domingo, 13 de enero de 2013

EL ADIÓS A UN MAESTRO DE ESCUELA. EL ÚLTIMO ADIÓS AL HIJO DE MI MAESTRO.

Escrito el día de su entierro.

Querido maestro:

         Hasta aquí, mi residencia lejos de Torredelcampo, me han llegado esta tarde los ecos tristes de las campanas de nuestro pueblo. Campanas las nuestras -como ya dije en otra entrada de este blog- que saben llorar y de qué manera, cuando lloramos, acompañándonos en nuestro dolor con sonidos lentos y tristes que invitan al sollozo. Ellas, siguen derramando desde la altura su eco lastimero que el viento hace llevar y mecer hasta los más recónditos rincones, cuando alguien se nos va.  Hoy su sonido es más triste aún. Tocan a muerto por un maestro de escuela, por el hijo del que fuera mi maestro, por don José Rubio.
         Hoy, antes de darte mi adiós definitivo he querido dialogar contigo. Lo hago tuteándote, porque tú sabias que el respeto que me infundías me obligaba a no utilizar este tratamiento, pero por ser esta la última vez que converso contigo, no me creas por ello un irrespetuoso.
         Recuerdo nuestra última conversación por teléfono unas semanas antes de la Feria. Estabas convaleciente, internado en un hospital de Granada. Yo te animé, y te dije que como otros años nos veríamos en la Procesión de Nuestra Patrona Santa Ana. La charla fue corta, pero no noté señal alguna de falta de discernimiento en tus palabras, ni que las mismas bordeasen ni una sola vez el mundo brumoso de la sandez o el despropósito.
          Faltaste a tu cita en la procesión, y yo también, pues el día de Santiago sin esperarlo, es decir de sopetón, me invitaron a ser huésped de un hotel aquí en Madrid, de las mismas características que en el que tú te alojabas en Granada. Unos de esos tantos hoteles donde el personal para más señas va uniformado de blanco. Mis vacaciones allí fueron cortas, las tuyas duraron más. Después te llamé a tu móvil en repetidas y reiteradas ocasiones, y siempre obtuve un silencio como en el que a partir de hoy gozarás para siempre en tu nueva morada.
         Sé querido don José, que otros podrán glosar tu figura con mucho más mérito que yo, aquellos más entendidos en dibujar la palabra con las letras, y otros también, los que te hayan acompañado en el día a día durante el tiempo que duró tu recto peregrinar en este mundo, pues yo al llevar ausente más de dos tercios de mi vida viviendo en tierra prestada fuera de nuestro pueblo, eso, me impidió haber ocupado una parte de tu vida personal, cosa que lamento.  Sin embargo, debo de entender, que ahora estarás más cerca aún de todos los que te conocimos, pues la muerte es solo un paso a un mundo, al cual todos llegaremos un día.
         Espero que ahora estés, en el lugar adonde van las buenas personas como tú lo has sido. Yo, mientras tanto, seguiré haciendo méritos para algún día reunirme contigo, y si allí hay escuela, dile a tu padre que deje un pupitre vacío para cuando a mi me llamen, pues prefiero su escuela o la tuya, aunque tenga que beber leche en polvo como la que nos daban entonces en el colegio.
         Hoy cuando te han dado sepultura me han dicho que la tarde ha sido fría, como muchas del invierno que nos envuelve, al igual que aquella tarde parda y fría de don Antonio Machado, que en homenaje a ti quiero recitar:

Una tarde parda y fría de invierno.
Los colegiales estudian.
Monotonía de lluvia tras los cristales.
En la clase. En un cartel, se representa a Cáin fugitivo, y muerto Abel, junto a una mancha de carmín.

Con timbre sonoro y hueco, truena el maestro,
un anciano mal vestido, enjuto y seco,
que lleva un libro en la mano.

Y todo un coro infantil va cantando la lección:
mil veces ciento, cien mil;
mil veces mil, un millón.

Una tarde parda y fría de invierno.
Los colegiales estudian.
Monotonía de lluvia tras los cristales.

         Ahora, se habrá hecho silencio en tu escuela. En aquella desaparecida del Caminillo que heredaste de tu padre, mi siempre recordado maestro don Jacinto. Sé que hoy estarás gozando de su compañía, y que tal vez ya le hayas hablado de mí, de aquél alumno que sigue recordando aquella vieja escuela de pupitres bipersonales, de asientos abatibles con el tablero inclinado, donde recibíamos parte de la enseñanza a golpe de cánticos como en la escuela de Machado: Dos por dos cuatro, dos por cuatro ocho. Y los días de la semana son... y los meses del año, empleando para ello aquél soniquete tan especial.
         Le habrás dicho a don Jacinto que ahora las cosas por aquí no andan nada bien, incluida la enseñanza, y que aunque es cierto que a la hora de sumar, de veinte nos seguimos llevando dos, hay algunos que se quedan con las dieciocho restantes. Son los de siempre.
         Adiós don José. Este año como todos los años te buscaré en la procesión de nuestra Patrona Santa Ana, o tal vez releyendo tu pregón, donde comentabas aquellas romerías muy pobres de nuestros tiempos, de tan solo bota de vino colgada al hombro, y de sombreros de paja trenzada.
         Adiós amigo, pues aunque poco nos hemos tratado, se que compartíamos muchas cosas, entre ellas dos muy importantes: la de sentirnos orgullosos de ser torrecampeños, y otra, la de la fe en nuestras creencias religiosas.
         En la esperanza de que estés allí donde mereces, no me queda nada más que, desde la lejanía, situarme en la ermita, e implorar a los pies de Nuestra Patrona Santa Ana para que te enseñe y te guíe a encontrar el camino hasta donde está el Padre. Seguro que ya estarás con Él.
Descansa en paz. Que así sea.


jueves, 20 de diciembre de 2012

EXTRAÑA NAVIDAD


        Aquél abuelo solía sentarse en uno de los bancos del parque de nuestro pueblo. Atrás quedó el tiempo de tertulias que durante años en ese mismo lugar bajo la sombra de un nogal en el verano, y también arropado por los lánguidos rayos de sol en invierno cuando el árbol se desnudaba, acostumbraba a departir con amigos casi a diario. Amigos que se fueron yendo poco a poco; algunos sin avisar. Hoy después de mucho tiempo, en las puertas del invierno, se ha sentado nuevamente en aquél banco. Lo ha hecho después de quitar las hojas amarillas y mustias que lo tapizaban. Se ha sentado con las manos apoyadas en su inseparable bastón, pero antes, ha inclinado la gorra con la que se cubre la cabeza hacia su cara, casi ocultándola, no porque le estorbase el sol, sino para que nada ni nadie pudiesen perturbar sus pensamientos, o puede que fuese esta la mejor manera de disimular sus lágrimas.
Antes de poner en orden sus ideas, una ráfaga de viento le distrae y ve como el aire arrastra una buena parte de las hojas que alfombraban sus pies; otras en cambio juegan en pequeñas carreras arriba y abajo del pavimento del parque a merced de pequeñas bocanadas de viento. Ninguna de esas hojas le ha dado a él sombra este año, pues no volvió desde que sus amigos se marcharon al abrigo de otro parque, aquél  que ningún niño va a jugar y en el que sólo existen algunos contados árboles de afilada silueta que se erigen buscando el cielo.
Sentado, aprieta sus dos manos sobre el bastón y piensa que a él no le hubiese importado marcharse también cuando se fue el último de sus amigos, aquellos que le ayudaban a mantener vivos los recuerdos de un tiempo que pasó. Por recordar, recordaban algunas veces hasta el olor del hambre, pues el hambre es aliada de la miseria, y la miseria de lo putrefacto. En otras ocasiones, solían rebuscar entre el polvo de sus recuerdos sus tiempos como emigrantes en extraños lejanos y fríos países europeos, donde para llegar a su destino lo hacían en trenes muy lentos que parecían aumentar y multiplicar más aún la distancia con su querido pueblo. Aquellos años de exilio y de trabajo lejos de la familia, que le sirvió a él para comprar la casa donde desde entonces vive en el pueblo.
Hubo un tiempo que no le hubiese importado que le hubiesen llevado a hombros hasta el lugar donde se encuentran sus amigos. Pero su más ferviente deseo por ahora es retrasar en todo lo posible su último viaje, hecho por el cual se cuida más que nunca, y si alguna vez se había sentido en el seno familiar un estorbo, desde un tiempo atrás se siente muy importante, digamos, el protagonista principal de la obra trágica que desde años atrás se cierne sobre su hogar.
Su hijo era albañil. Trabajó durante muchos años en la construcción siempre a destajo, o por trabajos acordados. Ganó mucho dinero. Cambió de casa tanto como de coche, siempre superando y mejorando lo anterior. Su nivel de vida iba aumentando como así el del círculo de sus nuevas amistades. Cenas, escapadas, vacaciones caras a países lejanos y exóticos con un despilfarro tal que en muchas ocasiones el abuelo se lo reprochaba. Sus palabras de respuesta del hijo siempre eran las mismas: <<¿Tú crees que vamos a volver a los tiempos aquellos, en los que te tuviste que ir a Suiza para poder comer?>>  Su nuera era igual: <<Ya está el abuelo con el mismo latiguillo, solía repetir>>.
Hace  años, su hijo creó una empresa y se dedicó de lleno a la construcción. Compraba terrenos caros y vendía los pisos más caros aún enseñando el plano, y no el piso piloto debido a la demanda. Se sentía un dios, siempre rodeado de una cohorte de palmeros y chaqueteros.
Pero llegó algo malo que el abuelo presagiaba con sus repetidas frases: <<no se donde vamos a llegar>> <<esto no puede seguir así>> <<esto tendrá que explotar el día menos pensado>> Y llegó la gran explosión: La crisis. La maldita crisis, esa que dura y que perdurará mucho más aún. Y con ella llegaron las desgracias.
Ahora su hijo vive con él en su casa. También su nuera y su nieto de veinte años. El banco se quedó con todos los bienes que amasó durante la época de bonanza. Adiós a aquella mansión con piscina y nevera siempre llena donde acostumbraba con sus amigotes y esposas en veladas hasta el amanecer a zambullirse repletos de güisqui en la piscina. Ya nadie le visita. Tan sólo los acreedores. Está sumido en una profunda depresión hecho que le hace no salir a la calle y no comunicarse con nadie. Tiene cincuenta y cinco años y es autónomo. Todos ellos viven ahora en su casa a costa de su pobre pensión de poco más de ochocientos euros. Por eso quiere vivir mucho tiempo aunque sea sufriendo. Toda su vida fue así, un puro sufrir, y ahora, al final de ella, su sufrimiento es mas gravoso, pero él sabe resistir. ¿Acaso no está curtido de tantas puñaladas como la vida le dio? Se dice y se da fuerzas para sí.
Pero hoy su nieto le ha partido el alma. Su nieto, al que quiere con locura es un pedazo de pan. Dejó los estudios y trabajó con su padre los últimos años. Sabe algo de albañilería, también de electricista y fontanería. Hoy lo ha encontrado en su cuarto llorando. Con voz entrecortada al tiempo que lo abrazaba le preguntó el motivo. Pensó que tal vez fuese porque no tenía dinero para salir, aunque él, a espaldas de la abuela acostumbra a darle siempre los fines de semana algún dinero para que alternara con los amigos, aquél dinero que reservaba para tomar algún café y que nunca se tomaba. Pero este hoy no era el caso. Su nieto le ha dicho que cuando pase la navidad se marcha a trabajar a Canadá, porque allí hay trabajo para los que entienden en el ramo de la construcción. ¿Su nieto, emigrante como él lo fue? ¡Que desgracia! Y se pregunta: ¿de qué me ha valido trabajar tanto, si lo único que le voy a dejar a mi nieto es la maleta de emigrante?  
Por eso hoy está en el parque. Para pensar, y lo hace solo. Quiere analizar si él es culpable por algo que hizo o dejó de hacer hasta llegar a la situación en que se encuentra su hijo y su familia. Reflexiona: Según dicen todo es culpa de los políticos y de los bancos, -le corrijo, las Cajas- aunque para él la culpa la tienen los de siempre: los ricos. Estos, se vieron desbordados por muchos ricos nuevos como su hijo y han vuelto otra vez a ejercer su supremacía. Ellos son pocos, pero muy poderosos, los mismos que desde siempre han movido los hilos del mundo para seguir enriqueciéndose cada día más a costa de seguir oprimiendo a la humanidad. Por culpa de ellos tuvo que emigrar él un día, y ahora pasados los años lo va  hacer su nieto, aunque retorna a pensar que por qué en esos países adonde la gente emigra y también les afecta la crisis no pasa como en el nuestro, y piensa que tal vez sea porque hayan estado mejor gobernados, y vuelve a pensar, a pensar, a pensar... buscando más culpables, y encuentra un sinfín de ladrones que han esquilmado las arcas del estado, y para de pensar porque llega a la conclusión que tal vez si ahonda más en  pensamientos tan preocupantes llegue a especular de que su pensión peligre, y eso si que seria para él una circunstancia más que lamentable.
Rumia y especula ¿Volverán los ricos a distinguirse por tener el pescuezo largo como antes? En su niñez ya se diferenciaban, por ello cuando preguntaban a los niños de los ricos: ¡Niño! ¿Que vas comer? Estirando el cuello y ejercitando el músculo todo lo posible contestaban: ¡Chicha! En cambio los otros niños como él a la misma pregunta encogían la cabeza entre los hombros y decían: No sé. Por eso los del pescuezo corto para él siempre han sido salvo raras excepciones los pobres –este que escribe presume de "pescuesillo" corto-.
Pero esta noche es Nochebuena y ha encargado a la abuela –su mujer- que sea una noche... eso, pues buena, y que a pesar de las circunstancias por las que atraviesan que aparte del asado y otras viandas, compre también algunos mariscos. ¡Que co..j..nes!
En sus tiempos de posguerra recordaba que cuando alguien comía mariscos era porque uno de los dos estaba malo. ¡Que tiempos!
Se levanta y regresa a casa. En el camino se encuentra a grupos de niños cantando villacincos y tocando panderetas ¡Pero mira como beben los peces en el río...! repiten, una y otra vez.  Él también beberá y celebrará esta noche la Navidad, tratando aunque sea con una sonrisa alquilada contagiar a los demás, pero el Feliz Navidad a los suyos, ése, le saldrá del alma, pues será muy sincero.  
El mismo deseo del abuelo, lo hago extensivo a ti, y a todos los tuyos. 
                                              PAZ Y BIEN AMIGOS
En fin, todo esto es ficción. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, aunque sospecho que abuelos como estos hay muchos, los cuales celebrarán la Navidad con la esperanza de que la misma nos traiga a todos: Paz, trabajo y amor.
Pd.
Queridos torrecampeños, amigos y demás blogueros, he querido buscar otra historia menos triste para desearos Feliz Navidad, pero tal y como están las cosas no me ha salido otra mejor... tal vez cuando las circunstancias mejoren dentro de veinte o treinta años... allí estaré yo y lo celebraremos...  en el otro parque, el de contados árboles de afilada silueta que se erigen buscando el Cielo...

                                 

jueves, 29 de noviembre de 2012

JUEGOS SIN JUGUETES


Observo a mis nietos mientras juegan. Están rodeados por un sin fin de juguetes; cacharros la gran mayoría de plástico que no son otra cosa que trastos, los cuales buena parte de ellos sólo sirvieron para distraer su atención escasamente unos minutos el día de su estreno, para después permanecer arrinconados, olvidados, y  tal vez creo  no vuelvan a tener vida   –sino la tienen por la noche como en el cuento El soldadito de plomo de Hans Cristian Andersen- hasta cuando otro niño irrumpa en la casa como visitante y pretenda despertar a alguno de ellos de su letargo, y es entonces cuando comenzará la disputa por el juguete despreciado.  Cosas de niños.
Yo también fui niño, y como tal también jugaba, aunque en mis tiempos éramos muy pocos los que podíamos acariciar un juguete. Yo nunca lo tuve. Siempre me regalaban un jersey -en nuestro pueblo saquito-, o bien unos guantes de lana o una bufanda –tapabocas- Entonces, los pocos juguetes que existían en el mercado eran de cartón o de madera; también estaban los de metal y de plomo, como los soldaditos antes referidos. El plástico si estaba inventado, aún no había sido introducido en el mercado, aunque algunos productos ya eran fabricados por prexiglás, algo muy innovador por aquellos tiempos y que en nuestro pueblo lo conocimos como persirlás. Los de mi edad recordarán aquellos cinturones transparentes que las personar mayores manoseaban con la misma admiración que un indio un espejo.
Pero entonces, se preguntarán algunos, ¿con qué jugábamos?, y ahí está el quid de la cuestión: jugábamos usando nuestra imaginación. Sí, porque usando nuestra fantasía, una lata de sardinas, –había que saber quién la comía para que nos la reservase- esa lata, arrastrada con una cuerda, era para nosotros un coche o un camión cuando la llenábamos de tierra.
Las charpas de las cajas de cerillas eran un tesoro que coleccionábamos para luego como el mejor trofeo nos las jugábamos a las bolas –canicas- o soltando los cartones desde una pared a una altura convenida, cuando llegaba la charpa al suelo y caía sobre alguna de las que en el mismo reposaban desperdigadas, el que lo lograba se quedaba con todas.
También confeccionábamos juguetes a base de navaja. La materia prima era siempre una tabla o listón que luego con mucha paciencia íbamos dándole forma hasta conseguir aquello que queríamos. Así, a las espadas se les afilaba la punta cuanto más mejor –qué error- y sobre todo se las adornaba con pintura su cruz y empuñadura. Igualmente nuestros revólveres los dibujábamos primero en la madera hasta conseguir lo más parecido a un Colt 45 como los que usaban los protagonistas de las novelas de Marcial Lafuente Estefanía. Para fabricar el arco y las flechas, nos nutríamos de los olivares adonde íbamos a por varetas. Aquellos que lograban tener tres cojinetes o rodamientos eran unos privilegiados ya que con unas tablas podían fabricar un patín. El lugar de entrenamiento y de carreras con los patines siempre era la cuesta del Camino de la Estación.
Las medias de nuestras madres rellenas de papel o borra hechas un ovillo amarradas con cuerdas, eran nuestros balones para jugar al fútbol. Tenían de bueno que estas nunca se pinchaban.  Los trompos los fabricaba al trueque Matías, el carpintero de la Puerta de Martos, pues teníamos que llevar un palo de olivo, que por lo normal solíamos quitar en un descuido a quién estaba metiendo leña desde la calle a su casa. 
Seria interminable reseñar cada uno de nuestros artesanos e improvisados juguetes de aquellos tiempos de mi niñez, pero no cabe duda que nos divertíamos con ellos mucho más que cualquier niño de los de ahora con toda una selva de juguetería en su casa; juguetes muchos de ellos con tecnología tal, que vemos elevarse y volar un helicóptero o un avión en miniatura. Los aviones que nosotros fabricábamos eran de papel y se lograban sostener unos segundos en el aire después de echar nuestro aliento sobre su picacho.   
Habrá quienes piensen que me gustaría ver jugar a mis nietos sin juguetes tal como yo lo hacía en mi infancia. No. Repito: no, pero el ingenio y la fantasía se aguzan desde la más tierna edad con la sencillez y no con la desmesura.
Cuentan que a un niño le regalaron un juguete caro y que de inmediato lo relegó para jugar con la caja del embalaje.
En fin, como alguien dijo: Somos lo que fue nuestra niñez.
A propósito...yo cualquier día tendré que ir a buscarla. Si alguien la ve decirle que espere. Iré antes de que se me haga de noche.

             

martes, 30 de octubre de 2012

MI CALLE

Hoy he querido adentrarme en el desván de mi ordenador para abrir una carpeta que desde hace tiempo no descorría su pestillo, la de la música. No ha chirriado la puerta de la buhardilla, ni he tenido que limpiar con una gamuza el disco de vinilo antes de ponerlo en el picú. Sólo he tenido que poner a funcionar el reproductor de música y al azar ha sonado una canción de mis tiempos que me ha servido para recordar.
Sí, recordar, porque me han dicho que es bueno evocar las emociones placenteras del pasado, ya que estas nos pueden ayudar a levantar nuestro estado de ánimo cuando por circunstancias, con o sin motivo aparente, andamos desalentados. 
La voz de Nino Bravo de la versión que hizo de: Mi calle tiene un oscuro bar  de los Lone Star resuena, y su letra me traslada a otros tiempos, a mi calle, a la calle donde di mis primeros pasos, donde viví hasta que llegado un día mucho antes de hacer la mili me ausenté con la esperanza de que fuese por poco tiempo y aún sigo aquí, en esta mi tierra adoptiva madrileña , y lo que te rondaré morena.
Por aquella calle de mi infancia no transitaban los carros como en la de la canción, ni tenia bar, ni húmedas paredes, ni los chiquillos iban descalzos sin salud, aunque sí con alpargatas rotas, y con la salud que el panaseite amparaba y protegía.
Lo primero que recuerdo de ella era el lodazal que se formaba cuando llovía, agravado por el tránsito continúo de las caballerías. Algunos vecinos por su cuenta solían echar ripios de las obras para solucionar el barrizal. Así yo recuerdo a mi padre esturreando el escombro y luego pisón en mano compactándolo, pero muy a pesar de ello unas de las cosas más necesarias que había que tener en una casa era el rondero o estera para restregarse el barro del calzado antes de entrar en la casa.
Desde donde comienzan mis recuerdos no había en mi calle nada más que unas cuantas casas, el resto eran solares. Algunas edificaciones sólo tenían construido nada más que una parte, la de atrás, lo que se daba en llamar medio cuerpo, pero luego más tarde, a medida que el propietario disponía de dinero obraba el resto hasta llegar con la construcción a la aún imaginaria acera, lo que significaba mermar el territorio para los juegos a los chiquillos como yo.
Calle pobre de luz en aquellas noches invernales. Tan sólo una o dos humildes bombillas se bamboleaban a veces al compás del viento mientras que éste arrastraba el humo de las chimeneas formando una neblina con olor a algún guiso. En los veranos las buenas gentes de mi calle salían a tomar el fresco a la puerta de la casa y allí los vecinos estaban de tertulia hasta bien entrada la noche mientras se refrescaban a golpe de tragos de agua de botijos de barro.
Recuerdo que estando aún las casas sin agua corriente, a últimos de los años cincuenta, el Ayuntamiento comenzó la instalación. Unas de las primeras calles en tener ese privilegio fue el Camino de la Estación. Era tal la necesidad y el deseo de disfrutar de ese servicio que los vecinos de mi calle hicieron las zanjas entre todos ahorrando a las arcas municipales el coste de la mano de obra.
Un año nevó muy copiosamente, tanto que para poder transitar por la calle entre todos los vecinos hicieron una zanja apartando la nieve a un lado y a otro de la improvisada trinchera. ¿Cómo nos divertimos los chiquillos? Lo más triste fue el ver como algunos atrapaban a los gorriones en las “costillas”, ya que como la nieve tardó mucho en derretirse, el sustento de las aves quedó durante algunos días arropado por el manto blanco, y los pobrecillos por su hambre caían en la trampa que les ponían aquellos que posiblemente tuviesen sus estómagos más vacíos que los de los infortunados gorriones. 
La calle Juan Pulgar, fue mi calle, la calle que he guardado siempre en el cofre de mi memoria, donde dejé hueco suficiente para albergar los buenos recuerdos que tengo también de aquellos mis amigos con los que compartí mi infancia. Recuerdo cada uno de nuestros juegos, y aquellos “juguetes” diseñados por nosotros con los que nos divertíamos, pero de todo ello escribiré otro día, porque el retrovisor de mi memoria a veces se empaña como hoy, y más en este tiempo otoñal propicio a la niebla.       
Nací en la calle Oscura, -según la RAE oscuro significa: que carece de luz y claridad-, como la letra de la canción que he mencionado: Vivo en un lugar donde no llega la luz. Con pocos días mis padres me llevaron a la calle que he relatado, mi calle llamada Juan Pulgar, esquina con Camino de la Estación y San Francisco. ¡Que gratos recuerdos guardo de ella!
        

domingo, 16 de septiembre de 2012

PERTINAZ SEQUIA


A Josefina Armenteros Rubio
Septiembre 2012


No quiero ver los olivos sedientos de mi pueblo abrasados por la calma de siestas y soles, de noches tórridas, donde hasta la luna me han dicho pide agua para poder dormirse.

Quiero ver el cielo cubierto de nubes negras, de nubes grises y plomizas, y a vencejos volando muy alto, casi bebiendo en esos nublos.

Quiero que la brisa de las nubes arrastre remolinos de polvo, polvo de los caminos, polvo de los olivares y hasta el polvo de aquellas eras.

Quiero ver cómo el viento de alguna tormenta mueve los cardos secos de los caminos y despierta a los vilanos elevándolos en su viaje sin retorno hasta el cielo infinito. 

Quiero oler a tierra mojada y llenar con su fragancia mis pulmones, y que ese olor reparador, me transporte en el tiempo a otros tiempos vividos en mi pueblo.

Quiero que las grietas del olivar se inunden con el agua caída, y curen y tapen las cicatrices profundas de nuestros campos sedientos.

Quiero que una lluvia mansa, casi adormecida acaricie los tejados de mi pueblo en noches de canales y días de migas.

Quiero ver a gentes corriendo por las calles, y algún paraguas volando, y a ninguna golondrina hasta el mes de marzo.

Quiero desde el Cerro, ver a mi pueblo envuelto entre la bruma y la neblina, y no por el flamear infame de la canícula.

Quiero que los pinceles de la lluvia restauren el color de los olivares, y borren el ocre pálido de muerte que la sequía les pintó.

Quiero que llueva otra vez tras los cristales de aquella escuela de Machado, en tardes pardas y frías.

Quiero que lluevan jornales y agua virgen extra en mi pueblo.

Sí, quiero que llueva dulcemente sobre los campos de mi pueblo, campos de mi niñez, campos con sed de trabajo, con sed de tanto... campos de Torredelcampo.

miércoles, 15 de agosto de 2012

MATALAHÚGA O MATALAHÚVA

    

En mi niñez, después de la feria y de la recolección de los cereales, durante los primeros días del mes agosto, se recolectaba la matalahúga o matalahúva. Se hacia bajo palio para guarecerse del sol –cuatro palos clavados en el terreno sirviendo un faldeo de colgadura-  en la misma tierra donde se cultivaba, de esta manera se procedía a su desgrane golpeando a las panochas ya secas con un corcho, al tiempo que su simiente caía en otro faldeo o paño tendido en el suelo.
         Para mi era lo mejor que mi padre podía sembrar ya que me gustaba todos y cada uno de los trabajos que se realizaban hasta llegar al desgrane ya explicado.
         Se sembraba durante el mes de marzo o primeros de abril. El proceso de su siembra se realizaba inmediatamente después de arar el terreno, ya que su simiente al ser tan diminuta no podía enterrarse muy profunda; es decir, tenia que esparcirse sobre la superficie arada y posteriormente enterrarla mediante el proceso de allanado del terreno que consistía en arrastrar sobre   la tierra recién movida sirviéndose de una caballería, el timón del arado -injero- al que se le colgaba algunas ramas de retamas. Así la tierra quedaba igual que si un albañil la hubiese alisado con la plana.
         Pasado un tiempo, para primeros de mayo, las incipientes plantas ya apuntaban con una o dos hojas pequeñas. Era el momento del pinzado, pues había que ayudar a la siembra a quitarle con los dedos todas las malas hierbas, y para no herir a las aún frágiles y quebradizas plantas, se hacía calzándose unas alpargatas, aquellos que no lo hacían con albarcas. Si el mes de mayo era lluvioso la cosecha estaba casi asegurada, ya que la matalahúga es una planta muy agradecida al agua. Antes de su floración, a últimos de junio, había que haber escardado la plantación con el almocafre al menos dos veces. Ya para esas fechas los apicultores andaban prestos a instalar sus colmenas cerca del campo de matalahúga, porque según contaban, la miel resultante era de una calidad extraordinaria. El grano de anís ya se dejaba ver en el mes de julio y poco después las panochas cuajadas de diminutos frutos llegaban a la sazón. Era cuando se arrancaban las plantas haciéndolas manojos, atados estos con una de sus más largas matas. Los manojos eran puestos al sol formando con ellos redondeles de al menos dos metros de diámetro y más de un metro de altura, a lo que le daba en llamar cabañuelas.  Las panochas besándose con otras panochas se iban amontonando al sol hasta llegado el momento de desgranarla, cribarla, y su posterior envase en sacos, que eran llevados hasta la casa del agricultor. Si durante el periodo de secado hubiese habido una tormenta, el grano adquiría con el agua un color negruzco y perdía por ello precio en el mercado.
         Las casas donde había almacenada matalahúga quedaban aromatizadas con el olor inconfundible de esta simiente. Yo recuerdo este aroma en casa de mis padres que duraba hasta llegado el momento en que su precio fuese razonable para la venta. Era cuando los marchantes se personaban con romanas para su pesado y compra.
         En aquella época si se preguntaba a algún agricultor qué es lo que se elaboraba con la matalahúga, ninguno podía dar una respuesta acertada, tan sólo que al oler igual que el aguardiente, decían pudiera servir para su obtención, y estaban en lo cierto. La Wikipedia lo corrobora y además amplia que se puede utilizar para favorecer la digestión, mejorar el apetito, aliviar los cólicos y también las náuseas entre otras cosas. Yo escuché una vez siendo pequeño que servia también para aliviar las sonoras e inoportunas ventosidades además de los ácidos regüeldos.
         Siendo chiquillo hice un cigarro de matalahúga envuelto con papel de estraza. A las dos o tres caladas la cámara donde estaba el granero empezó a bailar a mi alrededor y me estuve que echar al suelo para poder encontrar las escaleras de bajada. Recuerdo también que mi padre enterraba algunos melones arropados con sus granos, porque pasado un tiempo adquirían un sabor difícil de reseñar.
         Hoy ya no se cultiva matalahúga en nuestro pueblo puesto que todo es olivar. Por eso yo he querido hoy recordar los trabajos de producción, el provecho y la utilidad de una planta que añoro, no solo por su aromático olor, sino que echo de menos también aquéllos blancos mantos que adornaban y salpicaban el paisaje de nuestro pueblo mientras duraba su periodo de floración. Era precioso os lo aseguro.   
             

martes, 3 de julio de 2012

DESDE EL FUTURO

Junio. Año 2040

Del diario de uno de tantos.

         Querido diario:

         Mañana cumpliré cuarenta y cinco años, pero no espero regalo alguno, ni velas, ni tampoco tarta. En nuestra casa, desde hace muchos años nos hemos acostumbrado ya a ello, incluso mi abuelo. Pero el beso y el feliz cumpleaños, esos si los aguardo con ilusión. La primera en felicitarme como siempre será mi mujer. Yo me levanto el primero para preparar el desayuno a mis padres, y también el bocadillo de mi hijo Javier que cursa cuarto de bachiller. Sandra, mi mujer, será la primera en salir a trabajar. Ahora lo lleva haciendo desde hace unos meses en un supermercado como “reponedora”; pronto cumplirá su contrato y después a esperar nuevamente, meses, o años tal vez, otro trabajo temporal como el anterior; es licenciada en económicas y posee dos masters, pero nunca pudo ejercer su carrera por culpa de la crisis de principios de siglo. Después lo haré yo a llevar a mis padres en mi coche hasta su lugar de trabajo. Mi padre tiene setenta y dos años. Es funcionario y trabaja en el Ayuntamiento. Es querido y respetado por todos sus compañeros y eso me llena de orgullo. De camino llevaré a mi madre a su colegio. Es profesora de primaria. Mi madre, de la misma edad que mi padre, anda más torpe, ya que la tengo que ayudar a bajar del coche y asirla del brazo hasta llegar a su aula. Los alumnos la adoran. Se ganó el cariño de todos ya que supo desde siempre saber transmitir la enseñanza y el respeto al profesor. Pero se me parte el alma cuando a su edad tienen ambos que continuar trabajando. Si dejaran de hacerlo, la pensión sólo llegaría a cubrir la cuarta parte de los ingresos por los que hoy se abastece nuestro hogar.
         Yo acabé mi carrera de derecho a los veinticinco años, y tampoco pude ejercer. Desde que me casé vivo con mis padres, y ayudo en todas las tareas domésticas además de aplicar en lo que puedo mis conocimientos de geriatría. Algunas veces hago algunos trabajos esporádicos como el de jardinero cuando me avisan en el barrio, y poco más. En época de recolección de la aceituna también me desplazo muchos años al pueblo de mi abuelo Anselmo, al cual, de regreso a casa tendré que levantarlo, vestirlo y prepararle su desayuno. Tiene noventa y cinco años. Él me anima mucho. Me dice que durante su vida vivió etapas mucho peores, y me recuerda una y otra vez su posguerra de penurias vividas. Yo no pierdo la esperanza y rezo a Dios para que se solucione mi problema y el de muchos como yo, aquellos a los que desde principio de siglo nos bautizaron como “generación perdida”.

El que esto escribe reza también para que lo narrado nunca ocurra.