martes, 4 de enero de 2011

LOS CASAMIENTOS

Novios
Año 1967. El autor Antero Villar Rosa, de paseo con su novia Ana, hoy su mujer.

         A menudo me veo obligado a pasar por la que yo llamo una fábrica de casamientos. Es un edificio colindante a una arteria donde el flujo de automóviles es constante, dado su proximidad con una autovia. El edificio en cuestión, llama la atención porque su fachada es de estilo isabelino e iluminada toda ella si es de noche, te invita a su contemplación aunque sólo sea fugazmente dado que debes estar atento a la conducción. Los días en que la llamada por mí fábrica de casamientos está en plena producción son los fines de semana, pues es cuando la gente aprovecha para casarse, pudiéndose calcular el número de celebraciones o banquetes a juzgar por la cantidad de vehículos que inunda su perímetro.
Han cambiado mucho los casamientos de hoy con los que se celebraban cuando yo era niño, naturalmente a mejor, pero los casamientos que yo viví en mi infancia quiero recordarlos de forma que nadie pueda interpretarlo como una dulce añoranza del pasado, sino como un recuerdo que está presente en todos los que los vivimos y que por ello creo estar en la obligación de transmitirlos con el fin de que las futuras generaciones sepan de nuestras costumbres y rituales.
Paso a recordar...
Por aquellos tiempos cuando una pareja se “ponían novios”, al poco de declararse él a ella y para que se viera que la cosa iba en serio, lo primero que tenía que hacer el novio era ir a visitar a los padres de la novia y pedirle permiso para hablar con su hija en la puerta -antiguamente lo hacían a través de una ventana-, eso sí, pero con rejas. Luego, pasado un tiempo y después de la visita por parte de la familia del novio,  la  de “conocer a la novia”, éste, se veía abocado a solicitar permiso para poder entrar en la casa. Era el bautizo o la prueba de fuego ya que a partir de entonces la familia de ella reconocía que se iba con buenas intenciones.    
Los prolegómenos de cualquier boda de mi infancia comenzaban cuando la familia del novio iba a “pedir a la novia” (costumbre que no sé si se mantiene viva), pero antes, entre la fecha de la puesta de novios y la pedida de la novia como mínimo habrían de pasar seis años o más. En este acto la familia de la novia agasajaba a los presentes con algunos dulces hechos en el horno además de vino y pocas cosas más. Antes de la despedida, la familia del novio obsequiaba a la novia con el consabido oro y se fijaba el día de la boda, o cómo se decía en el pueblo, el día de la velación.
El día de la boda, el novio se encaminaba a la casa de la novia acompañado por toda la familia de este. Luego, tanto la familia del novio como la de la novia marchaban juntas hasta la iglesia donde se oficiaba la ceremonia. Al término de la misma y de las consabidas firmas en la sacristía un empleado del juzgado entregaba el correspondiente Libro de Familia. No me voy a extender en otros detalles que aún siguen perdurando pero sí lo voy hacer en lo relativo al banquete y después de él.
Como es de suponer, en aquellos tiempos en nuestro pueblo no existía ningún salón de celebraciones ni nada que se le pareciese, por lo que se adecuaba la casa de un familiar bien del novio o de la novia para albergar a los invitados con el fin de tener un detalle con los asistentes. Así es que los pocos muebles habidos en la casa de la celebración como camas y alguna mesa se subían hasta la cámara dejando solo las sillas que había que aumentar en número pidiéndolas prestadas al vecindario, marcadas eso sí, para luego en la mezcla de ellas saber a quién pertenecían. Una vez solucionado el tema de los asientos, estos se ponían en fila a todo lo largo de la pared, y en el centro de cada una de las estancias dos filas de espaldas unos y otros, todo de acuerdo con el número de invitados al refresco.
Salidos de la iglesia, los novios andando y del bracete se dirigían a la casa donde se iba a celebrar el susodicho refresco. Durante el trayecto recibían las felicitaciones de todas las mujeres que se agolpaban para verlos en las esquinas con el consabido ¡Que sea para bien, y para siempre!  Esto del para siempre... 
En la puerta de la casa del convite alguna mujer ya mayor los recibía rociándolos con algún puñado de trigo para que les trajera suerte y sus cosechas fueran fecundas.
El rasgueo de las guitarras y las bandurrias de Boris y su pequeño grupo sonaban entonces entre los aplausos y vítores de los presentes.
Una vez tomado todo el mundo asiento, se repartían  en "zafates"  (bandejas), dulces hechos en el horno días antes basados en harina, aceite y huevo, tales como galletas y roscos. Los más pudientes ofrecían además algunos  dulces de la confitería y  alguna rodaja de embutido pero la mayoría no lo degustaba allí, sino que estos de forma disimulada los guardaban en el bolso de las señoras para llevarlo a su casa pues siempre había algún chiquillo o abuelo esperándolo. El vino en porrones de cristal  se iba pasando de mano en mano quedándose algunos extasiados contando los desconchones del techo ya que el chorrillo lo hacían en ocasiones demasiado fino con el fin de que durara para más vueltas. Para las mujeres y la chiquillería se repartía el resol, bebida que creo se elaboraba con azúcar y regaliz. Tampoco faltaban las gaseosas frescas que previamente si era verano habían estado reposando en el pozo de la casa o en alguno de la vecindad. 
Todo eso era lo que había, pero la alegría no faltaba, y   rebosaba esta cuando a los acordes del pasodoble que Boris y los suyos interpretaban como el “Manolo mío, Manolo de mis amores”, era cuando se arrinconaban las sillas del medio de la estancia, para que hubiese espacio suficiente con el fin de que alguna pareja espontánea se contonease siguiendo su ritmo.
Más tarde, la voz de alguien gritando: ¡Ya está aquí Sebastián!, interrumpia el baile.
El coche de color negro de Sebastián el taxista, aparcaba en la puerta sin dificultad y sin maniobra alguna a la espera de llevar a la pareja a la capital a pasar su luna de miel, y también a hacerse en casa del retratista Linares Reina las consabidas fotos, pero antes, debía esperar a que los novios recogieran la roca de los invitados.  Alguien de las dos familias se encargaba de  tomar nota de todos  aquellos que habiendo sido invitados, por circunstancias no habían podido acompañarles. Era costumbre después del viaje de novios hacerles a éstos una visita tipo “recordatorio”.
Cuando el taxi se encaminaba hasta Jaén, salía en su persecución la chiquillería tratando de subirse unos metros en su pescante, siendo entonces cuando los guitarristas tocaban el último bolero o pasodoble.

         Así eran las bodas que yo viví en mi infancia.

                                                     

LA BARBERIA



De pequeño me daba pavor entrar a cortarme el pelo en la barbería que mi padre era cliente. Recuerdo la vieja máquina del cero con desconchones en el niquelado y sus cuchillas poco afiladas y oxidadas por lo que continuamente se atascaba; cuando esto ocurría sentía unos profundos y dolorosos tirones, ya que la máquina arrancaba más pelo que cortaba. En esas ocasiones yo trataba de hacerme el valiente, pero no podía evitar que algunos lagrimones se me escapasen formando arroyuelos en mis mejillas que bajaban lenta y mansamente atrapando en su recorrido algunos pelos al tiempo que yo me removía inquieto en la pequeña silla de anea colocada encima del sillón con pedestal de porcelana blanca acicalada de rodales negros por su descascarillado. 
Mientras esperaba que me tocase el turno me veía reflejado en un gran y viejo espejo con manchas por la caída de parte de su plateado -en navidades rotulaban con jabón en grandes caracteres el consabido: felices pascuas-, tan viejo era el espejo como la brocha para afeitar la cual mojaba el fígaro en un cubilete de metal antes de restregarla en una barra de jabón cilíndrica como un cirio revestida de papel fino de un plateado brillante.
También se veía reflejado en el espejo la pequeña repisa donde descansaban los útiles de trabajo, entre otros, varias navajas y el afilador de las mismas que era un mango de madera con dos correas tensas de cuero. Además, reposaban de adorno dos frascos de cristal transparente parecido a los escanciadores llenos de un líquido amarillo que aparentaba ser colonia pero que no era otra cosa que agua con pigmento de colorante condimentarío, posiblemente de la marca La Carmencita.
En invierno el agua para los afeitados la calentaba en un brasero de picón dentro de su vivienda que estaba al otro lado de una cortina que colgaba en un extremo de la sala. A veces cuando se hacía algún silencio solo se oía el ruido que producía la brocha poniendo en orden la espuma en la cara del cliente; era un ruido relajante, como el murmullo que se produce en la orilla de un pantano cuando el manso oleaje de un día de poco viento muere al chocar contra sus bordes. El olor que despedía el jabón de afeitar se mezclaba a veces con el olor a tabaco de cuarterón de algunos clientes que esperaban turno, aunque el mejor olor que conservo era el de Floyd.             
Casi siempre, a mitad de la faena, el barbero hacía un alto y se internaba tras la cortina; a continuación se oía el ruido inconfundible de una botella vertiendo su líquido por el gollete; era el vino que derramaba el maestro en su gaznate cuando a escondidas empinaba el codo. 
El gorgoteo de aquél artilugio metálico de cuello largo, con agujeros en el tapón que servia para mojar el pelo, anunciaba la terminación de la labor no sin antes haber restregado un poco de talco en el cogote.  
No había aún modas en cuanto al corte de pelo se refiere, así que lo único que yo pedía era que me indultara un poco de flequillo siempre anárquico y respingón, que trataba de alisar en determinados momentos con saliva.
Las barberías, sobre todo las de los pueblos como el nuestro eran lugares donde se hablaba de todas las novedades y acontecimientos que acaecían en el municipio, así, el barbero debía de ser discreto en las confidencias que hacían los parroquianos pues cualquier comentario desfavorable que hiciere sobre cualquier familia y fuese compartido por él, podría acarrearle algún disgusto y aligerarle la clientela. 
Aquella mi primera barbería que de principio odiaba, a medida que me iba haciendo mayor le fui tomando cariño, sobre todo cuando empecé a ir compartiendo tertulia con el barbero y con algunos parroquianos.
No existía en dicha barbería la clásica jaula del canario o el jilguero que en casi todas las peluquerías de caballeros cuelgan para amenizar con sus trinos la sala, pues lo suplantaba la música que producían las tijeras. Era tan relajante el cuchicheo armonioso de los instrumentos cortantes, que cuentan que más de un cliente quedó dormido en el sillón oyendo tan dulces y relajantes sonidos.
Los días que llovía la barbería se llenaba de las buenas y sufridas gentes del campo, que contaban y no acababan de todas las fatigas que pasaban trabajando soportando además las inclemencias del tiempo. Pero a mí, las tertulias que más me gustaban eran las de los cazadores que las adornaban dando toda clase de detalles, unas veces sobre la suerte de aquél conejo que se escondió en unas carrascas y que al perro le costó lo suyo sacarlo. Todas estas buenas conversaciones hacía que los que esperábamos turno nos deleitáramos con ellas pues los relatos eran muy pormenorizados con pinceladas sobre el tiempo y sus inclemencias, en verano de cómo disfrutaban de la fresca brisa mañanera y en otoño empapándose con las neblinas y las brumas, dibujando con las palabras los colores del paisaje. Solo faltaba en sus relatos el sonido del revoloteo de la perdiz y el aroma del tomillo del monte sobrando en estos casos el de Varon Dandy que inundaba a veces la sala.
Barberos, peluqueros, o también hoy llamados estilistas. ¡Que más da como quieran llamarlos! Yo, si tuviese que elegir, me quedaría con aquella entrañable barbería: la de Manuel.

AQUELLA FERIA

Atrás quedaron aquellas ferias de conejo de corral, de ponche de melocotón, de cine de verano, de mujeres oliendo a jazmines luciendo todas ellas vestidos estampados de amplios vuelos, confeccionados a mano por las modistas que trabajaban a destajo para tenerlos todos a punto para el estreno en el primer día de feria. Atrás quedó asimismo, el ajetreo de los blanqueores para tener las casas encaladas antes de la feria, junto con el trasiego y el rabiaero de la gente en las eras queriendo todos “sacar el agosto”, para luego disfrutar tranquilos de aquellas veladas de animadora en la plaza, refrescándose con agua de los botijos de barro blanco que chorreaban por sus poros y que vendían voceando ¡A gorda la barrigá!
         Todo ello ya pasó, pero no cabe duda que marcó una etapa muy bonita de nuestra historia local dentro de los años aquellos de  incipiente desarrollo, y que nunca nos imaginábamos lo que estaba por venir; pero  la feria era una ilusión para los que éramos jóvenes y también para los que lo eran menos. Se esperaba la feria como algo entrañable, mágico, algo difícilmente de explicar y que tristemente hemos perdido. No quiero caer en la trampa de la añoranza, aunque la feria de antes me suscite nostalgia pues no soy de los ven tan oscuro el futuro, pero si la feria sigue así, acabaremos todos bajo el paraguas playero.
         Conversando un día con un amigo este tema en el pueblo, le planteé que si de mi dependiera, el día de Santiago Apóstol lo implantaría en Torredelcampo como Dia del Emigrante, con el fin de atraer de alguna manera a los miles de torrecampeños que se fueron hace años, y que viven fuera del pueblo, y para que no notasen tanto cambio de aquellas ferias a la de hoy, de nuevo llevaría la animadora a la plaza. Creo que estando en feria, esta fiesta no se contaría como... ¿otra más? Seguro estoy que esto seria un éxito y poco costoso.
Todo sea porque la feria, -como dijo en su día Alfonso Maldonado-, no se nos muera.



domingo, 2 de enero de 2011

LA SIEMBRA

                                                          Estado de uno de los muchos cortijos torrecampeños            

                                                                   El Catill



                                                              Castillo de El Berrueco

Cuando las primeras lluvias otoñales empapaban la tierra al menos con “una labor de arado”, los barbechos regados se mostraban esponjosos dispuestos para anidar y fecundar la semilla. Cuando esto sucedía, un trasiego de gentes y de yuntas inundaba el paisaje de nuestros campos, principalmente nuestra campiña que se veía salpicada con los dibujos sinuosos, ondulantes y quebrados de incontables besanas dedicadas todas ellas al trabajo sagrado de la siembra.

El grato olor que producía la tierra fresca cuando era volcada por la vertedera del arado era para mí el mayor atractivo de la “ariega”, sobre todo en época de simienza. Me gustaba contemplar como la simiente que había sido previamente esparcida sobre el terreno, caía enterrada por el arado en el surco junto con otras hierbas otoñales y guijarros del barbecho. Algunos pajarillos picoteaban y revoloteaban sobre la tierra húmeda los gusanos o insectos que el arado iba levantando. Desde lejos, el contemplar la besana, daba la sensación de que la yunta era un barco en el mar con gaviotas piando a su alrededor.

La siembra era un arte que solo unos pocos podían presumir. No consistía en enterrar la semilla, sino que la misma cayera en la tierra bien distribuida, ya que si en algunos rodales no caía grano,  desde lejos, al crecer el sembrado, llegaban a distinguirse las calvas en la siembra. Se iban señalando las melgas o calles con varetas o con cavadas de azadón discontinuas en el terreno. Al hombro un costal en forma de morral con la simiente que se lanzaba con fuerza a medida que se iba andando. A izquierda y a derecha se repartía el grano y se procuraba que los pasos fuesen todos de igual medida caminando siempre por la mitad de la calle marcada.

Los días en otoño son cortos, y Grajales estaba muy lejos, de manera que cuando había que sembrar teníamos que pernoctar en el cortijillo durante varios días. Era irse “fuera o de vará”, pero a pesar de las penurias y vicisitudes a las que estábamos sometidos, valía la pena. La campiña en tiempo otoñal tenía mucho atractivo. Los rastrojos amarillos ya fueron quemados hace tiempo y ahora el color predominante era el pardo con ráfagas de rojos magras y pinceladas de grises claros. Algunas parcelas ya habían sido sembradas, de ahí que sus colores fuesen más fuertes y detonantes. No existía árbol alguno en aquél paraje. Tan solo en algunas colinas rocosas se podía apreciar alguna encina, por lo que la campiña en toda su desnudez se asemejaba al páramo.

El refugio o cortijillo era un habitáculo dividido en tres partes comunicadas entre sí, consistentes en una cocina, la cuadra, y el pajar que hacía las veces de dormitorio. La luz era artificial por lo que nos alumbrábamos con un candil de aceite. La lumbre se encendía por la mañana. La materia combustible consistía en pajaza y estiércol seco de las caballerías previamente apelmazado. Las habichuelas o garbanzos para el potaje se dejaban a remojo la noche anterior en agua y antes de marchar a sembrar se dejaba el puchero de barro arropado con el rescoldo de la materia antes descrita. Durante el tiempo de cocción que duraba bastantes horas ya que era muy lento se solía ir unas cuantas veces a echarle agua  sirviendo el potaje de cena por la noche.

Los amaneceres en la campiña en esa época eran esplendorosos. Antes de salir el sol, una neblina casi azulada invadía las cañadas. Las piedras de los majanos  brillaban por la plata de la escarcha, y el canto de la perdiz al alba rompía el silencio de las tierras que estaban siendo fecundadas. Desde mi posición, contemplaba la salida del astro rey apareciendo entre su fulgurante resplandor la silueta del castillo del Berrueco incendiado por los vivos y centelleantes destellos del amanecer, mientras que un cielo  de color anaranjado iba impregnando las colinas y cerros del entorno.  Al atardecer, este espectáculo volvía a repetirse cuando el sol se escondía por Villadompardo.  A esas horas, el eco fúnebre y lastimero de los mochuelos con sus cantos casi humanos, engullían cualquier otro sonido de la campiña.

Me gustaba la noche porque solía charlar con mi padre al calor de la lumbre, antes, y después de la cena. La triste luz del candil colgado en un palo del tejado proyectaba sombras alargadas sobre las paredes del cortijo produciendo una sensación tétrica en la estancia.  Me sobrecogía cuando los animales en la cuadra dejaban de comer y atusaban las orejas dirigiendo su mirada hacia la puerta siempre atrancada por un palo. Nunca resultaba ser nadie, tal vez sería algún perro vagabundo u otro animal que merodeara por los alrededores, pero aunque me sentía protegido por mi padre, he de confesar que cuando esto sucedía llegaba a acojonarme.

Después de la cena, como habitación el pajar, y como colchón la paja, donde se procuraba encontrar la postura más cómoda para el descanso. Invitaba a dormir el ronroneo monótono casi cansino de las caballerías comiendo en los pesebres. A veces, en este tiempo, el tamborilear del agua en el tejado cuando llovía producía una música dulce que te invitaba a seguir descansando.

En nombre sea de Dios, con estas palabras después de besar la semilla y mirar al cielo lanzaba al aire mi padre el primer puñado de grano cuando íbamos a sembrar. Hoy, después de muchos años a mi silencio cuando pronunciaba aquella frase, solo me resta decir: Amén.

 

LA HUERTA EN OTOÑO

En recuerdo de La Huerta Los Toros, y de mi abuelo en especial.

Tarde otoñal, plomiza y ventosa. Desde las eras ya yermas, se elevan hacia el cielo remolinos de paja y polvo. Cientos de golondrinas se mecen al compás del viento sobre los cables curvos del tendido eléctrico mientras se aprestan a emigrar a otras latitudes. Hileras de hormigas serpentean en los caminos desfilando en procesión en un último intento de aprovisionamiento. Los vilanos son arrastrados y elevados por el tórrido aire una y otra vez acompañado por sus semillas que fecundarán lejos del lecho algodonal de los cardos que las han parido.  Los olivos agitan sus ramas en un gesto de despereza mientas se desprenden de la película blanquecina que tenían adherida. Una sequía prolongada durante meses ha pintado el campo de amarillo. El polvo no deja ver el horizonte.
La huerta está dando ya las últimas boqueadas. Ya no se escuchan las voces y gritos de los chiquillos mientras se zambullen en la alberca. Ahora sus voces se han trasladado a los patios de los colegios, y ya no volverán hasta el verano siguiente, más concretamente para cuando la huerta dé los primeros pepinos. El chorrillo de agua que continuamente cae en la poza produce ahora un sonido más triste si cabe que en las frescas mañanas veraniegas; sobre su superficie navegan hojas secas y mustias, y es que los árboles frutales empiezan a desnudarse. El melocotonero es una explosión de color; sus hojas verdes oscuras se tornan rojas antes de pasar al amarillo de su muerte. Los girasoles fueron ya hace tiempo decapitados y de sus troncos enervados emergen algunos brotes con flores amarillas, pero anárquicas y desobedientes al astro rey. La higuera también ha dejado de dar sombra mostrando ya el gris en algunas de sus ramas más altas, asimismo sobre el ruedo de su copa se baten en retirada por el viento un colchón de hojas secas produciendo un sonido extraño. Las hortalizas dejaron ya de dar sus frutos y aunque sus tallos sostienen algunos como los pimientos y tomates, estos son ya deformes o diminutos.
Empieza a llover. Al principio gruesas gotas golpean el suelo originando un sonido ronco en la tierra sedienta, aumentando sus acordes cuando rebotan sobre algunas de las pocas hojas que se resisten a morir en la higuera ya descrita. Luego, el olor a tierra mojada tan característico inunda el campo. Es un olor envolvente y agradable que a cualquiera le retrotrae evocando con ello tiempos pasados.
Sigue y sigue lloviendo conforme avanza la tarde. La lluvia que al principio caía con fuerza ahora lo hace con dulzura. Una neblina envuelve el difuminado horizonte, mientras se mecen por lo valles cortinas de lluvia regando los campos ansiosos.
Anochece y la huerta se llena de sombras mientras continua lloviendo.  El granado columpia al compás de viento algunos de sus frutos abiertos, mientras que la higuera ahora más desnuda deja ver algunos higos secos colgantes cual si fuesen murciélagos aletargados. Ha refrescado y no hay nada mejor que la lumbre para calentarse por fuera, que por dentro ya se encargará el vino del “país”, y esta noche habrá que apurar más de un vaso para celebrarlo. Utilizando un dicho popular: la noche se ha cerrado en agua.  
No hay mejor música en Torredelcampo que el fandango y la que producen las canales, y esta última si es oída en silencio, en el dulce silencio de la noche mientras se duerme. Mañana será día de migas. Días como estos también al calor de la lumbre se acostumbraba a hacer “ pleita” , “jareta” y “tomisa” . Aún quedan muchos que saben de este arte y que con mucho gusto se prestarían a enseñarlo a los de otra generación antes de que nos dejen.
 Sigue lloviendo. Ya lo dijo el hombre del tiempo que se aproximaba una borrasca, que traería vientos con aire, y lluvias con agua.

LA ESCUELA. UN MAESTRO, DON JACINTO.

                                                 D.Enrique Fernández Planet. Curso 52/53 Escuelas del Caminillo
                                                         
           

                                                   Doña Teresa y sus alumnas. Años 50. Escuelas del Caminillo 


                                                    Doña Anita y sus alumnas. Años 50. Escuelas del Caminillo.







Mi casa estaba muy cerca del grupo escolar, tan solo tenia que bajar la calle atravesar el puente del arroyo y  subir el Caminíllo. Subiendo por el conocido Caminillo, a la izquierda existía un altozano con algunos arbustos espinosos a los que llamamos "camproneras" que daba paso a una gran explanada que llegaba hasta la antigua carretera nacional. En el margen derecho existía un muro que circundaba toda la calle hasta llegar al depósito de cereales. Este muro servia para proteger una tierra de labor que estaba en una hondonada salpicada de algunas higueras.

Los colegios estaban ubicados en un edificio esquina  con la calle San José. Los de las niñas estaban a espaldas de los ya referidos pues hasta ahí llegaba el grado de ostracismo sobre los sexos.

Para entrar a mi escuela primero había que subir una amplia escalera de aproximadamente unos diez peldaños. En la primera planta a izquierda y derecha había sendas aulas, al fondo, estaba el patio con otras dos escuelas situadas a la derecha del mismo. Frente a las mismas estaban las letrinas. De la primera planta salía también un tiro de escaleras que comunicaba con la vivienda de la familia que limpiaba y adecentaba las instalaciones.

La clase de don Jacinto estaba al final del patio. Don Jacinto era un hombre entrado en años que se hacia de querer. Era delgado, de pelo canoso, de estatura mediana con algunas arrugas en la cara; de aspecto bonachón pero cascarrabias, y digo esto último porque cuando repetía alguna cosa lo hacia poniendo siempre mucho énfasis con una voz fuerte y grave pareciendo que estaba enfadado.
Los pupitres eran de madera bipersonales de tablero inclinado con un orificio en la parte superior para los tinteros, como también una hendidura para depositar los lápices. Debajo del tablero había una balda para dejar los libros. Los asientos de estos pupitres recuerdo que eran abatibles de tablillas.
Los primeros pupitres cercanos a la mesa del maestro estaban destinados a los alumnos más aventajados habiendo uno a su izquierda para aquellos dos que destacasen por encima de todos, de modo que existía una lucha para ver quién podía disfrutar de ese privilegio. Yo disfruté muchas veces de ese privilegio –si es que lo era-. También recuerdo a muchos de mis compañeros de clase, muchos de ellos hoy ya desaparecidos.  Por aquél tiempo íbamos casi todos con el pelo cortado al cero, los menos tan sólo con un pequeño flequillo y no es por moda como ahora, pero había dos razones para ello, la primera por higiene y la segunda el ahorro de cara al coste de la barbería. Algunos compañeros de clase tenían unos rodales blancos  que desprendían escamas como la caspa y que tal vez fuese tiña. Les untaban yodo, y para mitigar ese mal aspecto solían ponerse una boina.
Don Jacinto siempre procuraba estar atento a la puerta de entrada ya que al menor descuido se escapaba alguno a los que no les gustaba la escuela, y por consiguiente él se disgustaba. 
No recuerdo bien si fumaba o no aunque por su constante carraspeo que terminaba casi siempre con un golpe de tos, sospecho que si. 
Le gustaba pasar revista de manos y de uñas. Para tal menester ostentaba en la diestra una vara no muy larga puede que de mimbre o caña. ¡Tijeras, tijeras! decía al mismo tiempo que no daba unos pequeños golpes en los dedos que significaba  que había que cortarse las uñas, ¡jabón, jabón, jabón! dando a entender que había que lavarse las manos. Como iba de mesa en mesa algunos hasta que llegaba aprovechaban para con saliva quitarse alguna mugre.
Siempre que recuerdo a este buen maestro recuerdo a Machado:
       
                                     Una tarde parda y fría de invierno
                                     los colegiales estudian,
                                     monotonía de lluvia tras los cristales...

El recreo a media mañana lo disfrutábamos en el patio interior, aunque no teníamos restringida la salida a la calle. El el patio existía un pilón no sé para que uso y nos metíamos dentro empujándonos unos a otros. También jugábamos a las bolas o canicas pero lo solíamos hacer en el Caminillo, el suelo de esta calle era irregular y se adaptaba mejor a este divertimiento, ¡Titaso y palmo! gritábamos. A mi no se me daba mal, siempre tenia en mis bolsillos algunas bolas. Las más valiosas eran las cristalinas, claro que jugando con ellas las manos con el roce en el suelo adquirían un grado de suciedad tal que por este motivo don Jacinto muchos días nos lo reprimía de la forma que ya he descrito anteriormente aunque nuestras madres seguro que nos las limpiaban  al llegar a casa como la mía hacía con jabón y estropajo de soguilla.     
A veces recibíamos la visita del dueño del cine Moyuelo repartiendo entradas gratis. ¡Sorpresa!  A la hora de entrar teníamos que volver a casa a por un real, y la mayoría de las veces ponía la misma película: La Moza del Cántaro.
Los libros de texto que utilicé mientras estuve siendo su alumno recuerdo que fueron: El Catón Moderno, Hemos Visto al Señor, y por último el ya célebre Alvarez primer grado, libros estos con los que me forjé en esta mi primera escuela.
Recuerdo también cuando trajeron al colegio  unos bidones de cartón duro de aproximadamente veinticinco quilos  con un rotulado en el que se veían unas manos entrelazadas y al fondo la bandera de barras y estrellas, la misma que aparecía en las películas del oeste americano. Aquello no era otra cosa que leche en polvo. A partir del día siguiente de su recepción la señora que tenía vivienda en el grupo escolar y que cuidaba de la limpieza fue la encargada de calentar el agua a diario para posteriormente añadirle en justa proporción parte del contenido de aquellos envases cilíndricos con tapadera de metal cubiertos y protegidos en su interior con un saco de papel parafinado. Para mi era un calvario tomar aquella leche a pesar de llevar de mi casa en un papel un poco de canela molida y azúcar que le añadía para mitigar su desagradable sabor. No era así el queso que se degustaba por las tardes. Don Jacinto me mandaba a mi y a otro alumno a su casa a por las raciones. Estas venían en envases metálicos de color amarillo de aproximadamente cinco quilos. Dentro estaba el queso de color calabaza en porciones cortadas separadas en capas por papel también parafinado. El pan lo llevábamos cada uno de nuestra casa. 
 Algunas tardes era norma de obligado cumplimiento el asistir a catequesis a la parroquia –a la doctrina-. El párroco don Federico si respondíamos bien a las preguntas que nos hacia sobre el catecismo nos entregaba unos vales de color amarillo con puntos que íbamos guardando para luego con cierta cantidad de ellos entregarnos un juguete; juguetes los cuales guardaba en un armario de rejilla en la sacristía. Yo coleccionaba estos vales con mucha ilusión,  pero a pesar de tener una buena cantidad de ellos para mí no hubo nunca tal juguete. Sufrí una desilusión.
Cuando hice la primera comunión mis padres invitaron a la ceremonia a don Jacinto. Terminada la misma nos dirigimos a mi casa donde disfrutamos de un estupendo chocolate con dulces hechos por mi madre. Recuerdo que mi madre había adornado la casa con unas macetas de azucenas. Yo me sentí muy alagado con su presencia.
Tristemente le vi llorar un día. Ese día también lloramos muchos. Fue cuando perdió a su esposa.
El  respeto y cariño que he sentido por este hombre se ve reflejado en el sentimiento de algunos que también le conocieron y que me lo han manifestado cuando ha salido a colación en algunos de mis asiduos viajes al pueblo.
Personas así no deben caer en olvido en un pueblo como Torredelcampo. Lo menos que se merecía es tener una calle con su nombre. Pero hoy desde aquí si es que aún no tiene calle, yo le abro una avenida, la más amplia, la más recta... como así creo que fue su vida.
                   
Muchas gracias al maestro que me hizo amar a la escuela.




sábado, 1 de enero de 2011

LA PLAZA EN UN DOMINGO DE MI INFANCIA

                                                             Panorámica de La Plaza. Año 1958



         Me levantaría temprano; después de tomarme el café de torrefacto sopado con picatostes, me encaminaría al igual que otros muchos a  Misa de los chiquillos, que era una de las primeras que se celebraban los domingos.  La misa en latín, seria oficiada por algunos de los sacerdotes: don Federico, don Lucas, o puede que don Manuel. Cómo era perceptivo por aquél tiempo la oficiaban de espaldas hacia los fieles. Mientras duraba la ceremonia, el sacristán, al que se le conocía por el apelativo de sorchantre procuraba poner un poco de orden y silencio entre la chiquillería, sobre todo cuando el monaguillo vestido con faldón rojo y roquetes blancos, hacia sonar repetidamente la campanilla durante el acto de la consagración. Los niños estábamos en un ala de la iglesia, y las niñas en otro. Mientras duraba esta parte de la liturgia, de rodillas, y en el más completo silencio, yo observaba a los de la fila de delante, ya que algunos de ellos mostraban en su cabeza rasurada, las heridas de guerra producidas por alguna pedrada. 
         Ya en la calle, el jolgorio. Con dos gordas y una perrilla en el bolsillo, es decir un real, el cual seria todo mi poder adquisitivo de la semana, junto con los amigos, trataría de gastarlo. El puesto de la esquina de Correos, uno de nuestros lugares de avituallamiento, era una tentación por sus cañamones, y mistones de color rojo, que hacíamos explosionar golpeándolos con una piedra. También, si el capital daba para más, puede que lo empleara en comprar algunas majuletas con canute.
         La plaza había sido poco tiempo atrás restaurada. El pavimento lo habían puesto de baldosas de cemento cuadriculadas, y agachados los chiquillos desde un extremo de la misma lo veíamos brillar. Se decía que durante el periodo de obras, y en la esquina que da a lo que hoy es una entidad bancaria, se habían encontrado restos humanos.
         Además del real en el bolsillo, yo procuraba llevar algunas bolas, muchas de ellas cristalinas, para jugar en el Valverde, en los aledaños del cine, al titaso y palmo, mientras esperaba entrar a la función del matiné. Allí se intercambiaban prospectos y tebeos. A mi me gustaban los de Roberto Alcázar y Pedrín,  y del  F.B.I., con sus personajes de Jak y Bill, además de El Guerrero del Antifaz. Tebeos que había que leer a espaldas de nuestros padres, dado que su lectura era sinónimo de perder el tiempo. Terrible equivocación.
         En la plaza mientras tanto, el desaparecido y siempre recordado maestro Pancorbo con su banda de música, deleitaba la mañana a los sones de: El Gato Montés, Barcarola, Amparito Roca, o el vals Sobre las Olas entre otras.
         La Peña con su toldo de color dorado enganchado desde la fachada a los postes metálicos encajados en la plaza, resguardaba bajo sus sombras en la calle a los tertulianos.
         Al mediodía la plaza quedaba desierta, y ya no volvía a tener vida hasta el anochecer, pero antes, a media tarde, era cuando aprovechaba Juan Diego para regar  las plantas de Los Jardinillos con aquella manguera de punta afilada de metal amarillo que escupía agua a presión, mientras los chiquillos le gritábamos aquello de: “Juan Diego rieeeega y aquí no llega”. Él, a intervalos,  y siempre de improviso, apuntaba hacia nosotros, para de inmediato salir corriendo todos en tropel, mientras tratábamos de esquivar  en nuestra huida el chorro y el sin fin de cascotes de los cántaros rotos esparcidos alrededor de la fuente colindante: Los Caños. Éste hombre era el que regaba y cuidaba los dompedros, y los boneteros; estos últimos aún no habían aprendido ni tan siquiera a dar sombra cuando él ya los cuidaba. Lástima que hayan desaparecido; sospecho que tal vez fuera porque sabían de muchas confidencias hechas bajo sus sombras, pero antes de estos crecer, las únicas sombras eran la de los árboles de bolicas, -también desaparecidos- aquellos que por primavera se visten de flores olorosas de color lila, que daban sombra frente al bar de Casa Jesús, y que lamento no poder definirlos por el nombre por el que se le conozca en botánica.  Yo sé quien hizo los hoyos para que esos árboles tuviesen vida, y sé los motivos por los que los hizo. Paso a contarlo ya que es una anécdota muy curiosa:
          Resulta que la persona en cuestión una noche había bebido más vino de la cuenta; puede que de aquel vino de barril de bodegas Maroto o Morenito, y no se sabe, si condicionado por su estado ebrio, o más por su incontinencia urinaria, el caso es que ejecutando la faena, llegó la autoridad, y sin aviso previo, recibió tal bofetada, que de la misma, él recordaba que más parecía que le habían golpeado con un hierro que con la mano. A continuación mezcla de su estado y del golpe recibido ya que quedó semiinconsciente, le fue casi imposible a él, y tuvo que ser el municipal el que hubo de retornar a su nido aquella implacable regadera. Pasó la noche en el ayuntamiento. Al día siguiente como no pudo pagar la sanción Paco El Inspector -El Lipertor-, le condenó a hacer los hoyos referidos. Esos árboles también servían para dar sombra a aquellos clientes del bar antes mencionado en las tardes veraniegas.
         Al declinar la tarde, de forma paulatina la plaza se iba llenando de gente joven que iban paseando de arriba abajo una y otra vez como autómatas. Era lo más parecido a una manifestación, pero sin pancartas ni nada que revindicar.  Era la discoteca de entonces. ¿Cuantos se conocieron, se enamoraron y nos enamoramos en esa plaza?  Paseo arriba, y paseo abajo, así hasta poco antes de la segunda función del cine. Llegada esa hora, era cuando el hombrecillo de la ruleta, -el que se llevaba el dinero de los chiquillos jugando al tio o la tia-, recogía el catrecillo y su artilugio rudimentario de clavos con prospectos de figuras de hombres y mujeres adheridos a la tabla, y la plaza quedaba en silencio. Entonces ya se podía oír con absoluta nitidez las campanas del reloj de la iglesia ahogados sus ecos anteriormente por el murmullo del gentío.        
         Llegado la feria, sobre un tablao improvisado, la animadora amenizaba y caldeaba el ambiente, mientras que en las revueltas del pasodoble enseñaba sus piernas, resonando al unísono los olés de los mirones que esperaban con expectación ese momento.
         Algunos chiquillos nos colábamos bajo el tablao en un descuido del municipal, para presenciar el espectáculo de forma más cercana, mirando por entre las aberturas de las tablas. 

         Así era nuestra plaza de los años cincuenta.