Los últimos días de octubre se marcharon entre la luz dorada y misteriosa de este otoño que evoca a los de mi infancia. Los primeros días de noviembre, desde siempre, han sido, y son para mí, lúgubres y mortuorios. Días tristes y melancólicos como eran los de antaño donde hasta las sombras parían miedos; días aquellos de lamparillas de aceite y candiles para las ánimas que necesitaban luz, adobado todo ello con chismes de mujeres viejas. Me sigue invadiendo la incertidumbre de todo esto, lo único cierto es que los muertos deben de odiar a la vida cuando ninguno regresa, y los vivos odiamos a la muerte.
viernes, 28 de noviembre de 2025
OTRA VEZ NOVIEMBRE.
jueves, 27 de noviembre de 2025
LA OLIVA DE FRASQUITO. (Así se le conocía a mi padre)
Cuento que presenté al IV Premio Internacional de Relato Corto sobre el Olivar, Aceite de Oliva y Oleoturismo convocado por Ferias de Jaén y organizado por la Asociación Cultural Másquecuentos, y que fue seleccionado por la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla para formar parte de un libro en formato digital de edición limitada con un interés académico y de una proyección internacional.
En la amplia
explanada de la almazara hizo entrada un autobús que sin ninguna dificultad
aparcó en una zona señalada para ello. El silencio habido en el lugar quedó
alterado por el griterío de niños que iban descendiendo del vehículo a pesar de
que uno de sus tutores con voces destempladas trataba de poner orden al
alboroto. La intensidad de la algarabía fue disminuyendo a medida que dos
gerentes de la entidad aceitera que
esperaban a los visitantes fueron acercándose al grupo. Después de que
estos saludaran a los dos profesores que acompañaban a los niños, uno de los
representantes de la almazara se dirigió a los visitantes con unas palabras de
bienvenida mostrándoles en nombre de la cooperativa su agradecimiento por la
visita y anunciando a los chavales que el día de hoy sería recordado por ellos
durante toda su vida, pues les iban a
dar a conocer no solo el proceso de la transformación de la aceituna en
aceite y la cata de algunas variedades, sino la vida de la principal
protagonista, la oliva, la productora del fruto. Asimismo, les iban a mostrar
el esfuerzo y la manera de laborear el olivar por aquellos agricultores de
antaño, y de cómo, poco a poco, la maquinaria y las nuevas tecnologías, han ido
cambiando muchos de los trabajos que
antes se realizaban por otros más modernos que hacen más productivas a las
plantas.
Una vez dentro
del recinto, en una amplia sala seguramente destinada para las reuniones de los
socios, fueron invitados a sentarse. Las paredes de la estancia estaban
adornadas con amplios murales de fotografías a todo color de paisajes de
olivares que nacían desde el suelo hasta el techo haciendo creer al visitante
el estar paseando por un olivar. En un lugar destacado aparecía solamente la
foto de una oliva muy frondosa a la que todos desde el principio no dejaban de
mirar. Al ver que el epicentro de todas las miradas incluidas las de sus
profesores era la fotografía de aquella oliva, miradas que iban acompañadas de
algunos murmullos, uno de los directivos tomó la palabra para manifestar lo
siguiente:
–Me satisface
enormemente que el poster de esta oliva haya ocupado vuestra atención desde el
momento que habéis entrado. Esta foto que estáis viendo no es de una oliva
cualquiera, es una oliva muy especial, tan especial que quiero que conozcáis su
historia, pero yo no voy a ser queridos
niños quién os la cuente, sino ella misma, porque esta oliva aunque no os lo
creáis está llena de vida, tanto, que hasta habla.
Un murmullo de
voces sorpresivas infantiles casi apagadas estas, invadió la sala mientras que
ambos profesores dibujaron en sus rostros una sonrisa.
El directivo,
instantes después prosiguió:
–Esta oliva era
en el conjunto de todas las que componen un olivar de esta demarcación, la
preferida de un hombre que vivió hace ciento cincuenta años aquí en este pueblo
en el que os encontráis y al que se le conocía cariñosamente como Frasquito.
Queridos niños… ¡Estad atentos!
El otro
representante de la cooperativa que no llevaba la voz cantante apretó un botón
de un aparato que estaba situado en una mesa y al momento todas las luces se apagaron permaneciendo
solo dos focos iluminando el poster de la majestuosa oliva mientras que una
música envolvente inundó el recinto. Una voz de mujer muy armoniosa y agradable
prestó su palabra a la planta centenaria después de que el volumen de la música
fuera casi apenas perceptible.
La oliva comenzó
su diálogo:
– ¡Hola!, dijo
esta. ¿Queréis saber mi nombre? Mi nombre… Pero… ¿qué importa mi
identidad? Sé que mi progenitor, aquél
que me dio la vida hace más de ciento cincuenta años se llamaba Francisco,
aunque todos en el pueblo lo conocían
cariñosamente como Frasquito. En un hoyo realizado a base de azadón de un metro
cúbico hizo mi cuna. Después, dos vástagos verdes con muchas yemas, escogidos
de mis antepasados picuales fueron enterrados en aquél foso, y de ellos broté
yo, con suerte en una tierra muy rica en
nutrientes y apta para mi desarrollo. Durante mi niñez, recuerdo a Frasquito
llevarme agua en los meses de estío para calmar mi sed puesto que mis raíces
aún no habían profundizado en la tierra para buscar el jugo necesario para mi
sustento; sus caricias arañando la costra cuarteada días después del riego me
hacían cosquillas mientras me arropaba con tierra mullida, así hasta que
comencé a dar mis primeros frutos y hacerme mayor. Supe que había alcanzado mi
mayoría de edad cuando dejaron de llamarme olivilla y empezaron a nombrarme
oliva, lo mismo que a mis hermanas que viven a mí alrededor. Así que como oliva
se me conoce, y he de decir que me gusta este término y no el de olivo, pues me
tengo por una gran señora.
Son muchas
cosechas las que tengo en mi haber, mis anillos de crecimiento que contabilizo
en mi tronco y que no mostraré hasta el día de mi muerte, delatan que soy una
oliva veterana, pero aunque las estadísticas me auguren muchas más cosechas,
enfermedades que antes no se conocían como la Verticilosis y la Xilella
Fastidiosa, pueden acabar con mi vida vegetal en cualquier momento, motivo
por el que quiero escribir en mi último anillo lo más importante de mi
biografía para dejar constancia de lo
vivido con el fin de que puedan
servir estas mis vivencias a futuras generaciones.
Continuo con mi
diálogo diciendo que me alegraba siempre ver a Frasquito por el olivar, aunque lo que más me molestaba
era cuando después de la recogida de la cosecha, este, me cortaba el pelo, dado que tenía que
decirle adiós a muchas de mis ramas, mis hijas; era cuando la afilada hacha de
mi progenitor me dejaba semidesnuda de mucha de la espesura habida en mi
follaje. Lloraba en el silencio de la noche sintiéndome desprotegida y
desarropada, a veces hasta con tiritera,
motivada mi tristeza por las incontables ramas cercenadas por la poda, hasta el
punto que echaba de menos a la lechuza
que acostumbraba a posarse en ellas, y que siempre cuando esto sucedía buscaba
otro refugio. Pero aquél disgusto no era óbice para que entrara en desánimo,
pues pensaba que en primavera debía de procurar esforzarme para generar nuevos
y vigorosos vástagos que supliesen a los caducos amputados que arderían a pocos
metros de mí, siempre temiendo que el viento cambiase y me chamuscara con sus
llamas. Qué guapa me veía, pues aunque parezca ser arrogante y presuntuosa, yo
era la oliva más frondosa del olivar, la oliva donde Frasquito ponía el hato
siempre que venía a trabajar, y yo se lo agradecía procurando darle buena
sombra durante sus descansos.
Me gustaba
sentir los resoplidos de las bestias bajo mi copa en su bregar removiendo la
tierra y enterrando con ello a las malas hierbas mientras que el arado dibujaba
un sinfín de surcos sinuosos en besanas
siempre diseñadas por Frasquito. El azadón de mi progenitor cavando mis pies
alrededor de mi tronco completaba la primera vuelta de arado. Más tarde, durante
el periodo de floración, volvía de nuevo
la segunda vuelta a la que se le conocía como bina, con lo que con este trabajo se completaba el ciclo anual de
roturar la tierra. Cuando con el azadón Frasquito me tapaba el surco que el
arado dejaba en la parte baja de mi tronco, la tierra quedaba uniforme, sin
hierbajos, pobre de terrones y casi aplanada, preparada para recibir las
últimas lluvias primaverales y soportar los calores del verano. Recuerdo en
ocasiones la frescura de la correhuela
que emergía en el olivar después de la bina pintando de campanitas blancas la tierra mientras que los
arrullos de las tórtolas mezclado con el canto de cuco inundaban el olivar. Era precioso, y me
siento orgullosa de que la cruz de mi
tronco sirviera para que nidos
construidos por tórtolas con los pelillos absorbentes de mis raíces, me
distrajeran muchos años con la música de sus arrullos mientras duraba la
incubación y la cría de los pichones.
A últimos del
verano Frasquito nos agasajaba con serones repletos de estiércol transportados
con las bestias hasta el olivar, estiércol que era esturreado bajo nuestras
copas sirviendo de fertilizante que se transformaba en alimento muy vigorizante
cuando el motor primaveral de la savia comenzaba a fluir por nuestros vasos
leñosos. Por ese tiempo de verano cuando los días eran ya más cortos Frasquito
me cortaba las varetas de mi tronco, varetas que me servían de alguna manera
para protegerme del tórrido sol de la canícula del verano, y que una vez
despojada de ellas llegaba a refrescarme ya que dejaba de alimentar a estas
ramas parásitas que ya no me valían. Después, con las primeras lluvias
otoñales, cuando el zorzal y el petirrojo venidos de lejos llegaban a mecerse
en mis ramas y el canto de la perdiz retumbaba en las cañadas, Frasquito con un
rastrillo allanaba el terreno a toda la circunferencia de mi copa para que
cuando madurasen las aceitunas y algunas
cayesen al suelo, lo hicieran en tierra planchada, despojada de hojarasca y
guijarros para facilitar su recogida.
Frías mañanas
invernales aquellas en tiempo de recolección cuando algunas veces la escarcha
pintaba de blanco todas mis hojas e incluso la tierra parecía estar nevada,
entonces, el olivar era visitado por más gente. Mujeres y niños sin importarles
el frio, recogían las aceitunas maduras caídas en el suelo mientras que los
hombres golpeaban mis ramas para que yo soltara los frutos que aún colgaban y
que a consecuencia de los golpes mansamente caían en una lona. Debo de ser
sincera, me lastimaban aquellos porrazos para desprenderme de las aceitunas, pues
eso entrañaba a que muchos de mis tallos cayeran mutilados revueltos entre
tantas aceitunas, pero lo tenía asumido, así pues, eran daños colaterales que conllevaba la recolección. Con el
transporte de las aceitunas envasadas en capachos de esparto a la almazara a
lomos de animales para transformarse en aceite, se terminaba el trabajo de todo
un año.
Después de más
de cuarenta cosechas Frasquito, mi progenitor, dejó de visitarme y eso me
entristeció, pero afortunadamente le sucedió su hijo, aquél que desde niño
le acompañaba y al que educó la
manera tan profesional y cariñosa de tratarme, a mí, al igual que a mis
hermanas, a pesar de que algunos años siempre motivados por fenómenos
climáticos solíamos parir menos aceitunas.
Como dije al
principio, han pasado ciento cincuenta cosechas y dado que mí ciclo vital es
más duradero que el de los humanos, el hijo de Frasquito también dejó un día de
visitarme. Hoy lo hace un bisnieto de aquél mi primer cuidador que
afortunadamente me sigue cuidando muy bien pero utilizando maquinaria y
técnicas muy distintas a las empleadas por aquél que me dio la vida llamado
Frasquito.
La situación
actual del olivar es muy diferente. La transformación habida en la agricultura
a lo largo de los años, de todo ello, el balance que puedo hacer es positivo,
aunque con algunos matices que reseñaré. Este año, el último de mi vida vegetal
cuelga en mis ramas una cosecha importante. Las lluvias otoñales muy tempranas
cambiaron pronto el paisaje del olivar. El color parduzco del liquen seco bajo
la superficie de mi copa en el verano se fue transformando poco a poco debido a
la humedad a su natural color verde sucio característico que me ayuda a
proteger la cubierta vegetal del suelo. El invierno también ha sido muy
lluvioso por lo que atesoré el jugo necesario para una primavera prometedora y
cómo no, para el caluroso verano.
Todo fue
cambiando poco a poco a lo largo del tiempo. La afilada hacha para la poda fue
sustituida hace muchos años por la ruidosa motosierra, y las ramas de la poda son ahora trituradas o mejor dicho
picadas por maquinaria especial para este fin, quedándose en el suelo el serrín y demás residuos como materia orgánica protegiendo con ello la erosión y la humedad del
terreno. La yunta de Frasquito dejó de
arar el olivar, y también el tractor que durante muchos años sustituyó a los
animales. Se acabó el arar y el remover la tierra cavando los pies de los
olivos, y he de señalar que con esta medida la tierra guarda más la humedad
para mi sustento, y sobre todo está ayudando mucho a paralizar la erosión. Echo de menos el estiércol, aunque todos los
años distribuyen bajo mi copa abono granulado, pero no es nada comparable con
el sabor y la riqueza en nutrientes de
aquellas putrefactas boñigas. El herbicida, un producto que nunca utilizó mi
primer progenitor, lo utilizan mis cuidadores solo en el ruedo de cada una de
las olivas que formamos mi familia, no así en las calles en las que dejan crecer la hierba hasta que llegado un
momento la desbrozadora da buena cuenta de ella quedando los despojos como
abono, otra manera esta de ayudar al abonado y a la paralización de la erosión.
La recolección con vibradoras y maquinarias más sofisticadas para derribar el
fruto han contribuido a un menor sacrificio de tallos, puesto que las piquetas
solo la utilizan para apurar algunas aceitunas que se niegan a caer en mallas enormes que cubren además de los
ruedos las calles. La recolección ahora empieza en fechas más adelantadas que
muchos años atrás, consiguiendo con ello una mayor calidad del aceite
obtenido.
He de decir que
desde siempre he sido y sigo siendo muy observadora y me entristezco con los
comentarios tan preocupantes que oigo últimamente de mis cuidadores, quienes
auguran el final del olivar tradicional motivado por el bajo precio del aceite,
puesto que no pueden competir con el del cultivo intensivo agravado asimismo
por políticas impuestas por la Comunidad Europea en las que se deja importar
aceite de otros países cuando aquí somos excedentarios, además de que desde
tiempos de Frasquito la agricultura ha sido siempre, y continúa siendo, la
cenicienta de España, todo ello hace que yo me encuentre muy angustiada, hasta
el punto que temo que mis cuidadores me abandonen.
Malos tiempos
para nosotras las olivas y para los agricultores que nos cuidan, Yo espero que
cuando nuevamente nos veamos, la situación haya cambiado, y el menosprecio
hacía la riqueza obtenida de nuestro fruto, el aceite, se vea valorado,
ensalzado, y honrado para que siga estando presente en todas las mesas.
Nada más queridos
amigos, se despide de ustedes esta humilde oliva con el sabor agridulce del
futuro tan incierto que se nos ofrece, para las olivas, y la gente que vive del
olivar tradicional.
Adiós. Os abrazo a todos
con mis ramas.
Después de que
la oliva hablara, la persona que le prestó la voz continuó:
–Como han podido
escuchar, esta oliva no es una oliva cualquiera. La oliva de Frasquito vive, a
ella, sus hermanas en asamblea recientemente la han elegido líder para que fuera ella su representante, la voz de todas
las olivas, por lo que ahora en el silencio de la noche se le ha escuchado
decir:
–Amigas, ante la
situación tan grave que estamos atravesando, yo alzo mi voz para que desde mi
olivar me oigáis no solo vosotras, las olivas de mi comarca, sino en general
todas aquellas de nuestra Andalucía.
Quiero que os mostréis
orgullosas y arrogantes, bizarras y altaneras, nunca serviles ni desvalidas.
Que no os vean desfallecer; tan solo, cuando los grillos os acunen
por la noche, entonces, contar a la luna vuestra desgracia, que ella alumbrará
vuestras sombras con su farol amarillo, pero hablarle con mucho sigilo cuando
el aire se halla callado. Olivas de Jaén, árboles centenarios,
cuántas ramas de la paz han enarbolado en vuestro nombre quienes no os regaron
con su sudor.
Sí, mostraros
orgullosas, arrogantes, bizarras, y altaneras para que nos os traten como a
viejas madames, como aquellas que viven en las ciudades en barrios miserables,
donde las gatas en los tejados pregonan por las noches su encendido celo.
Lástima de olivas de mi Andalucía con
sus troncos plagados de cicatrices y hendeduras acumuladas por cada uno de sus
centenares partos. Pobres olivas, siempre embaucadas por cortesanos y celestinas,
pero nunca traicionadas por aquellos que se esfuerzan por alimentarnos día a
día con su sudor logrando mantenernos frescas y lozanas para que cada primavera
quedemos preñadas de frutos.
La música dulce y relajante que desde el principio acompañó a
los diálogos fue la que aumentando sus decibelios puso fin a esta fábula.
A continuación, hubo
unos momentos de silencio, después, casi al instante, una sonora ovación
colectiva retumbó en la sala acompañada por algún que otro ¡bravo! Al
poco, los dos gerentes de la cooperativa
aceitera estuvieron mostrando a los chavales todo el proceso que va desde la
recepción de la aceituna en la almazara hasta su transformación en aceite a
partir del verde obtenido con la primera
prensada, el virgen extra, el virgen y el lampante, todo ello mostrándoles la
maquinaria moderna que se utiliza para lograr este producto primordial en la tan valorada dieta
mediterránea. Quedaron sorprendidos al saber que de los residuos de la aceituna
se obtienen combustibles de biomasa, así como cosméticos elaborados con aceite
de oliva que estaban expuestos en la exposición de la cooperativa aceitera.
Aquellos chavales se
despidieron después de degustar un “panaceite”
que les supo a gloria. A uno de ellos le preguntó uno de los gerentes que si se
llevaba un buen recuerdo de allí. Su respuesta fue rápida:
-Siempre recordaré a la
oliva de Frasquito.
Este que escribe, autor
de esta fábula, me uno al manifiesto de esa oliva centenaria dedicándole estas
palabras:
Señora oliva poco
cortejada en estos tiempos, yo, admirador tuyo, fiel degustador desde siempre
de tu rica esencia, con todo el respeto que me mereces y con el permiso de tu
esposo, el olivo, al tiempo que me despido de ti, déjame abrazar tu tronco,
pues sé que al sentir mi calor
envolverás con tus verdes ramas al jornalero que sigue
cuidándote.