicos como el de jardinero cuando me avisan en el barrio, y poco más. En época de recolección de la aceituna también me desplazo muchos años al pueblo de mi abuelo Anselmo, al cual, de regreso a casa tendré que levantarlo, vestirlo y prepararle su desayuno. Tiene noventa y cinco años. Él me anima mucho. Me dice que durante su vida vivió etapas mucho peores, y me recuerda una y otra vez su posguerra de penurias vividas. Yo no pierdo la esperanza y rezo a Dios para que se solucione mi problema y el de muchos como yo, aquellos a los que desde principio de siglo nos bautizaron como “generación perdida”.

El que esto escribe reza también para que lo narrado nunca ocurra.    
                                 

viernes, 1 de junio de 2012

ALGUNOS BANCOS BUENOS

        
       Hace unos días en plena calle me abordó un conocido. Tenía ganas de que alguien le tranquilizara, pues según él, sus ahorros los tenía depositados en Bankia.
         – ¿Como pueden llevarse tantos miles de millones? –Me dijo.
          –No se los han llevado. Todo ha sido como consecuencia de una muy mala gestión. –Le respondí.
         Viendo que no entraba en razones le pregunté:
          – ¿Cuánto valía tu piso hace seis años?
         –Setenta millones. –Fue su alegre respuesta.
         – ¿Y ahora?  –Volví a preguntarle.
         –Menos de cuarenta. –Me respondió esta vez con voz muy apagada.         
         – Entonces... ¿Quién te ha robado la diferencia?
         Me miró, e interpreté que mi pregunta lo había turbado, cuando mi intención no era confundirlo. Sólo se atrevió a decirme:
         –Antes los bancos eran otra cosa.
         Y qué verdad tenía. Aquellos bancos como el primero donde yo empecé a trabajar, sin ordenadores, ni más máquinas que una sumadora de manivela, donde todas y cada una de las operaciones se contabilizaban de forma manual, y que a pesar de la carencia de medios, las ordenanzas contables se llevaban a la práctica conforme a los rígidos postulados existentes en aquella época. Aquellos, es verdad, eran otros bancos. Recuerdo que para buscar una diferencia contable de 10 pesetas, nos teníamos que tirar horas y horas hasta encontrarla.
         Yo, llevo más de una década alejado del mundo financiero y me pregunto si el problema de algunas entidades bancarias, es el mismo problema que tenia el señor que me abordó en la calle. ¿Todo no vendrá, por no haber llevado a la cuenta de Pérdidas y Ganancias la diferencia entre el precio histórico del bien, al del valor actual y razonable del mercado? Me refiero a los activos que figuran como bienes raíces en los balances de muchos bancos. Creo que si, de ahí la difícil coyuntura por la que atraviesan en estos momentos muchas entidades.
         La valoración en los balances de los inmuebles y también de las existencias, siempre ha sido el subterfugio para variar las cuentas de resultados. Esto es una práctica contable por desgracia muy común en muchas empresas.
         El otro problema, más grave aún, es el de los directivos, ésos que a pesar de una pésima gestión, blindados por contratos millonarios que se firman entre ellos, a la hora de marcharse, tienen la poca vergüenza de pasar por caja y llevarse unos cuantos millones como “indemnización”, es decir que encima hay que resarcirles del daño o perjuicio que les ha ocasionado su más que nefasta administración. Algunos se  llevan los millones por decenas. No quisiera estar en el pellejo de aquellos empleados los cuales tenían ganada la confianza de sus clientes, y como consecuencia de estos malos gestores, les hicieron vender productos tóxicos, la mayoría a clientes con un bajo perfil financiero, que no sabían distinguir entre: preferentes, bonos, obligaciones u otros productos de riesgo, sino que se dejaron llevar por la confianza del fiel empleado que desde siempre les atendió.
         Hace unos días, en el periódico gratuito “Qué” mientras iba en el metro me sorprendió este titular: El Banco que nunca niega un crédito. Naturalmente con la que está cayendo no cabe duda que quise desmenuzar con avidez la noticia la cual parte de ella transcribo:
         Nuestro fin es hacernos favores sin ningún coste económico a cambio. Es el lema del Banco del Tiempo, una iniciativa que nació en Japón en los años 80 y que se está extendiendo por España. El primer paso para ser cliente, es decir te tienes que formular la pregunta ¿Qué puedo ofrecer yo a los demás? Después, pasas a un listado de usuarios y se te entrega un talonario. ¿Cómo es su funcionamiento? Tienes una cuenta pero en vez de ser en euros, es de horas. Cuando necesitas algo en un momento concreto, llamas a un voluntario especializado en ésa actividad, Una vez realizada, al beneficiario se le descuentan las horas, y a quién ha ayudado se les suma.
         Alguien puede pensar que le pueden pintar la casa. No, estos servicios son sólo para casos puntuales como los que se hacia antes en los pueblos, la buena idea de ayudar a tus vecinos. El banco es cuestión es un intercambiador de servicios y cuidados, cuya unidad de valor es la hora.
         Para fundar un Banco del Tiempo, sólo se necesita un local, un teléfono y un ordenador. Así de sencillo. En España existen próximos a 300 Bancos del Tiempo.
         La idea es tan bonita que la quiero trasladar a Torredelcampo, mi pueblo. Ahí la dejo. Espero que caiga en tierra fértil, porque no todos los bancos iban a ser malos. Siempre hay,... algunos bancos buenos.

martes, 1 de mayo de 2012

FUNCIONARIOS

           

            Nunca me ha gustado adentrarme por los vericuetos escabrosos de la administración. Tal vez provenga mi animadversión y mi ojeriza, de aquellos recuerdos que aún perduran en mi, del: -venga usted mañana- - a su solicitud le falta un timbre del estado, y otro del colegio de huérfanos- o  -lo siento es por triplicado, era lo acostumbrado  después de esperar largas colas ante cualquier ventanilla.

          El funcionario a tu solicitud te miraba en muchos casos con destemplanza, observándose en él una actitud déspota, queriendo transmitirte que él no estaba allí para en cierto modo aguantar tus demandas ya que tú no le pagabas, sino el que colgaba de un cuadro en su despacho. Pero eso sí, su vestimenta era más de lo correcta que su penuria le permitía, puesto que todos iban con corbatas trajes o americanas que aunque raídas y desgastadas parecían revestir al funcionario de cierta aureola de seguridad y de respeto.

         Hace unos días he tenido que batallar entre algunas de las áreas de un determinando organismo tratando de solucionar cierto asunto personal.   El funcionario que me atendió en su mesa numerada me pareció desde principio muy voluntarioso, además de afectuoso y atento. Vestía americana; su corbata se dejaba ver desde donde terminaba el vértice de su jersey hasta el nudo a lo windsor con el que se la anudaba. Una vez le expuse el motivo de estar allí, muy educado él, me dijo que antes debería ir a otro departamento distanciado a unos veinte kilómetros de donde me encontraba para requerir un servicio previo al que yo solicitaba. Le dije que si estaba seguro de ello. Lo vi dubitativo, hasta el punto que se levantó a preguntar en otras de las mesas. Mientras lo hacía observé como la raya de su pantalón le caía en vertical por ambas piernas, mientras que no paraba de ajustarse la chaqueta durante el tiempo que estuvo hablando con su compañero, por lo que lo catalogué como presumido y coqueto.

         No hubo remedio, por lo que a regañadientes tuve que desplazarme hasta el alejado negociado. Un antiguo compañero de trabajo con el que acostumbro a diario a tomar café se prestó a acompañarme por lo que la hora y media de espera mirando una gigantesca pantalla esperando que tu letra y número apareciera se me hizo menos larga.

         Cuando fui requerido conforme me iba acercando a la mesa asignada, le vi y la verdad que dudé sobre si darme la vuelta. La persona que esperaba que me atendiera me pareció que no podía ser por su aspecto la más apropiada para atender a nadie. El funcionario en cuestión ofrecía un aspecto bastante deplorable para estar en una mesa atendiendo al público. Lucia una barba larga espesa y descuidada que le tapaba la boca, hasta el punto que cuando me invitó a sentarme me pareció que la voz no salía de su garganta, ya que la espesura del pelambre impedía apreciar cuando hablaba. Se recogía el pelo con una larga coleta que le descansaba hasta casi la mitad de su espalda. Vestía una especie de cazadora más parecida a la de un chándal y una camiseta con letras en inglés que de principio sólo pude leer: Save the.

         Escondí mi recelo hasta donde pude, pero estoy seguro que advertiría mi infundada desconfianza. Le expliqué lo que quería. Me miró y por el gesto de sus ojos intuí que detrás de su frondosa barba se escondía una sonrisa. -Amigo, le han mandado mal. –Me dijo -Lo que usted solicita lo hace la administración de forma mecánica finalizado el plazo de... esto está recogido en la circular, número, barra, año, orden, fecha etc... Se sabía hasta quién la firmó. Viendo mi mutismo me preguntó ¿Y dice usted que lo han mandado desde...? ¡Vaya faena! Lo siento... ¡Mire, le aseguro que no trato de confundirle, y es más, espere! Al momento dirigió su mirada al ordenador y sus manos le dieron con rapidez al teclado. A los pocos segundos se levantó y se dirigió a una impresora que tenia a sus espaldas. Ahora pude leer las letras completas de su camiseta: Save the children y ver el resto de su indumentaria que consistía en un pantalón vaquero y unas zapatillas de deporte. El indecoroso funcionario para apagar mis dudas me dio la circular en cuestión cortando con unas tijeras los datos que le pudieran comprometer. Seguidamente en poco más de dos minutos me puso al corriente con toda clase de detalles sobre mi asunto -Vaya tranquilo. Fueron sus últimas palabras mientras se despedía de mí.  

         Después, para reparar que a otros como yo le hiciesen perder el tiempo fui al lugar donde me mandaron y esperé a que el coqueto dandi estuviese libre. Le entregué la circular en cuestión y quedó sorprendido. Me dijo que si podía hacer una fotocopia de ella. -Una no, mil si usted quiere. -Le respondí.  

         Hoy he recibido contestación del organismo solicitante, ajustándose a lo legislado y establecido en la circular por la que me informó el funcionario poco decoroso, y he dado en pensar en la terrible equivocación que cometemos al catalogar a las personas por su aspecto. El hábito no hace al monje, es un dicho popular, pero... ¡Dios, que buen vasallo, si portase buena armadura! Me estoy refiriendo al entendido, al buen profesional y puesto al día. Al ejemplar funcionario de las barbas.        
                    

sábado, 24 de marzo de 2012

CAMPIÑA VERDE POR MARZO


         Esta prolongada sequía que padecemos me hace recordar cuando por los meses de marzo y abril de mi niñez y adolescencia,  el verde era el color detonante de aquella campiña torrecampeña, de trigales y de cebadas, además de otros cereales que por estas fechas se solían ya mecer en nuestros campos al compás del viento, al tiempo que multitud de jornaleros con sus camisas blancas salpicaban la campiña peinando las siembras almocafre en mano, arrancando las malas hierbas que proliferaban en los sembrados, entre ellas las avenas locas,  las más difíciles de descubrir por ser una planta esta que se confundia con la del trigo y  la cebada; tan sólo unos pelillos en sus hojas la diferenciaba, por lo que había que ser un gran experto y tener buena vista para descubrirlas.   
         ¡Ay de aquella campiña verde! Aquella campiña que permutó su color por el otro desparramado del olivar. En su recuerdo, y en el de aquellos sacrificados jornaleros me atrevo a escribir:
             

Campiña verde por marzo,

olas de trigos se estrellan
contra barbechos y majanos.
Sobre la sabana verde,
hay pinceladas  de blanco,
son camisas jornaleras
de lienzo moreno sudado,
con bordados de más de un siete
por mil jornales ganados.

 Pisando la escarcha del alba
mientras la siembra aún duerme,
guarda el puchero el cortijo
que hasta la noche no vuelven,
a dormir en sacas de paja
huérfanas de colchas y muelles,
jornaleros comprados en plaza
sin contratos ni papeles.

Encorvadas las cinturas
de la siembra van quitando:
avenas, granillo oveja,
nerdos, amapoles  y jamargos.
Al trigo le hacen cosquillas
mientras lo van arropando
que para julio ha de parir
espigas con mucho grano.

Sesenta trigos han pasado
y yo sigo recordando,
aquellos torrecampeños
que con almocafre en mano,
iban labrando la tierra,
tierra que era del amo,
en aquella campiña verde,
verde por el mes de marzo


             
         Verde campiña, dormida al sol ,verde esperanza... así era la letra de aquella canción de José Guardiola, que yo recuerdo, como recuerdo aquella campiña de nuestro pueblo que el olivar nos robó.

domingo, 26 de febrero de 2012

CAMPANAS TORRECAMPEÑAS

        
Faltaba algo que de momento no supe qué, pero más tarde, cuando eché de menos sus dilatados silencios, pregunté y me dijeron que estaban en reparación. Me estoy refiriendo a las campanas de nuestro pueblo.
Sí, en mi visita reciente de hace unos días no he podido escuchar su repique porque dicen que quedaron roncas de tanto redoblar y doblar a lo largo de los años.
Tal vez si mi memoria no me falla puede que lleven sesenta años sin ir a visitar al otorrino. Recuerdo verlas reposar en una de las aceras de la calle las Cruces y eran más altas aún que lo que yo pudiera medir con mis cuatro años. Es posible que desde que las izasen al campanario en aquellos tiempos no hayan estado nunca en el taller para ajustar sus sonidos, que no su deje, porque su tono es como nuestro acento torrecampeño.  He oído el tañer de muchas campanas en muchos de los lugares por los que he pasado a lo largo de mi vida, pero las de nuestro pueblo suenan de forma muy diferente a todas las demás. Es un sonido que desde pequeño te acostumbras a él, y al cual te familiarizas llevándolo dentro de ti como algo tuyo.
Campanas las de nuestro pueblo que saben llorar cuando lloramos, acompañándonos en nuestro dolor, con sonidos lentos y tristes que invitan al sollozo cuando alguien se nos va derramando desde la altura su eco lastimero que el viento hace llevar y mecer hasta los más recónditos rincones de nuestro pueblo. ¿Por cuantos habrán doblado?
Las he oído repiquetear muy deprisa, y angustiadas en el silencio de la noche tocando a asamblea cuando se producía algún incendio. Entonces la gente corría hasta la plaza para informarse, e inmediatamente acudían a la casa que estaba ardiendo con cubos formando una cadena humana desde el pilar o la fuente más próxima.
Campanas las nuestras que también saben medir el tiempo, informándonos de la hora cuando el reloj le ordena desgranarla de forma lenta y parsimoniosa obedeciendo y acatando hasta su repetición en cada una de las horarias.
Pero lo mejor de nuestras campanas es su sonido alegre y cantarín en las fiestas y celebraciones. Su repiqueteo jubiloso y envolvente vuela raudo entre el aleteo de palomas que huyen despavoridas por el incesante golpear del badajo sobre el metal, invitandonos con su voltear a ser partícipes no sólo de los actos religiosos, sino también de aquellos de divertimento y regocijo que para eso los torrecampeños tenemos fama ganada, y así, por nuestras fiestas y tradiciones, nuestro pueblo se está haciendo acreedor de una popularidad más que manifiesta, la cual ya forma parte de nuestra idiosincrasia.
Por todo ello no me gusta percibir como en estos días de carnaval que he pasado ahí, el huérfano estallido de cohetes si estos no van acompañados por el repicar alegre y festivo de nuestras campanas.
Para mí, ya repicaron cuando me casé, y sé que doblarán también por mí algún día, pero hasta cuando eso llegue, -espero que tarde muchos años- yo quiero seguir escuchando entre todos sus sonidos, el de su gozoso repiqueteo los días de fiesta.               
        

martes, 7 de febrero de 2012

COMIDA EN LA BASURA. BASURA EN LA COMIDA.

           No era muy tarde, posiblemente aún no serian las diez de la noche, cuando al pasar por la puerta de un supermercado vi a un pequeño grupo de personas  que discutían de forma acalorada. Mi acompañante me sacó de dudas puesto que vive cerca de allí -¿Sabes por qué discuten? Me dijo. –No. Respondí. -Discuten entre ellos porque se disputan el derecho a rebuscar comida en los cubetos del supermercado. Así están todas las noches. 
            Hoy no quiero hurgar en mi memoria para poder encontrar en el tiempo situaciones como la que estamos viviendo, porque naturalmente aquellas vividas por mí fueron también muy penosas, pero se me parte el alma cuando contemplo escenas como la que describo, y más que de seguro después de que estos desdichados se fuesen, otros más llegarían para llevarse los despojos de los primeros, para hacer bueno aquello de Calderón de la Barca que ya leíamos los de mi edad en la enciclopedia Álvarez:                        
      
                                   Cuentan de un sabio, que un día
                                   tan pobre y mísero estaba
                                   que sólo se sustentaba
                                   de unas yerbas que cogia.
                                   ¿Habrá otro, entre sí decia,
                                   más pobre y triste que yo?
                                   y cuando el rostro volvió
                                   halló la respuesta, viendo
                                   que iba otro sabio cogiendo
                                   las hojas que él arrojó.   
           
         Me imagino que la cesta que llenarían seria de productos caducados, algunos en estado de descomposición posiblemente. Para estas pobres gentes se acabaron los controles de calidad en alimentos como en la leche, las frutas, los huevos, la carne, el pescado, el aceite, etc...  Se les acabó también la gestión que pudieran influir los encargados del medio ambiente en su calidad.
            Hablando del medio ambiente. Me sorprende que nada más que desaparecer el ministerio que lo representaba, absorbido por el de agricultura –supongo que habrán ubicado sus restos y dado acomodo a parte del personal  en alguno de los sótanos  del de la Glorieta de Atocha-, algunas empresas no han esperado mucho para eliminar a una buena parte de los empleados que se dedican a la noble tarea de vigilar el deterioro medioambiental, mejorando para ello las condiciones en los procesos, y en los productos, todo ello acatando y dando cumplimiento a normativas universales.  
         Esto es lo grave, que están eliminando al personal que por ética a su profesión, –y esto lo sé de primera mano- tienen que tomar decisiones a veces muy dolorosas en contra de la cuenta de resultados de la empresa, por cumplir y asegurar las normativas medioambientales. Y lo peor es que a la hora de deshacerse de ellos, algún que otro trepa, subordinado a unos objetivos, por lo que si los logra ha de recibir, es de suponer, un sustantivo trofeo en euros, se limite a decir que para él todo lo relacionado con el medio ambiente desde siempre le ha parecido una m. El fin para “éste”, justifica los medios.
         A lo largo de mi vida laboral he conocido a muchos con el mismo perfil, pero para estos verdugos también existe la horca. Recuerdo a uno de ellos que cuando prescindieron de sus depravadas y consentidas funciones, la única persona que se dignó despedirse de él fue la señora de la limpieza porque le extrañó encontrarlo llorando. Tampoco halló apoyo ni consuelo en toda la camarilla de serviles aduladores de los que se solía rodear.
         Así pues, vayámonos preparando, pues como dije al principio, me extrañó que la gente recoja comida en la basura, pero no me sorprenderé cuando dentro de muy poco vea basura en la comida, la cual estará en las estanterías de muchos supermercados. Al tiempo.